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17 de marzo de 2010 - Núm. 1491
 

Julián Sánchez, «El Inglés»
Omar Roca Benet

29 de septiembre de 2006

Desde los tiempos del legendario capitán Alatriste las tierras del antiguo Reino de León no alumbraron un héroe tan valeroso como Julián Sánchez García, también conocido como “El Charro”. En su época, el valor mostrado por las personas todavía se consideraba como un atributo digno de admiración. Hoy en día, el valor sigue siendo algo importante, pero más bien referido al precio de los artículos de consumo que se pueden adquirir en diversos tipos de establecimientos, como por ejemplo, los centros comerciales, uno de los lugares más representativos de la civilización de nuestro tiempo.

Uno de los rumores más antiguos que se recuerdan en la ciudad del Tormes es el que hacía referencia a la posibilidad de instalar en sus confines una gran superficie como el Corte Inglés. Como si la calidad de vida de una ciudad se midiese en función de la presencia de estos grandes almacenes, muchos salmantinos tragaban saliva ante la humillación que les producía tener que reconocer que su ciudad carecía de esta instalación que sí existía en lugares próximos como Valladolid o León. Quizá ahora que se ha confirmado la construcción de este “prestigioso negocio” muchos se sientan satisfechos ante el salto cualitativo que, según tan arbitrario criterio, Salamanca experimentará una vez que se derribe el cuartel de la calle Federico Anaya, lugar en el que se proyecta su emplazamiento y que hasta la fecha ha venido llevando el nombre de Julián Sánchez en honor al héroe de la guerra de independencia.

No se sabe a ciencia cierta si el nuevo centro comercial generará más puestos de trabajo de los que destruirá. Cuando menos, a corto plazo, los jóvenes salmantinos, uno de los grupos más afectados por el desempleo a escala nacional, tendrán un sitio nuevo donde “echar” el currículum, aunque mucho nos tememos que algunos de los afortunados que sean contratados no estaban pensando precisamente en ese tipo de ocupación cuando soñaban con trabajar “de traje y corbata”. A la larga, sin embargo, aún cuando no tengan que cerrar, es posible que los pequeños y medianos comercios vean reducido su volumen de ventas porque los consumidores se surtirán en mayor medida en el nuevo recinto. Los que a buen seguro sacarán sustanciosa tajada serán los que decidan vender algún piso o local colindante, pues ya se sabe que “los cortesanos” siempre fueron aficionados al lujo y no repararon en gastos.

Antes de que el cuartel se convierta en una vasta área comercial tendrá que haber cambios, pero en el fondo, como dijo Lampedusa, “para que todo siga siendo igual”. O muy parecido. Así, se seguirá respetando una rigurosa jerarquía de autoridad siendo “encargados” los más capaces de las tareas de coordinación. La sala donde antes se reunían los estrategas del contraataque será ocupada por los teóricos de la compraventa. Y donde antes había carros de combate ahora se podrán depositar infinidad de carritos de la compra. Lógicamente, habrá que realizar unas cuantas remodelaciones: para enardecer a los individuos habrá que sustituir las marchas militares por otras músicas que inciten al consumo desmedido; y habrá que modificar algunas palabras del mítico eslogan “Todo por la patria” (¿quién no se conmueve al traerlo a la memoria?), poniendo, por ejemplo, “Todo por la pasta”, que también es muy pegadizo.

Con todo, se avecinan días distintos en el solar donde todavía hoy se ubica el cuartel de Julián Sánchez “El Charro”. Se cambiará el martes guerrero de la milicia por el miércoles comercial del mundo de los negocios. Y Marte cederá su turno a Mercurio. Julián Sánchez se quedará “de bronce” en la Plaza de España cuando el cuartel ya no lleve su nombre. Porque una cosa es ayudar a los ingleses y otra bien distinta que te ocupen y destruyan una fortaleza, como ya hicieran con el Fuerte de la Concepción. A este respecto, no nos resistimos a poner por escrito un curioso episodio que ha llegado a nuestros oídos y que muestra bien a las claras con qué gallardía ha encarado el personaje la nueva situación: según el relato de un joven que volvía a su casa procedente del Barrio de San Justo, en donde había estado haciendo «turismo nocturno», parece que, cierto jueves reciente, de madrugada, el bueno de Julián Sánchez “El Charro”, enterado de los manejos de los nuevos ingleses, abandonó su marcial mutismo arrancando con brío su caballo de la basa marmórea que sostiene el peso de su escultura en la castiza plaza en la que se sitúa, ante la lógica estupefacción de nuestro testigo, que no pudo sino caer de bruces en el suelo, desde donde alcanzó a ver cómo “El Charro” se dirigía hacia otra estatua próxima, situada entre la Gran Vía y la calle Azafranal, y una vez allí le pidió explicaciones sobre el particular a Mercurio, titular del monumento, que, al igual que Euro, es el dios de los empresarios y de los buenos negocios. Ahí queda eso y como tal es narrado. Cuentan que, a pesar de la ofensa sufrida, “El Charro” seguirá en su broncínea montura vigilando impasible la enseña rojigualda, soportando el olvido que pende sobre su gesta y las heces de los pájaros, y que sólo se marchará de Salamanca cuando prohíban las corridas toros. Ya dirán ustedes si esto no es un Hombre.

Ahora habría que explicar al Héroe que los de “El Corte Inglés” no son ingleses, sino españoles, y muy potentados además, así como que la guerra en la que están inmersos es económica o que las víctimas que provoca su lucha no mueren sino que se van al paro. Lo cierto es que, ante la perspectiva del nuevo frente que se va abrir, las huestes francesas apostadas en un “cruce” de la carretera de Zamora parecen recelar enormemente de esta nueva alianza entre el célebre guerrillero y los ingleses, temiendo una nueva pérdida de posiciones como ya les sucedió en Los Arapiles hace unos doscientos años.

No deja de ser curioso que el lugar escogido para erigir el gran centro comercial sea el de un antiguo cuartel militar, aunque, pensándolo bien, sin llegar a ser lo “mismo”, tampoco es que el patriotismo y el consumismo se asemejen sólo en el sufijo. La patria y el artículo de consumo tienen dos componentes: uno tangible y otro intangible. La tierra a la que las personas se sienten vinculadas y el producto que compran son cosas tangibles. Pero creer que hay naciones “superiores” o radicalmente distintas unas de otras, o que una bandera representa a todo un pueblo, implica por lo menos tanta dosis de imaginación como la que se precisa para considerar que, comprando cierto producto, una persona se va a sentir mejor consigo misma. En ambos casos, nos situamos, claro está, en el plano de lo subjetivo. En el fondo, tal vez semejantes actitudes respondan al deseo de satisfacer ciertas «necesidades existenciales», como dar sentido a la vida o sentirse partícipe de una comunidad, rodeándose ora de relatos históricos gloriosos, ora de una gran cantidad de bienes materiales, aunque, paradójicamente, al mismo tiempo también se persiga diferenciarse levemente de los demás, para reafirmar la individualidad; quizá por eso cada país y, si nos apuramos, cada región, cuentan con su bandera propia y su cerveza típica. La patria y el consumo son para los individuos promesas de seguridad y fuentes de autocomplacencia, promesas que se antojan vanas en cuanto retiramos el envoltorio de lo que compramos o examinamos los fundamentos del nacionalismo.

El Ejército se ve reemplazado por una gran empresa. Podríamos decir que nos encontramos ante la muestra palpable del cambio de “valores” que se ha producido en nuestro país, más tardíamente que en otros porque aquí durante mucho tiempo el consumismo estuvo maniatado por el nacionalismo imperante durante la dictadura. La fe en la grandeza y los valores esenciales de la patria han dejado paso a la fe en los bienes materiales que uno podrá comprar y a los valores consumistas. Se supone que hemos ganado con el cambio, al menos hasta que se produzcan las primeras víctimas mortales en cualquier temporada de rebajas. Somos más pacifistas que antaño y antes de que corra la sangre preferimos que corra el dinero a raudales.

En fin, que dentro de nada los salmantinos ya podrán hacer sus compras “sin cuartel”.

 

Por Omar Roca Benet

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3 mensajes

  1. Gran artículo

    Gran artículo. Me encantó

    por Miki | 29 de septiembre de 2006, 09:04

    Responder este mensaje

  2. Julián Sánchez, «El Inglés»

    Caro compañero! Fina ironía, destreza narrativa y buenas dosis de humor... Para animar nuestros debates y por aquello que tanto nos gusta, esto es, la sutileza del matiz...te diré que...bueno, mejor aquí no...que hay muchos curiosos...

    Enhorabuena! Un abrazo!

    por paco | 14 de octubre de 2006, 17:29

    Responder este mensaje

  3. Julián Sánchez, «El Inglés»

    Suscribo lo que han dicho los dos comentarios anteriores, ahora, como te lea el Chema ese te responde con otra tesis doctoral sobre las tiendas de franquicia que se abrieron en el hipercor de Villamediana de abajo y desmonta toda tu irónica crítica sobre la relación entre la felicidad y autorealización de los salmantinos y la existencia de un corte charro, perdón inglés, en la acera de los impares de Fco. Anaya. Si los jefes del emporio comercial leen todos y cada uno de los artículos que le dedica al corte inglés de salamanca, seguro que lo contratan de corbata, como jefe de estrategias de localización urbanístico-comercial. En serio, gracias por el artículo.

    | 15 de octubre de 2006, 13:44

    Responder este mensaje

 
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