Alguna vez he llegado a oír que aquellos que hablamos casi siempre de manera crítica y de injusticias en vez de sueños, somos unos amargados que no entendemos que para una vez que vivimos, debiéramos procurar aprovechar el poco tiempo del que disponemos para ser felices.
Puedo entender que es más feliz quien más ignora o hace por no conocer todos aquellos temas escabrosos que minan el alma humana hasta que -sea verdad o no- encallece. Pero dejénme decir una cosa. No es más feliz el más despreocupado, sino el que más y mejor sabe comprender a los demás. A ayudar o apoyar no tiene por qué llamárselo “autoflagelación”, sino humanidad. Y para algunas mentes enigmáticas como la mía, donde la sencillez puede a la locuacidad, y la modestia a la vanidad, qué puedo decir. Simplemente que no soy un irritado con complejos, sino un cuerpo débil que no gusta de presumir de lo que ostenta, que no persigue alcanzar el mayor bien para seguir ambicionando superlativos, y que procura no mirar para otro lado mientras el mundo sigue desequilibrando balanzas.
Y al guión del artículo, opino que las injusticias son algo visiblemente patente en el mundo. Existen, y acabar con ellas como esa lacra mal curable que es, se hace algo si no imposible, sí extremadamente difícil. Ahora bien, quien pueda disponer de un medio público para, de una manera u otra, condenarlas, debiera hacerlo. Porque una cosa es clara: lo que no se condena, se otorga, se consiente, se permite, y hasta se promueve o procura. Y creo que no es justo ni razonable que la gente se muestre indiferente ante tales epidemias de inhumanidad. El que condena no se confiere el mérito de lograr nada, salvo su bien o paz interior. El que condena no se amarga por hablar de lo que estima injusto, sino que cree hacer lo propio. Más allá de sus palabras y de sus gestos y acciones, está su vida del día a día, allí donde todos procuramos ser quienes somos social, personal y familiarmente. Donde nos convertimos en seres extrovertidos con nuestra abotonada vida personal. Espero, para aquellos, que puedan entender que el compromiso social no tiene por qué ir siempre e indivisiblemente de la mano de la vida propia de cada uno, y más debiéramos todos aprender que el uno no hizo al todo, sino el todo al uno. ¿Por qué no maldecir?

















