Quinto acto
Tras una frugal y vomitivamente costosa comida, J.P. y Ché Punto buscaron St. Mary Abbey, escondidamente situada en un acallejado rincón bajo unas escaleras miserables. En la cripta, un atento público descubrió gracias a Stephen que Paddy Dignam estaba vivo quince minutos antes de su muerte, un nombre del que apenas se acordaba el siempre reverente John Conmee S.J., más enfocado hacia la majestuosa, cabelloplateada Mrs. M’Guinness. M’Coy les explicó a Tom, Napias Flynn, Dan y Lenehan cómo había ocurrido: uno de esos registros semejante a una jodida tubería de gas y allí estaba el pobre diablo atrancado en él, medio asfixiado con los gases de la cloaca. Bloom lo sentía mucho. De hecho, no fue hasta después del entierro cuando compró “Delicias del pecado”. No le interesaba aprender francés del compendio de Chardenal, como Dilly. Seguramente Stephen no aprobaría ninguno de los dos.
Hay que tener unos cojones así de grandes para interpretar esto. Qué gráfico resulta así el monólogo interior. Maldito acento irlandés, este tío habla demasiado rápido. Hay mucha más gente ahora que en el paseo matutino. Cuando seamos famosos lo leeremos nosotros en español y todos nos escucharán. Sin entendernos. Como nos pasa ahora.
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Qué hijoputa, ¿pues no le está llamando casi a la cara a la australiana genocida? Ahora resulta que los aborígenes eran los blancos. ¿Felicidad se llamaba? My name is Felicity. No es especialmente guapa. Pero mira lo que asoma por ahí. Ese túnel cuando se inclina hacia delante. El gobierno les devolvió a los nativos la roca roja esa enorme. Una roca enorme en el medio de la nada. Un tanto angosto ese túnel, sin embargo parece firme. ¿Cómo ha dicho que se llamaba esa ciudad? Todos van a drogarse al puto medio de Australia. Me encantaría comprobar la firmeza de. Con las manos. En Sydney, dice que vive. Así que en la costa oeste solo está Perth. La ciudad más aislada del mundo. Una roca aislada en el desierto, unos negros aislados en sus gettos. Mis manos aún aisladas. ¿Será firme o cederá bajo mi presión?
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¡Qué tipo más extraño! ¿Pues no va vestido de? No, no es él. Ese pelo blanco hacia arriba, sin sombrero de paja, sin bastón. No, a mí no me mires, no pienso salir a hacer de cadáver. Aunque no recuerdo esta escena de. Ah, es El Despertar de Finegan. ¡Samuel Beckett! De eso va vestido. Seguro que se lo ha traído ensayado de casa.
Una mujer suplica desde el público que no le echen agua al tipo que hace de cadáver. Samuel Beckett se adelanta unos pasos. Dice que están en el Bloomsday. Todos los que han venido deben estar dispuestos a todo. ¿O no? Detrás de él, el compañero con el que ha leído el diálogo asiente grotescamente. Justo cuando Samuel Beckett dice que hay que tener valor, su compañero vierte sobre su excéntrico peinado el contenido del vaso destinado al cadáver. El cadáver se levanta.
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(La maltamaderada Taberna O’Neill se abre como un abanico desde su angosta puerta. Decenas de cerveceros y cerveceras realizan periódicamente flexo-extensiones de los antebrazos sobre los brazos. Recorrido fácil: mesaboca. Aislados, diminutos, casi desapercibidos, J.P. y Ché Punto, sobre un tonel, se beben una Guiness y una clara respectivamente).
CÉSAR PUNTO: ¿Te has fijado en la camarera? Ese cuerpo como esculpido por un dios para hacer enloquecer a los hombres, esa cabellera rubia como el oro, esos rasgos afilados de amazona. ¡Una Freulein del III Reich! ¡Una auténtica Valkiria!
J.P.: No obstante por ambos costados, entre camiseta y pantalón, asoman unas pequeñas bolsas de adipocitos, seguramente a causa de una dieta rica en colesteroles y ácidos grasos saturados. (En ese momento comienzan a crecer los michelines de la chica rubia hasta que acaban desbordando sus ropas)
CÉSAR PUNTO: No puedes negarme que no realizarías el más supremo acto del amor con esta hembra.
J.P.: Mi querido compañero, bien es cierto que en momentos de escasez nadie puede asegurar “de esta agua no beberé”. Sin embargo debo hacerte notar que esa otra fémina que tiene el encanto escondido de la belleza asiática, tiene un tamaño mucho más adecuado, por lo menos en lo que a mí respecta, para conducirla por los caminos del placer carnal.
CÉSAR PUNTO: (Con bata de médico, auscultando a J.P.). Acusada desviación psicológica que hace tan atrayentes para ti a las mujeres del extremo oriente. Mi diagnóstico: Masturbación precoz, probablemente a los nueve años, que debías realizar con los ojos entrecerrados.
J.P.: Pues no simplemente son esos ojos rasgados, sino también su nariz un tanto respingona y ancha, las imágenes que evoco en los momentos en los que aspiro a emular a Onán. (Los orificios de la nariz de la chica asiática comienzan a ensancharse hasta que se le forma un hocico porcino en el rostro. J.P. aparece con enorme barriga y gorra de policía). Doctor César Punto, por cierto, me temo que tendré que arrestarle por beber esa deliciosa cerveza mezclada con limón. Le ley es inflexible para este tipo de delitos tan graves.
LA BARRIGA DE LA CAMARERA RUBIA: (con acento irlandés). ¡Abajo con él, Worm you honor!
J.P.: (Ataviado con peluca blanca de Lord inglés y bermudas hawaianas). Mi sentencia: Viajarás por la Ruta Romántica de Franconia probando la especialidad cervecil de cada pueblo. He dicho. (Mientras, la camarera asiática se transforma completamente en un cerdo. J.P. realiza la matanza con ella, y se come dos de sus piernas).
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My name is Felicity dijo la australiana. Caminaba sola con un plano de la ciudad por los alrededores del Trinity College. Ambos la recordaban del paseo matutino de Leopold Bloom. Como toda esta gente que vive en las antípodas, llevaba unas cuantas semanas recorriendo Europa, y ya llegaba a la última etapa del viaje: La verde isla de Erín.
Los tres charlaron afablemente mientras se dirigían al Holiday Inn, también la última etapa de la odisea de Leopold Bloom. Los mismos hombres y mujeres que disfrutaron por la mañana de un típicamente bloominiano desayuno, y que más tarde recordaron las etapas del viaje del señor Bloom, los mismos se acercaron al hotel, con sus sombreros de paja, bastones y gafas, de blanco impoluto, con sus vestidos largos y blusas y sus sombreros tocados con lazos, los mismos volvieron a revivir el encuentro desafortunado de Leopold Bloom con el ciclópeo ciudadano, con el señor Dedalus en el funeral por Paddy Dignam, su excitación con Gerty McDowell bajo los fuegos artificiales en la playa, la pelea de los soldados con Stephen Dedalus, o los pensamientos adúlteros de Molly.
Plas plas plas, gracias por el Bloomsday, comida, una cerveza. 0:00 h del 17 de Junio. Se acabó.
Sexto acto
Qué tiene esta tierra de especial que a dado a tantos literatos todos allí en esa especie de panteón al lado de St. Patricks Cathedral curioso que no le hubieran dado el novel a seguramente nadie entendió su obra como cuando se lo dieron a Einstein por aquello de los fotones claro nadie entendió de qué iba lo de la relatividad y luego las montañas allí al fondo pero el cielo siempre gris me pregunto si por estas tierras saldrá alguna vez el sol cuando llegamos yo no quería oir hablar de cerveza pero nos acercamos a aquel local música en directo malditos Pubs irlandeses una puerta pequeñita y al entrar se extienden por todo el edificio con varias salas y varios pisos el viejo aquél dándole caña al bajo y cantando con la voz ronca era genial como la vena palpitante que le salía ahí al batería cuando entonaba y qué cabrones cómo se pueden llevar la muda sucia y una toalla mojada hay gente que con tal de robar algo creo que había una enfermedad que trataba del asunto ese aunque tampoco es tan peligroso como parece acuérdate del borracho aquél que no se tenía en pie y no quería pagar la hamburguesa que había comprado decía que ya la había pagado la australiana se acojonó pensaría malditos europeos y yo digo malditos australianos se le cayó la moneda al borracho y ni se dio cuenta y este otro el porrero cómo se llamaba sí Álvaro buen tipo se va Ché y justo aparece en el albergue queriendo cenar y la cocina cerrada sí plagado de españoles como el tipo este de Barcelona con acento cordobés en un O’Neill claro si los hay en Salamanca no va a haber cincuenta en Dublín decía que pasaba de todo el tema de nacionalismos y le pedimos la cerveza y la clara y no tenía ni idea de lo que era la clara y le dijimos que le echara limón y me preguntó que si traía una Guiness y sí dije sí quiero sí.
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