Cualquiera que haya ido a un instituto de barrio sabe lo que es la irresponsabilidad en sus más variadas manifestaciones. Yo también fui uno de esos chavales que ahora aparecen en los reportajes de televisión debido a la reciente preocupación de los adultos por la conducta errática de sus hijos. Nosotros solíamos fumar porros en los aledaños del centro educativo de turno, e íbamos al bar más cercano a beber cervezas y dejarnos la garganta con el Chesterfield mientras nuestros compañeros aguantaban las seis interminables horas de lecciones y dictados. En nuestro pequeño mundo adolescente, los impedidos eran los otros. Carecían del valor para revelarse y contradecir lo establecido, y peor aún, del impulso natural de hacerlo, lo que en aquellos entonces era como carecer de alma.
Lo que sí tenían en común, tanto los que se quedaban como los que se iban, era que en general éramos todos buena gente. Creo que nunca estuve rodeado de mejores compañeros que los que me crucé en aquellos años de secundaria. En el fondo, los irresponsables sabíamos que lo más inteligente era acabar el instituto cuanto antes, y los responsables, en su mayoría hijos de familias humildes, convivían en sus propias casas con personas que no habían llegado muy alto en la vida, y las respetaban profundamente. La convivencia, por tanto, era bastante armónica.
Esta falta de prejuicios se contradecía bastante con los mensajes que nos enviaba la sociedad, a menudo a través de profesores, parientes y directores de instituto. La irresponsabilidad parecía irremisiblemente ligada a la bajeza del ser humano. Un ser irresponsable, carente de aspiraciones, era también una mala persona, un parásito para la comunidad. Estas no serían sino las primeras manifestaciones de un estigma que habría de acompañar a los más irresponsables por el resto de sus vidas: aquel que no trabaja con fines productivos, debe ser despreciado.
Uno sólo tiene que reflexionar sobre los anuncios de trabajo o alquiler de pisos para darse cuenta de hasta qué punto la responsabilidad no depende de cada uno sino que viene dada por las exigencias sociales. De esta manera, cuando el entrevistador nos pregunta por qué nos consideramos responsables, no diremos que somos buenas personas, ni que tratamos de hacer el bien y ser consecuentes con nuestras convicciones morales, sino que diremos “tengo una carrera”, “tengo mujer y dos hijos”, o “soy muy trabajador y no salgo por las noches”. Es decir, trataremos de demostrar que hemos hecho lo que se esperaba que hiciéramos. Desde luego, es perfectamente lógico que un jefe se preocupe de si sus empleados son productivos, trabajadores, predecibles, pero ¿Debemos juzgar en la vida cotidiana con el mismo rasero? ¿Son mejores personas las más responsables, son menos malignas, menos perjudiciales, más valiosas como seres humanos?
Dado que, al parecer, ser responsable no tiene nada que ver con la calidad moral sino con la capacidad para responder a lo establecido, uno se pregunta que sería de este planeta sin irresponsables. ¿Qué pasaría si todo el mundo hiciera exactamente lo que debe hacer? Aparte de que sería aburridísimo, dudo que hubiéramos logrado muchas de las cosas buenas que disfrutamos hoy en día. No en vano la élite del Antiguo Régimen tildaba de vagos y holgazanes a los intelectuales, huelguistas y bohemios que trataban de cambiar las bases de un estado injusto y represor de la espontaneidad. Y es que la irresponsabilidad es, a menudo, una forma máxima de libertad, una contestación personal contra el estilo de vida impuesto. Un estudiante o un trabajador que haya consagrado su vida a las tareas que se le han ido proponiendo no puede permitirse un cuestionamiento profundo del sistema. ¿Cómo hacerlo sin caer en la depresión o en la esquizofrenia? Recuerdo precisamente a una persona muy deprimida con la que charlé por casualidad hace un par de años. A última hora de la tarde, un chaparrón había disuelto el botellón que celebrábamos por cortesía del Rectorado en un lodazal hediondo junto al río Tormes, con motivo de las fiestas de mi facultad. A mí me tocó recoger las barras donde servíamos las bebidas, y acompañar al transportista a dejarlas en el almacén. Era un tío de unos veinticinco años, más quemado que el palo de un churrero, como se dice habitualmente. Durante todo el trayecto se lamentó de su destino; casado y con un niño pequeño, trabajaba sin descanso para mantener a su familia y pagar la hipoteca. Habló de la suerte que teníamos de poder pasarnos la tarde bebiendo como cosacos, y de poder pasar otras tardes, o todas las tardes, dejando de hacer lo que teníamos que hacer, y haciendo todo lo que no debíamos hacer. A diferencia de muchos trabajadores de más edad con los que he hablado de lo mismo, éste no censuraba la irresponsabilidad de los estudiantes, sino que le parecía absolutamente envidiable. Según él, la irresponsabilidad era nuestro privilegio. Un privilegio maravilloso.
Habría que preguntarles a los padres de esos rebeldes que salen en la tele si creen que sus hijos no cambiarán nunca. Posiblemente responderían que sí, pero que demasiado tarde. Yo coincidiría en que es cierto que la irresponsabilidad trae consecuencias a menudo irrevocables. Pero la más común no es la muerte en el suelo de una discoteca. Tampoco una desesperada marginación. La más común es que el niño acabe exactamente como casi todo el mundo, es decir, con un trabajo cutre y los problemas más corrientes y molientes que cabe imaginar. En contra de las paranoias catastrofistas que todo buen padre alberga para sus irresponsables hijos, el chaval, simplemente, no será especial. No será rico. No será famoso. No será importante. Será una persona, quizás una bella persona, y quizás una bellísima persona. No tendrá un gran sueldo ni una mansión, a menos que sea rico de familia, claro está. Habrá vivido para el momento, sin pensar en el futuro ¿Y quién demonios puede decir qué es mejor? Solo sé que muchas de las personas más valiosas que he conocido habitan en los apartaderos de esta sociedad. Al igual que muchos de nuestros antepasados, hacen de lo mundano una pequeña obra de arte, de la conversación casual un juego, de sus circunstancias vitales una poderosa experiencia maravillosamente cínica y divertida. Son irresponsables excepcionales, que aplican su talento indomable a la vida cotidiana, sin otorgarle un valor especial.
Gran artículo. Yo creo que el objetivo es no dimitir de ser joven, en el sentido mental, y a base de irresponsabilidad, lo tenemos que conseguir.
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