Un hombre se desangra por la nariz y acude a su centro de salud. Se niegan a atenderle porque «están cerrando». Corre a un ambulatorio cercano. No pueden atenderle por falta de medios. Se va a Urgencias del Hospital Gregorio Marañón. Tiene que esperar una hora para que le atiendan y se desmaya.
Cualquier ciudadano con dos dedos de frente entiende sin grandes dificultades que la gestión privada impuesta por Esperanza Aguirre en los nuevos hospitales públicos de Madrid es sólo un primer paso en un proceso más amplio de privatización de la sanidad. Pero uno, de natural desconfiado, no puede dejar de sospechar que la política despiadadamente privatizadora de la condesa tiene otros campos de batalla más siniestros, entre ellos la imparable y deliberada degradación de nuestro sistema público de salud. Cuanto peor, mejor. Mejor, naturalmente, para las aseguradoras privadas. Quédense con esta reflexión de la hermana del caballero del que les hablaba al principio:
- Yo soy votante del PP, y voto a Aguirre, pero la Sanidad me parece un desastre. Pensé incluso en llevarlo a Sanchinarro por Sanitas.
Si lo público no funciona y usted se lo puede permitir, se irá a lo privado. Pero, ay, del que no pueda pagar un seguro médico. ¿Queremos salud para todos o aspiramos al modelo criminal de Estados Unidos? Si aún tienen dudas, o si se dejan arrastrar por los sinuosos caminos propagandísticos del Partido Popular, no dejen de ver el último documental de Michael Moore. En el país de la libertad uno no sólo tiene el derecho y el deber de morir si carece de una póliza; también lo tiene aunque lleve décadas pagando a una aseguradora. Es lo que sucede cuando la vida y la muerte cotizan en bolsa.











