El planeta da vueltas y vueltas sobre su eje, y parece que vaya a caerse, pero no. Se convulsiona cada día más. Cada día da vueltas con mayor fogosidad, con mayor exaltación. En ocasiones me atrevería a añadir que con mayor ostentación y gala. La Unión Europea apura sus fortunas, aptitudes y recelos. Se moderniza, se refuerza y se activa. Pero avanza como diría Zapatero: “Paso a paso”. Porque los intereses particulares pueden a los comunes.
Creo que no puedo dejar de reconocer que me gustó el artículo que escribía Joschka Fischer hace unas semanas en El País, en el que hablaba de cómo Europa, esa tierra próspera de paz, democracia e imperio de la ley, era frente al mundo desde el aspecto político un enano que no deja de encoger. Básicamente porque el mundo viene a ser dominado por grandes potencias, y Europa sólo puede serlo si se conciencia de que ha de integrarse hasta el final, si se conciencia de que los países que la integran no tienen fuerza por sí solos por mucho que intenten decidir qué papel les corresponde en el mundo a cada uno de ellos. Creo que en su artículo dice cosas muy interesantes, tales como que Europa ha de dejar el camino de seguir conociéndose para afrontar la unión con buenas intenciones y sacrificios, que si no lo hace dejará de ser alguien en el escenario mundial, y que sólo tendrá fuerza si ella misma se la da y otorga.
No cabe duda de que estamos ante nuevos proyectos, ante una nueva línea de acción, ante una UE dirigida por nuevas imágenes e iconos políticos: la canciller alemana (Merkel) que con su imagen de estadista ha conseguido que Alemania lidere el proyecto a cambio de ceder poder institucional en la Unión; el nuevo y por todos llamado “enérgico” presidente francés (Sarkozy) que apostando por la liberalización de la economía francesa se muestra como el gran defensor del proteccionismo europeo; el líder socialista español (Zapatero) que llama al diálogo y ha sido el artífice de los primeros consensos de la cumbre al entenderse con Blair; los polacos Kaczynski que perdiendo apoyo político en un país casi recién llegado a Europa quieren decir a esta más que sexagenaria lo que tiene que hacer y acaban aceptando la doble mayoría; el ya ex ministro inglés (Blair) que como buen representante inglés dice que UK es UK y veremos lo que nos interesa de Europa mientras por otra parte acaba aceptando la política exterior de la UE que había asegurado que rechazaría.
En fin, Reino Unido ve la ascensión de un Gordon Brown que quiere llamar en Londres a un retorno de las decisiones colegiadas y a un florecimiento del quehacer parlamentario, a “un Gobierno de todos los talentos” en sustitución del estilo político de Blair de espaldas al Gabinete y al Parlamento. Como diría Walter Oppenheimer, la sustitución de “el taciturno, introvertido pero sólido, cerebral y detallista Brown por el sonriente, telegénico, carismático pero superficial y mesiánico Tony Blair”, que ya fuera de su cargo como primer ministro quiere comprometerse a conseguir el diálogo interreligioso en Oriente Próximo.
España ve cómo un misógino y bocazas que sólo habla de su nación de 500 años habla a su para él cómplice ciudadanía con mayores malas intenciones que creencias acerca de que Zapatero pierde en Europa lo que consiguió su querido ex presidente. Quizá todavía no se ha dado cuenta de que en la Unión se deben hacer sacrificios como lo hacen todos los demás y que los nuevos aires que a la Unión han venido no pueden traer a España el dinero del que por el tiempo en que más falta le hizo dispuso. Gracias que nuestro presi, con todos sus defectos, dispone de la virtud de ver más razonada y entendidamente una realidad que más de uno ignora o quiere ignorar para granjearse votos.
Y en ese sentido, mucho debe aprender de una Francia o una Alemania que por muchos años llevan aportando mucho dinero sin egoísmos de tal calibre. Mírese el caso de la última, que sin perder dignidad, decide ir por Europa hablando en inglés o en francés aún a sabiendas de que su lengua es la más hablada en Europa, que ha acabado dando más importancia a las lealtades europeas que a las Atlánticas -ojalá España lo hubiera hecho en su momento-, que caprichos o escarmientos de la historia, ha abandonado sus aspiraciones a tener un papel propio como potencia mundial. Que ha dejado de mirarse exclusivamente a sí misma como parece que quieren hacer otros.
Estamos ante otro momento de inflexión en la construcción europea. Ante otro parteaguas que deja mucho que decir entre sus líneas. Pero que ha conseguido algunos logros aparentes: la creación de un Tratado de Reforma que sustituya a la Constitución enmendando los Tratados anteriores (es un paso menos ambicioso, pero un paso), la eliminación del derecho de voto en 51 materias, el aumento de su presencia al exterior al crear una presidencia del Consejo estable, la creación de un Alto Representante para la Política Exterior sin “menoscabo del carácter específico de la política de seguridad y defensa de los Estados Miembros”, la toma para el 2014 de un nuevo sistema de votación por doble mayoría, el otorgamiento del carácter vinculante a la Carta de Derechos Fundamentales, la concesión de mayor poder a los parlamentos nacionales en algunos casos específicos, y la desaparición -aunque sea en teoría- de los símbolos de la Unión.











