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11 de marzo de 2010 - Núm. 1485
 
CRÍTICA LITERARIA
La vanguardia del pasado

El artículo que usted puede leer a continuación ya fue publicado en LVS en el suplemento de críticas literarias. El motivo de volver a publicarlo en esta ocasión en mi columna personal de la voz, obedece a que el que firma la crítica viajará por un espacio de 19 días a la capital del Reino Unido. Un lugar pragmático y contradictorio. Una ciudad admirada y admirable.

Daniel Molina

29 de septiembre de 2007

Título: La tradición humanista en Occidente

Autor: Alan Bullock

Editorial: Alianza Editorial

Madrid, 1989


“Tiene la vida un lánguido argumento, que no se acaba nunca de aprender, sabe a licor y a luna despeinada que no quita la sed” . Esta poética y crepuscular reflexión de Sabina nos puede servir de guía, a modo de memoria estética, de lo que representa, lo que podíamos denominar como conductas humanas de largo recorrido a lo largo del tiempo. Encontramos así, unas sociedades que han realizado toda una serie de acciones intelectuales que han “derivado latente en el éter, eternamente…inerte, así, a la espera de aquel oyente que despierte a su eco de siglos […]” (Drexler dixit). Hablamos de la tradición humanista en occidente.

En la Tradición humanista en occidente (1985), Allan Bullock realiza un esquema procesualista partiendo de unas hipótesis que desembocan en lo que podíamos denominar como teoría de alcance medio, situándose entre la gran teoría o modelo hempeliano con carácter universal, y el caso concreto, realizando un análisis de diversos enfoques. De este modo, elabora una tesis a partir de una metodología hermeneútica, a la que el autor recurre para la crítica de textos y autores, desentrañando el alcance y aprehensión de las ideas fijadas en las obras. El resultado es un análisis ponderado en el que no quedan exentos los sentimientos del propio Bullock: “nunca olvidaré la profunda emoción intelectual que me produjo el descubrimiento de que la transición en la civilización occidental del s. XIX al XX no ocurrió, como había creído, con el estallido de la guerra en 1914, sino antes, a fines del siglo XIX y principios del XX” .

Atendiendo a la morfología y la estructura de la obra, podemos señalar que hasta mitad del capítulo IV, se sigue un hilo cronológico de naturaleza expositiva del desarrollo de la idea humanista, y lo realiza desde un punto de vista multidisciplinar: histórico, filológico, sociológico, artístico, filosofíco… Señalando los procesos que jalonan el recorrido de la sociedad de naturaleza y morfología de humanidad, de este modo, podemos señalar algunas ideas fuerza, nítidamente expuestas: Quiebra de la cristiandad, proceso de secularización social, revolución científica, revolución industrial o desarrollo del Estado del Bienestar. Estamos por tanto ante una quirúrgica descripción de la que sin embargo, podemos realizar alguna crítica.

Hay que señalar, en primer término el contraste que se percibe en el procesamiento del conocimiento histórico y el escaso interés en lo que podíamos denominar como “historia de la historia” y más concretamente el nacimiento de la disciplina en el contexto de la revolución científica del S. XVII, en este sentido, el desarrollo de corrientes de pensamiento (Bolandistas y Mauristas), configuradas en torno a la puesta en duda del “tipo documental” a partir de la utilización de “técnicas”, y lo que hoy llamaríamos ciencias auxiliares de la historia: paleografía, xilografía o análisis diplomático… no son citados en la obra, como tampoco los principales protagonistas de esta puesta en ciencia de la humanidad histórica. Por ello, resulta evidente la trascendencia posterior de autores como Jean de Bolland o Mabillon.

En lo que representa a la etapa Renacentista es destacable la aportación de la corriente de pensamiento teológico y económico de la Escuela de Salamanca, no citada en la obra, en este sentido, la profesora Pérez Cantó entre otros autores, ha señalado la aportación, no menor de las mentalidades colectivas en los hombres de época moderna, los debates iniciados en Salamanca y vinculados a figuras como Francisco de Vitoria, o Domingo de Soto (confesor del emperador Carlos V), que empieza a hablar de iustitia et de iure, contribuyendo de manera decisiva a la humanización y racionalización de la conquista de América, avanzando la idea que se consolidará durante la Ilustración del justo derecho. En cuanto a la vertiente económica, hay que señalar logros como la aceptación de la ley de la oferta y la demanda como determinantes de precios en condiciones de competencia perfecta, esto es, el establecimiento del dinero no solamente por su abundancia o escasez, sino por su capacidad de compra. Esta formulación va a ser importante por cuanto que será tomada por los liberales del S. XIX. En este sentido, nos encontramos ante un hilo conductor humanista, para el nacimiento de la ciencia económica que Bullock sitúa en la Ilustración, a partir de la evolución del mercantilismo, las aportaciones de los fisiócratas y sobre todo, la figura y obra de Adam Smith.

Es precisamente en el capítulo referido a la Ilustración, donde el autor realiza el trabajo más excelso y concéntrico. El análisis del arte y los filósofos resultan aportaciones imprescindibles para la conformación contextual del pasado, sin embargo, parece una visión excesivamente determinista. En este sentido, podríamos destacar el diálogo, poco referido en el libro, entre estos filósofos y los monarcas ilustrados. Así como el impulso fundamental que algunos de ellos realizaron para racionalizar la sociedad. Pero en este capítulo, no podemos hablar de un simple cambio de concepción en la política, resaltamos el cambio de mentalidad que de facto tuvieron algunos monarcas (Federico II de Prusia o Carlos III de España). Un cambio por el cual, el Rey se siente el primer servidor de un Estado que empieza a no ser patrimonio del soberano. Domínguez Ortiz ha destacado que los procesos liberales del S.XIX, no son tanto una circunstancia de choque brusco sincrónico sino diacrónico, esto es, una naturaleza de cambio presente mucho antes. Es reseñable dentro de esta parte expositiva del humanismo en el tiempo, el hecho de que Bullock, cite gran cantidad de ejemplos de hombres ingleses, en este sentido, podemos destacar: Tomas Moro, Enrique VIII, Juan Colet, John Locke, Shakespeare, David Ricardo, Adam Smith e incluso, Charles Chaplin. Seguramente podemos interpretar esta circunstancia como un intento por parte del autor de situar a Inglaterra como un actor principal, protagonista y partícipe del humanismo. En todo caso, parece que se pone de manifiesto la importancia de la tradición de valores en la conformación de nuevos horizontes, nota característica del pragmatismo británico. De igual modo, no puede pasar inadvertida la circunstancia contextual e ideológica del autor. La segunda posguerra mundial y la afinidad con los valores que representa el Partido Laborista inglés, el más europeista de todos los que integran el parlamento británico.

En las últimas páginas del capítulo IV, Alan Bullock finaliza su recorrido cronológico de carácter expositivo para realizar un análisis del significado de Tradición Humanista. Sin abandonar la hermeneútica, el autor inicia una reflexión introspectiva destacando sobre todo y ante todo, el trascendental papel que la educación ha jugado y juega en la conformación y transmisión de los valores humanistas. Una educación entendida como un conjunto de instrumentos, de herramientas que conforman una identidad cultural, la humanista, de carácter colectivo y electivo, de este modo, campos clásicos como la filosofía o la historia han jugado y siguen jugando un papel clave, pero no debemos olvidar el efecto activador y regenerador de otras disciplinas como la literatura, la música, el cine, o el humor.

Alan Bullock realizó un trabajo excepcional. Vemos en la Tradición humanista en occidente, un libro de horizontes, de links y puertas abiertas, con una colosal aportación bibliográfica y un estilo narrativo sublime, enlazado en el contexto historicista de los años 80, donde se cuestiona lo cuantitativo y se empieza a hablar de la “vuelta a lo narrativo”, se abandona todo lo cartografiable. De hecho, el autor no aporta ni un solo dato computable. Hablamos de un estilo claro y conciso, emocional, pero riguroso, donde la comunicación y el lenguaje ocupan el papel protagonista y esencial, porque como señala Kosselleck, “No hay que olvidar de que además de que las propias palabras cambien, ellas mismas producen cambios”.

Una reflexión que está implícita a lo largo de la obra es la vigencia de los valores humanistas en el tiempo presente. La continuidad cultural no está asegurada, la crisis de valores actual, viene en cierto modo producida por la desactivación de los mecanismos que conforman el compromiso de la libertad en las sociedades occidentales. Como ha señalado Daniel Innerarity , la globalización ha producido una ética de la crítica peligrosa, que surge de la simplicidad de argumentos, el dilentantismo, la ausencia de rigor y una radicalidad moral, rompiendo, el humanismo mesurado. No debemos olvidar de igual modo, las palabras de Pierre Vilar en el Colegio de España de París sobre la conclusión de la Historia, donde afirmó que lo más importante de esta ciencia social es que carece de cualquier atisbo de tautología, o bien que todo buen discurso estructural que el historiador construye ha de tener un carácter de provisionalidad, incidiendo en la idea de que el pasado es un proceso sin fin, una construcción constante. Esto debe ser aplicable a nuestra proyección cultural en el tiempo, es nuestra herencia humanista. Retomando la idea del inicio, Antonio Machado escribió lo que a día de hoy, quizá podría significar la Tradición humanista. “En realidad, cuando meditamos sobre el pasado, para enterarnos de lo que llevaba dentro, es fácil que encontremos en él un cúmulo de esperanzas - no logradas, pero tampoco fallidas-, un futuro, en suma, objeto legítimo de profecía”.

 
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Por Daniel Molina

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