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28 de agosto de 2008 - Núm. 926
 
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Conmoción mundial por Perú

De mano de un lacónico introito a un artículo que pretende hablar de conmoción ciudadana, prevengo a mi letra de querer equiparar lo incomparable.

Alfonso Manjón

23 de agosto de 2007

Expuesto el hombre, exangüe, a la lividez de los estragos físicos o humanos, y viendo el desastre acaecido en Perú, a mi memoria vinieron hechos tan cercanos en el tiempo como el 11-M, la catástrofe del Tsunami, o el drama del huracán Katrina en Nueva Orleans . No me pregunten el porqué. No tengo más réplicas que el de la conmoción. Del día de los atentados de Atocha, mi memoria evoca imágenes que mis labios no quieren recordar. Nunca nadie podrá devolver la luz a quienes durmieron para la eternidad en aquella oscuridad, pero España se volcó con ellos: médicos, hospitales, enfermeros, psicólogos, ciudadanos donando sangre … Madrid había perdido a 192 personas, pero en aquel tren “íbamos todos”.

Ahora Perú pierde -según primeras cifras- casi 500 de sus habitantes -además de contar con más de 1000 heridos, y escuelas, carreteras y puentes derruidos-. Y las imágenes de tan terrible terremoto asoman por las televisiones de todo el mundo sobrecogiéndolo y movilizándolo para paliar tan substanciales pérdidas a los damnificados. Porque no sólo hablamos de bienes materiales, sino de seres humanos. Y el mundo se vuelca en ofrecerles ayuda económica y transmitiéndoles su pésame cuando al caos físico le vino el humano con el miedo a la inseguridad ciudadana que por momentos imperó en algunos lugares. ¿Qué queda cuándo el hombre pierde todo lo que tiene -familia, casa, etc-?: ¿Volver a empezar?. ¿Con qué bienes?, ¿con qué ánimo?.

No quiero imaginar la angustia previa a la muerte de los cuerpos sepultados, el miedo de quienes sufrieron el mal, la suerte de quienes acabaron heridos o la fortuna de su próxima madrugada. No quiero otear el dolor de quienes perdieron a sus seres queridos. Y mucho menos quiero hablar del mañana o de los horrores de 1970, cuando no fueron 500 las personas que murieron en Perú, sino 67.000. A veces las cifras nos ensordecen, pero tras de ellas sólo existe una única y fragosa realidad: el sufrimiento.

El mañana seguirá azuzando con sus desdichas. En nosotros quedará el lamento. Ahora en Perú, nuestra condolencia, nuestro apoyo y, desde luego, mucho por hacer.

 
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