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6 de septiembre de 2008 - Núm. 935
 
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Casas del Pueblo
F.J. Rodríguez Jiménez

22 de enero de 2007

Sueños solidarios, esperanzas de cambio, intentos reformadores. Todo ello y mucho más tuvo cabida en las Casas del Pueblo socialistas de principios del siglo XX. A caballo entre las dos centurias, habían ya surgido los primeros centros obreros en países como Bélgica o Alemania. En España, el valor simbólico de ser el de más temprana fundación, en torno a la fecha de 1900, se disputa entre la localidad de Montijo y la de Alcira.

Construir sobre cimientos pasados, ha sido práctica habitual a lo largo de la historia. Los primeros siervos del Nazareno levantaron sus basílicas sobre templos romanos, los musulmanes sus mezquitas sobre los cristianos, éstos sobre las de aquellos y así un largo etcétera. No es tanto el deseo de destruir, sino más bien el de someter y revindicar como propio, un espacio que en otro tiempo perteneció al “OTRO”.

Algo parecido, salvando las distancias, ocurrió con las Casas del Pueblo socialista después de la Guerra Civil española. El Ejército Nacional ocupó un número importante de ellas. Donde habitaban los ideales de igualdad, racionalidad, justicia social, laicismo, etc., lo harían en lo sucesivo todos los surgidos alrededor del denominado Glorioso Movimiento Nacional.

En otros casos, el destino de aquellos “templos” del socialismo fue diferente. Saqueados y abandonados a su suerte, pronto fueron pasto del paso del tiempo, derrumbándose sin más. Con el sambenito a cuestas de su pasado reciente, se creó un “cordón de seguridad” en torno a ellos. Pocos eran los que querían vivir en sus inmediaciones; si podía elegir, la gente prefería alejarse de tan infausto lugar. No obstante, el paso de los años y los apremios de la necesidad, los hicieron de nuevo habitables. Eso sí, quien osase a traspasar aquel “cordón”, estaría marcada en lo sucesivo por la huella indeleble de haber sido morador de la Casa del Pueblo. Pesada carga, estigma profundo sobre todo en las localidades más pequeñas.

Este hecho no es sino una deformación histórica, una tergiversación intencionada de quines quisieron erradicar por completo toda semilla de aquellas ideas socialistas. Aquellos centros obreros no fueron los focos conspiratorios, judeo-masónicos, de depravación y orgías, que muchos quisieron hacernos ver. Es cierto que tuvieron su función política. Claro.

Sin embargo, había más, mucho más. Bajo sus muros se desarrollaron un número importante de medidas encaminadas a mejorar las pésimas condiciones de vida de los más necesitados, con actividades diversas de:

* Alfabetización para obreros y sus hijos; siguiendo la fábula bíblica, se pretendía aquello de: “no dar peces, sino enseñar a pescar…

* Teatro popular con el objetivo de instruir a las masas, interesarlas por la cultura y alejarlas de los vicios de la taberna.

* Prácticas higiénico-sanitarias encaminadas a la difusión de modos de vida más saludables. Tuvieron especial importancia los debates en torno al alcohol. Había que difundir la idea de un consumo moderado del mismo.

* Deportes, excursiones a la naturaleza, visitas guiadas a monumentos, etc.

* Fabricación de productos alimenticios para su venta pública en economatos, a precios más asequibles.

* Extensión de servicios sanitarios y farmacéuticos a aquellos que no podían pagar una atención privada muy costosa.

* Cuestaciones solidarias para aquellos que caían en “desgracia”, estaban en la lista roja del “señorito”, y por tanto no se les permitía trabajar.

Este amplio programa de eventos se financiaba a través de las mensualidades de los socios, empréstitos de algunas cajas de ahorros, rifas, sorteos, etc. Además, se realizaban turnos de trabajo para la realización de las obras y reformas necesarias, así como las tareas de elaboración de alimentos.

Hace ya algún tiempo que los árboles se despojan de sus hojas, los anuncios de perfumes se apoderan de los espacios propagandísticos, y las calles se engalanan con luces multicolor. Se avecinan días de excesos gastronómicos y etílicos, compras compulsivas, etc.

Por estas mismas fechas, transcurrían algunos de los momentos más difíciles de aquellos años. En especial en los ámbitos rurales, los períodos de aguaje impedían la realización de las tareas agrícolas. Aquellos que dependían únicamente de la fuerza de sus brazos, entraban en paro forzoso. Días de hastío y aburrimiento que solían acabar en torno a la botella. Fatal desenlace en el que se quemaban los pequeños ahorros, si los había, se gestaban luchas y altercados o se desatendían las tareas familiares.

Es por ello que las Casas del Pueblo apostaron por una diversificación de las actividades de ocio. Mal negocio hace quien basa su divertimento, únicamente, en el “levantamiento de codo”, máxime cuando éste, merma la economía, crea dependencia, disturba la convivencia familiar y, además, mina la salud.

Algunos de aquellas recomendaciones, mantienen una gran actualidad incluso después de tantos años. En nuestra opinión, no se trata de forzar a nadie a una abstinencia total, sino de promover un uso moderado de las bebidas alcohólicas y una búsqueda de alternativas al entretenimiento más allá de los bares. No seré yo quien promueva ninguna Ley Seca; sobre todo, por aquello de que habría que predicar con el ejemplo…

 
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