A los jóvenes catalanes les preocupan más la soberanía nacional, su idioma y sus rasgos tribales -diferenciales, culturales; llámenlos como quieran- (13,2%) que la educación (12,6%), el racismo (10,2%), el nivel de bienestar (8,2%) o las desigualdades en el mundo (6,6%). Es decir, les importan más un puñetero código de comunicación y un simple ente administrativo que la brecha que separa a los que tiramos la comida a la basura de los que se pasan varios días sin ingerir alimentos. ¿Quién quiere paz, servicios públicos, igualdad de oportunidades o justicia social teniendo más a mano la basura identitaria?
Mientras en Francia dedican las campañas electorales a discutir las 35 horas, los derechos sociales y laborales y las políticas de integración, y mientras en Alemania la izquierda se une para construir otro mundo posible, aquí preferimos tirarnos banderas a la cabeza y situar como asunto nacional de primer orden la creación o no de una letra para el himno. Rojigualdas en Madrid contra senyeras en Barcelona. Mi equipo contra el tuyo. Mi sangre, mi lengua, mi reino, mis bailes regionales, mis tradiciones, su opresión. Mis tanques, mi Cánovas, mi Isabel y mi Fernando, mi trapo en Colón, mi Perejil, su victimismo. Extranjeros los demás. Ajenos, distintos. Irreconocibles como iguales.

















