Pese a la sana crítica que un camarada hizo la semana pasada acerca de mi artículo por evidente, y creyendo que la evidencia también merece el espacio que generalmente se le niega, y siendo ambos más una llamada que una crítica de opinión, y que puede exteriorizarse -nunca propagandísticamente-, quería volver a recordar lo que advertía la semana pasada: que como ciudadanos, deberíamos estudiar los programas de los candidatos, y no dejarnos guiar incondicionalmente por el color que nos define políticamente o mirar escueta y asépticamente los eslogan. Por gráciles y etéreos. Fijémonos en algunos ejemplos de eslogan que, como sirenas, a todos llaman, y no todos quieren escuchar. El PP ha apostado por eso de “Confianza en el futuro”. El PSOE por el de “Haremos más” o el de “Estamos de tu lado”. IU-Los Verdes por el de “Es posible”. Sin duda, creen en su poder y valor convincente. Pero ensayemos. “Confianza en el futuro”, ¿no se nos antoja algo perceptiblemente lejano?, ¿no se nos figura demasiado ignoto o incierto?. “Haremos más” es, sin vacilación, un lema ambicioso de progreso y avance, pero, ¿no da la impresión de decir que se ha hecho poco? -y aunque sé que es rayar lo risible, yo no voy a juzgar eso-. “Estamos de tu lado”, ¿no es un término demasiado abstracto y genérico?, ¿no peca de ambigüedad e imprecisión?. “Gobernar de otra manera, es posible”, ¿no resulta demasiado ambicioso o demasiado sugestivo y seductor para ser colectivamente creíble, viable y positivo?.
Cuando hablaba de asepsia, me refería a la desconfianza general de los ciudadanos con respecto a la política y a quienes la representan. Veo en España, y esto no es algo peculiar de este país, una ciudadanía bastante recelosa de sus políticos. Y veo en el recelo el principio de esa actitud displicente, escéptica y desidiosa que a muchos nos caracteriza. Y ahí incluyo a un servidor -que, quizás, cosas de la edad-, todavía juega a tener esperanza y confianza. Pero en verdad, casi nadie -por no decir nadie- ve a los cuadros políticos como cuerpos esterilizados. Y menos ahora que, por ejemplo, con asiduidad oímos en los medios la enorme cantidad de casos de corrupción urbanística que están saliendo a la luz, y el juego que tienen los políticos de acusarse los unos a los otros sin ver la llaga que tienen en sus ojos. Un ejemplo cercano es la acusación del PSOE de Salamanca al Ayuntamiento popular de haber recalificado unos terrenos protegidos en favor de la familia del consejero de Presidencia de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco (también del PP). Y el caso es que muchos candidatos que mantienen juicios por esta razón -y cuando el río suena, agua lleva-, vuelven a presentarse por la sencilla razón de que son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Pero como su inocencia o culpabilidad vendrá escrita tras las elecciones, pregunto, ¿podemos y debemos fiarnos?. Yo me abstengo de responder. Cada cual juzgue su caso, porque al fin, en todos está no sólo creer en los programas, sino también en quienes los prometen. Porque a nivel municipal, sobre todo, muchas veces imagina uno de quién cree que puede fiarse y de quién no. A quiénes prefiere que las autoridades locales den favor y a quiénes no.
Sin duda, no vivimos un gran momento político. Y no lo vivimos, no tanto por las políticas que se estén llevando a cabo, como por el grado de conflicto que viven las diferentes familias políticas de este país. La mínima excusa es suficiente para enfrentarse. Y encima demagógicamente. Pero en suma, lo que vale en política es la ley, y sobre la ley hay cosas que son realizables por derecho y cosas que quedan bajo prohibición. Lo digo para quienes se pasan el tiempo hablando de las listas no ilegalizadas de ANV, por ejemplo. Y si Batasuna pide el voto para esta formación, pues en su cabal derecho está de hacerlo, pero ello no da indicios de que ANV sea la misma Batasuna disfrazada - que seguramente algo haya detrás-, porque ANV es un grupo político con mayor antigüedad y porque su estructura, organización y funcionamiento son diferentes a los de Batasuna. Y ya sé que es pecar de ingenuidad, pero quién dice que miembros de la actual ANV que se presentaron en las listas de Batasuna hace años, no repudien ahora la violencia. ANV conoce las reglas del juego, y si en algún momento de su vida política las incumple, o se demuestra que los concejales electos son utilizados por Batasuna, pues sabe a lo que se atiene y cuáles son las consecuencias. Lo que no se puede hacer es ilegalizar maquinalmente a un grupo político cuyos estatutos cumplen con la ley. Que los estatutos los ejerzan en la práctica es otra cosa, pero en la práctica también está la ley. Y la oposición política puede decir misa, pero el gobierno debe actuar acorde con la ley y bajo acatamiento de las resoluciones judiciales de los tribunales de justicia. Porque luego, la gente que dice que el gobierno no debe inmiscuirse en la justicia, es la que precisamente primero pide que éste tome, como sea, cartas en el asunto para ilegalizar a un grupo político que la justicia dice cumple con la ley acorde con la Ley de Partidos y la Ley Orgánica del Régimen Electoral General. Y como dijo Zapatero, “La ley de Partidos no se puede aplicar por interés particular o capricho político”.
Con todo, y no quiero extenderme más, este conflicto es el que al final genera en la ciudadanía un grado de insatisfacción notoria y general que a quien más ensucia es al mismo ciudadano, porque en ellos está el deber de ejercer su derecho al voto. Y ese deber y ese derecho lo tenemos este domingo. Yo sigo animando, pese a todo, a que la gente lea los programas, a que, aunque recelosamente, siga mostrando un halo de confianza y, a pesar de este cierto desencanto, a que vote.

















