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20 de marzo de 2010 - Núm. 1494
 

Estado gaseoso: 1. Introducción

Este artículo es el primero de una serie, en los que trataré de reflexionar acerca de la configuración del Estado español constitucional, así como los problemas que su articulación y el actual proceso de reformas estatutarias comporta. En esta Parte I, establecemos un breve recorrido histórico, a modo de introducción, sobre lo que representa la formación y la articulación del Estado español a lo largo del tiempo, hasta llegar a la aprobación de nuestra Constitución actualmente vigente.

Daniel Molina

26 de febrero de 2007

“España es una nación absurda y metafísicamente imposible”, con esta frase el escritor noventayochista Ángel Ganivet describe lo que para él significa un país sumido en una espiral de decepciones y fracasos continuos culminados en el desastre de 1898. En este mismo año Ganivet muere, sin embargo en España están naciendo sentimientos de vida nacional y cultural, que condicionarán de manera decisiva, nuestra articulación política, jurídica, económica y social. Pero la configuración del Estado español, la nación española o los nacionalismos periféricos, han de ser vistos bajo una amplia perspectiva histórica, no como un hecho coyuntural, o fruto de un fracaso.

En contra de la historiografía franquista, que fijaba la fáctica unión nacional a partir del matrimonio de los Reyes Católicos, el establecimiento prenacional o protonacional, se inicia, según la mayoría de los historiadores actuales, durante la etapa borbónica-centralista, es decir en la ilustración dieciochesca. Anteriormente, encontramos una entidad territorial más o menos uniforme, cuyo nexo de unión no es un poder representativo nacional, sino un conglomerado de territorios con distintos fueros y costumbres, en los que al frente se sitúa la corona como cabeza del Estado. El centralismo político inicia la secularización social y el racionalismo de la política, manifestado sobre todo durante el reinado de Carlos III. Este protonacionalismo es hilo conductor de la España liberal decimonónica, donde la ausencia de una maquinaria estatal potente, o lo que Hobsbawm llama instrumentos de nacionalización, conduce al fracaso en la consolidación del sentimiento nacional. La ausencia de un verdadero sistema nacional de educación, la conformación de un ejército, que no es símbolo nacional, la tardía conformación de la prensa no adicta, el caciquismo... explican la ausencia de nación y la presencia de la atmósfera local o regional como verdadera preocupación del español en el s. XIX. Esta teisis ha sido ya discutida por varios historiadores, y se han planteado otras alternativas. En mi opinión, únicamente teniendo presente el componente cultural, podemos entender el ambiente en que surgen a fines de siglo, las con posterioridad serán nominalmente conocidas como Nacionalidades históricas: Cataluña, País Vasco y Galicia. Pero es injusto no señalar aquí la existencia de regionalismos como el cántabro, el “blasquismo” valenciano o incluso el castellano. Sin embargo todas estas manifestaciones no pasan de ser movimientos locales, sin más aspiración que exaltar lo mejor de su cultura o región, no van más allá. Lo que se da en las Nacionalidades históricas es un sentimiento, con sus mitos invenciones y todos los defectos que se le quieran añadir, pero un sentimiento. Articulado desde muy pronto en pequeñas plataformas políticas, tienen un hecho cultural diferenciador: la lengua. Este nacionalismo se consolida a partir del desarrollo industrial, es decir, ya existía un barniz de pre-nación (al menos cultural), porque como bien señala Tusell, “la civilización industrial acelera el proceso nacionalista, pero nunca lo crea”.

La dictadura franquista, reanuda el Estado centralista, tras el paréntesis del “Estado Integral” republicano. El régimen soslaya las peculiaridades históricas del país. Sin embargo, las naciones una vez creada no se desvanecen completamente, tiene en si misma un alto grado de diuturnalidad. En todo caso nación y nacionalidad como señala Fusi, “son mutables y están en continuo proceso de transformación”. No por capricho esquizofrénico, sino por la propia naturaleza social toda comunidad humana. El nacionalismo postnacionalista del s. XXI debe estar inspirado en la pluralidad de identidades electivas, ha de ser moderno, cultural y cívico, que permita al mismo tiempo la autonomía particularista y la integración supranacional, por ello conceptos como nación de naciones deben ser manejados sin corsés. Y sin cortapisas lo entiende nuestro ordenamiento constitucionalidad cuando en el título VIII se habla de nacionaldiades y regiones. Pero no ha sido, ni es, ni será un camino entiendido por los nacionalistas, ávidos de sobrepasar el Estado y los instrumentos jurídico políticos en que está formado. No es nacionalismo, no es identidad, no son sentimientos los que están ahora en el pensamiento de los intelectuales, sino ni más ni menos que la articulación, de una vez por todas, de un Estado verdaderamente igualitario y simétrico.

Ante la insensata reforma estatutaria, cuyas consecuencias se me antojan como mínimo preocupantes, a día de hoy, los instrumentos de la propia democracia, (Tribunal Constitucioal o Reforma de la Constitución), son ya los únicos que deben recuperar la perspectiva física y sólida de la realidad de los hechos, porque ya no se trata de que la nación española sea o no algo; lo que sea, metafísicamente imposible, sino de que un Estado, el español, no pase al estado gaseoso por las elementos conformadores de las estructuras de los «micro estados» autonómicos. Por decirlo en términos del propio Ganivet: se trata ahora de que el estado español no mute a la condición de la metafísisca. Sin embargo, parece que este camino ha sido trazado por las élites políticas, de manera que estamos ante una carretera, según la cual, como en la película de Buñuel caminan todos con mirada firme, decidida y sin destino conocido, y esto es así sencillamente porque la política, o más exactamete, las élites políticas, como expresó Ortega y Gasset “no aspiran nunca a entender las cosas”.

 

Por Daniel Molina

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2 mensajes

  1. ESTADO GASEOSO: 1. Introducción

    Breves puntualizaciones.

    1.- Referirse a España como nación antes del siglo XIX es absurdo, igual que lo es utilizar ese término para Francia, Inglaterra o las Islas Barbudas, básicamente porque hasta la Revolución Francesa no existía el término como tal. Todos los reinos/paises europeos hasta fines del siglo XVIII no dejan de ser territorios patrimoniales de un monarca, con mayor o menor unidad administrativa, quizá con participación del pueblo en diversos ambitos de la administración, pero territorios patrimoniales de un Rey, que como dueño y señor, dispone de ellos.

    2- Que no podamos hablar de la nación Española no implica negar la existencia de España, como territorio, ni de la «identidad española» como aglutinador cultural de las gentes que habitaban en el territorio español. Eso lo reflejan las fuentas, tanto españolas (castellanas y aragonesas para no enfadar a los puristas), como europeas.

    3- Como bien dices, el surgimiento de los nacionalismo periféricos se aprovecha de la pésima «nacionalización» llevada a cabo por los gobiernos del s. XIX, pero, solo señalar que estos movimientos no dejan de ser una reacción a ciertas políticas emprendidas desde el gobierno. Una reacción llevada a cabo por diversos sectores siempre minoritarios que se ampara en lo que hoy se conoce como «hecho diferencial» para enfrentarse a las medidas gubernamentales. En el caso vasco, principalmente contra la homogeneización legal y administrativa de todo el país, y principalmente contra las medidas económicas que esto comportaba.

    4- ¿Sentimientos? No creo que el sentimiento de pertenencia sea distinto en un andaluz o en un vasco a fines del S. XIX. La diferencia es el triunfo o el fracaso del movimiento nacionalista, y esto depende de muchos factores poco relacionados con la existencia real de una nación vasca, catalana, andaluza o murciana.

    5- Y acabando, que dije que iba a ser breve, quien precisamente lucha contra un estado igualitario y simétrico, como debería ser, es el nacionalismo periferico.

    por Alberto Martín del Pozo | 26 de febrero de 2007, 11:24

    Responder este mensaje

  2. ESTADO GASEOSO: 1. Introducción

    Gracias por tus observaciones. Globalmente estoy de acuerdo en lo que expresas. Matizo algunas ideas.

    1. No creo que haya mencionado el término «nación» para antes del siglo XIX, creo haber utilizado la expresión «pre»-nación o «proto-nación», para expresar simplemente algo previo a la formación de que entendemos como la estructura de Estado-nación del siglo XIX, que comporta, de alguna manera, determinados mecanismos de soberanía.

    2. En lo que representa a la utilización del término «sentimientos», evidentemente me estoy refiriendo a la cultura, ¿no es un sentimiento muy profundo expresarte en tu lengua materna?.

    3. En cuanto lo del Estado asimétrico, es evidente, por obvio, que en España es imposible alcanzar esto. Sencillamente porque ya se intentó hace algún tiempo y no fue posible. De lo que se trata ahora, es de que El Estado central no quede asfixiado. Pero esta parte... como dicen en la tele, después de la publicidad, o por ser más exactos, hasta la próxima semana.

    por Daniel Molina | 26 de febrero de 2007, 14:30

    Responder este mensaje

 
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