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6 de octubre de 2008 - Núm. 965
 
 

Nation Building
Alfonso Manjón

30 de agosto de 2007

Allá por el año 1962, Duncan hablaba de la imposibilidad de hallar orden social sin previamente darse una mistificación de todo aquel simbolismo que pretenda llamar a la unidad nacional. A este respecto, Abner Cohen, en su capítulo «Antropología política: el análisis del simbolismo en las relaciones de poder», afirma que “el simbolismo crea una estabilidad y continuidad sin el cual la vida social no puede existir”, pero no obstante, “cada grupo político debe tener símbolos de distinción ,es decir, de identidad y exclusividad”. Por su parte, Borja de Riquer, en su artículo “Aproximación al nacionalismo español contemporáneo”, habla de que en momentos de frustración del nacionalismo español -entiéndase aquí de identidad nacional- surge - “surgió- “la necesidad de reforzar la nación y de redefinir su relación con el estado” a partir de “propuestas incidentes de necesaria intervención de los poderes públicos en la tarea de españolización”.

Es seguro que hoy vivimos un momento histórico en el que las reacciones, los prejuicios y los recelos hacia los nacionalismos periféricos están muy a flor de piel, y en el que uno de los grandes partidos ha visto la política gubernamental con respecto a los nuevos retos de configuración territorial del estado como la destrucción de nuestra nación de 500 años. Que sea necesario que el gobierno desarrolle políticas nacionalizadoras -entiéndase el término por nation building- , y que éstas se guíen por patrones de circunstancialidad, es evidente. Entre otras muchas cosas, porque dan un sentido de afirmación a una realidad objetiva -real, por tanto- que si no se recuerda, se olvida; y porque todo Estado ha de contar con una imagen que avale su carácter institucional inalterable.

No creo, o al menos esa es mi opinión, que el debate aparecido acerca de si la simbología refrendada por el gobierno actual responde a un concepto arbitrario y partidista de renovar la conciencia nacional o no sea del todo ortodoxo, porque quien debe encargase de crear esa imagen de unidad ha de ser el gobierno del momento a través de propuestas que debieran representarnos a todos, como se ha hecho siempre fuera cual fuese el color predominante en las filas del poder gubernamental. Otra cosa es ya, los logros que alcance a adjudicarse, y el grado de identificación de la ciudadanía respecto al logotipo de representación nacional tal. Y otra cosa es también los elementos con que un gobierno legítimo y elegido democráticamente en unas urnas decida pretender elaborar y presentar un símbolo que ha de representar a toda una ciudadanía constitucionalmente gobernada y administrada. Quiero decir, que ni mis ojos han visto que la bandera deje de ser rojigualda ni el escudo que lo acompaña no personifique el régimen monárquico constitucional por el que nos regimos. ¿Que el debate viene a santo de si la iniciativa responde a fines electoralistas? Las políticas de redefinición política de la configuración territorial y la idea que el PSOE tiene de ésta no tienen, quizá estéticamente sí, porqué hacer ver que el socialismo español no apuesta por la unidad de España. ¿Que viene a santo de si escoger para el logotipo entre “Gobierno de España” o “Estado español”? Pues sencillamente, es verdad que si el escudo y la bandera representan al Estado de un gobierno que no ha querido ni pretendido, eso creo, buscar su propia imagen, no hay que buscarle tres pies al gato, pero habría que ver que se entiende por Gobierno: una institución que representa al Estado, o una corporación política de color tal a cargo de la representación de la institución estatal más significativa. Quizá es enredar el enredo y buscar fantasmas donde no los hay.

 
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