Discutir, que equivale a diferir diagonalmente en la fecunda facultad de compartir ideas, llega a ser una tarea provechosa para discernir el imaginario colectivo. Y si soy yo el que contradice como excepción la norma usual y recadera, no por ello no merezco, y no se me ha negado, el respeto -para mi discrepante, lastimero- que yo licencio.
Y cuando desde mis pupilas advierto, que no hay nada más absurdo que el sentirse literal y ególatramente orgulloso de ser de un determinado lugar, sin reparar en maquillar el término, pues me reitero y no desdigo lo dicho.
Ello no me inhibe ni me priva de confesar íntimamente el amor que profeso hacia la tierra que me vio crecer, aunque algunos parezcan no creerlo porque yo sostenga que del nacer en tal o cual lugar no podemos hacer nada meritorio, si bien todos trabajamos por ello y para el desarrollo, prosperidad y progreso de ese lugar determinado. Mas no se debe ignorar que la patria chica no es un ente particular y peculiar dentro de la patria grande, sino un todo compacto y parecido. Lo digo para quienes crean que un pueblecito de tierras pobres, en su mayor parte de trabajadores autónomos, debe sentirse orgulloso de quienes lograron su mejora, quitando el habla al resto de villas en una línea semejante. Y cuando digo al resto, digo al resto.
Y repito, ese merecimiento ni yo lo niego, ni lo ignoro, ni lo desprecio. Sino, de verdad, lo reconozco y lo taso en muy gran consideración. Pero el término, y en eso es únicamente en lo que difiero, «orgullo», no lo considero el apropiado. Y no lo considero el apropiado porque «orgullo» significa la «excesiva» y «desmedida» estimación del valer de algo. Con todo lo que eso significa y denota, que no es otra cosa, a mi parecer, que una panegírica altivez y una singular soberbia para este caso. Creo que uno puede sentirse orgulloso de haber alcanzado un determinado puesto de trabajo, porque ello supone el haber trabajado, por norma general, mucho para conseguirlo. Creo que uno puede sentirse orgulloso incluso de la pareja con la que comparte su vida, porque puede ser una persona deseada por muchos y sólo cortejada por los determinados encantos de alguien en concreto. Pero nacer aquí o allá, vivir acá o acullá, es algo eventual, casual, o forzosamente motivado. Pero no por merecimiento personal. Trabajar por el progreso de la patria chica le hace a uno y a sus antepasados sentirse honrado y merecedor, pero no orgulloso, o lo que es lo mismo, vanidoso, jactancioso, petulante, ufano, suficiente, inmodesto, presumido, empinado, altivo y arrogante. Y todo eso, es lo que al fin y al cabo, crea conflicto, descrédito, desdoro y/o recelo. Si no, y por poner un ejemplo macro, mírese a Cataluña desde Extremadura y viceversa.
Y aunque pienso que es algo natural que cada cual sienta un cariño que puede ser amor por la tierra que habita, e incluso por menos, y aunque estoy de acuerdo con Álvarez Junco en que el problema es más complejo de lo que Hobsbawn lo presenta, coincido con él en no simpatizar con el nacionalismo (y aquí no hablo de eso) -ni de patria chica, ni mucho menos de patria grande-, y en no comprender que los individuos tengan la necesaria (y esto es lo que subrayo) necesidad de sentirse indiscutiblemente miembros de una comunidad determinada. Y lo dice, aunque con ponderación -no menor sentimiento-, alguien que afirma sentirse navero.











