Opino conmigo que el desatino verbal, son y eco de los atavíos mentales, las menos de las veces contemplativos, va siempre cargado de prejuicios. De suspicacias tan ligeras como imprudentes que repiten el sonido de unas campanas que no saben de dónde vienen.
Y hasta a mí, me toca hablar de lo que no entiendo o veo, tan sólo opinando precavido, y muy a pesar de lo poco que me ha gustado nunca. Pero no quisiera callar una crítica, aunque tan sólo sea por llevar la contraria y parecer algo más cuerdo que quien habla asiduamente de manera infundada.
¿De qué hablo? De todas aquellas personas que hablan taxativamente de lo que ignoran sin que se les puedan rebatir ni arañar razones por el simple motivo de que cierta parte de lo que dicen es verdad. ¿Más concretamente? De quienes desde el centro de España critican una imagen de Cataluña no del todo cierta.
Estando la semana pasada comiendo en un restaurante, una de las personas con las que estaba sentado dijo: “¡Habéis visto qué dicen ahora. Que en Cataluña no se educa en castellano, sino que les obligan a hablar en catalán!”. ¿Saben? Hay veces en que es mejor no debatir si crees estar seguro de que no te van a dar la razón aunque la tengas. Quizá por eso callé.
Este domingo leí un artículo en El País de José Martí Gómez que yo recomendaría leer. Al respecto del tema que yo anunciaba, el artículo hace dos referencias. Una en la que dice que mientras en las clases domina el catalán o el castellano dependiendo de cómo prefieran profesor y alumno expresarse, “en el patio -del instituto- domina el castellano”. La otra apunta: “En la Universidad, el catalán sigue siendo una rareza”. Pues bien, se habla catalán también en las clases, es verdad, pero no lo elevemos a categoría incontestable. En mi opinión, no creo que la Generalitat crea oportuno educar a sus escolares únicamente en el idioma regional, a sabiendas de que el mercado y el turismo converge en España. La riqueza cultural, máxime cuando ésta va de la mano de la económica, no ha de limar barreras al castellano por pura ideología política. Sería absurdo. Y buena prueba de ello son los hechos de que el empresariado catalán, en su más inmensa mayoría, etiquete sus productos en castellano porque sabe que al sur de sus fronteras regionales se sitúa su mercado más amplio; o que las librerías vendan y las editoriales publiquen bastante de las obras con que comercian en castellano, porque sólo en catalán lee el 4,4% de la población de la región más al nordeste de la península (según datos del Gremi d’Editors de Catalunya).
En fin, y para acabar con dos citas del mismo artículo, la sociedad catalana “vive a su aire”, y para quien quiera homogeneizar a colectivos de vastas magnitudes en un todo uniforme, pues que entiendan que “el fundamentalismo de algunos sectores, la falta de tacto y la estupidez van por libre”.














