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13 de octubre de 2008 - Núm. 972
 

Juego de omisiones
Alfonso Manjón

22 de junio de 2007

Supongo que en este mundo del ocio en que vivimos, las horas del día se nos hacen demasiado cortas. Y digo demasiado cortas porque en nuestras manos disponemos de mil y un entretenimientos ante los que tenemos que elegir y optar por preferencias múltiples. Supongo igualmente, que muy ligado a esto y en razón suya, los jóvenes de hoy en día, y pese a que el mercado de las editoriales crece con el tiempo, leen bastante menos que los jóvenes que les precedieron. Y no me extraña nada que viendo que el tiempo se decide emplear en mil aventuras diferentes, la parte que de éste se dedica a la lectura sea menor. Quizá condicionado por eso también, las editoriales, además de por el coste y el riesgo de posible venta o no, rechazan la publicación de obras extensas en contenido - más bien, si hablamos de escritores noveles, y no de autores consagrados- y optan por la publicación de obras más cortitas. Porque la gente busca buenas novelas de corta extensión, que les deje buen sabor de boca y no les lleve demasiado tiempo. Y lo que yo me pregunto es, ¿en verdad es ésta una buena opción o un mal pesaroso?

Bueno, no es fácil pronunciarse categóricamente. Entre otras cosas, porque en el gusto esta el quid. Una obra extensa nos ofrece un contenido más rico, una historia más desmenuzada, un relato más próspero y demostrativo. Y además, nos permite disfrutarla por bastante más tiempo. En cambio, una obra corta nos ofrece una idea, una historia cualquiera que pretende dejar ese buen sabor de boca del que hablaba antes. Es una forma de contar algo con menos detalle y precisión, con mayor concisión. Y lo que es más importante, la sensación de que la historia no acaba en la última hoja, sino en cada una de nuestras reconstrucciones mentales. Un relato corto, nos permite desmenuzar a nuestro antojo todo eso que no se ha dicho en el texto, lo que ha quedado en el aire y, en fin, reinventar la historia. Nos autoriza a repensar el relato para que optemos por imaginarlo a nuestra manera. Nos exhorta a creer que de esa historia puede surgir otra nueva que podemos fantasear, que podemos inventar. Quizá esa es la magia del relato corto. La aspiración a dar qué pensar. Y no digo que una novela de mayor extensión no lo haga, pero no en el mismo grado.

Seguramente ese es el propósito, el fin que debemos tratar de conseguir, o al menos de buscar. Porque el afán de la lectura - además de la floración al exterior de los sentimientos que nos pretende mostrar -, es esa incitación al pensamiento y descubrimiento de lo que no se nos ha contado. Por tanto, la incitación no sólo a la lectura, sino también a la escritura. Porque lo más importante de todo texto -y entiéndase en el sentido que lo digo- es lo que no está escrito, lo que queda implícito, lo que se omite y se pide tejer y tramar.

 
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