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28 de agosto de 2008 - Núm. 926
 
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Principios universales vs apologías partidistas
Educación para la Ciudadanía
Alfonso Manjón

21 de julio de 2007

Resulta razonable pensar que el pluralismo político tiene por esencia y fin construir de forma miscelánea un complejo político, social y económico que fomente el desarrollo nacional de manera consensuada. Pero el partidismo puede a la nación y a la vida nacional, y algunos ya se permiten el lujo de sojuzgar al gobierno maldiciendo los aciertos políticos sólo porque persuasivamente el discurso -o el vulgarismo retórico del que la semana pasada hablaba- desacredita aún sin tener razones.

Entiendo y defiendo no pueda ni deba elevar mi manera de entender la vida política como una categoría congruente sobre el resto, pues no más vale que la de los demás. Pero sí me autorizo a presentar mis ideas. En este caso en mención a la polémica acerca de la conveniencia o no del curso obligatorio de la asignatura “Educación para la ciudadanía”.

Aún no comprendo cómo algunos juzgan la misma como una manera de adoctrinar a la sociedad en valores morales socialistas como si la tal asignatura fuera un vademécum revolucionario. ¡No señor!. Y si se entiende que una asignatura que nos enseña la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los valores, derechos y deberes inherentes a la Constitución del 78, los principios éticos y cívicos de la igualdad, la diversidad o el desarrollo sostenible, o las formas de combatir el racismo, la xenofobia o la violencia de género, como una asignatura innecesaria, absurda y sectarista, pues ¡que quieren que les diga!. Que en este país, o algunos parecen escorarse demasiado a la derecha, o están jugando demasiado a hacer oposición, o se alían con una Iglesia que más valdría que públicamente cerrase la boca, o sencillamente, les falta aún valores democráticos. Lo cual no lo quiero ni pensar. Pues entiendo que la asignatura, perfectamente recambio de la religión en un país oficialmente laico, ostenta facultades cívicas para que de una vez por todas entendamos, en este país con históricamente escasa tradición democrática, que la democracia es algo esencial y necesario para todos los ciudadanos, los cuales, de derechas o de izquierdas, debieran respetarse y convivir mejor, para que nunca más les arrebaten el más preciado tesoro del que un ser humano puede disponer: la libertad. Y ojalá la formación en los principios democráticos se instituyese, ahora que queremos hacernos más europeos, a nivel continental de manera conjunta.

Y si a estas alturas algunos temen que el partido que ostenta ahora mismo el gobierno utilice la asignatura para fines particulares es, o bien porque ellos lo hicieron o porque saben que eso es posible. No entro al trapo, porque sería absurdo entrar. Prefiero tan sólo pensar o creer que la libertad de cátedra de que dispone el profesor sirva para que la enseñanza en España pueda extirpar esos temores y así se logre conseguir que la juventud española se eduque por fin de forma seria en los valores democráticos que para tanto hubiesen servido en el 36.

Dejemos de pensar en la politización del discurso pedagógico como algo impuesto desde arriba, porque llevamos más de 30 años de democracia. Dejemos que esa asignatura dote a los jóvenes de instrumentos para formarse en una educación democrática cívica y en el respeto del espíritu crítico. Dejemos de creer que el Estado quiere hacer socialistas a los jóvenes de hoy y entendamos que lo único que se pretende es que los derechos y valores democráticos sean multipolarmente conocidos, respetados y promovidos incluso por los poderes públicos. Y si el problema es que entrados en pleno siglo XXI algunos siguen queriendo educar a sus hijos en la religión y no bajo los principios de esa educación laica que establece la Constitución, pues bueno, mi opinión es la de que quien quiera educar a sus hijos en la fe cristiana, pues que los lleve a la Iglesia para que les enseñen la palabra de Dios, les envíen a catequesis, o les lean la Biblia en su entorno familiar. Pero no pidan que la escuela pública se ocupe de lo que no debiera incumbirle ni importarle. En bastantes términos se ha cedido ya suprimiendo las citas a los matrimonios homosexuales, las relaciones afectivo-sexuales, la referencia al género en sustitución por sexo, o reduciendo el número de horas lectivas que deben impartirse. Cosas vivas en una sociedad moderna donde toda condición humana debiera respetarse y entenderse. Que para eso todos somos personas.

 
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