Los símbolos, a pesar de no ser, comparativamente, más que trapos, contribuyen de forma extraordinaria a dirigir, a controlar, a utilizar al pueblo, a ordenarle que se mueva de casilla en casilla, hasta que los poderes fácticos dan jaque al rey, sin importar cuántos peones caigan en esta ardua tarea. Desde luego no todo son banderas y camisetas. Una persona, un libro, una ciudad… La capital de la región bávara de Franconia central fue, primero, el escaparate del partido Nacional-Socialista, y luego, un montón de ruinas sobre las que miccionarse en las ideas de Hitler para construir un nuevo orden mundial basado en los derechos humanos (o más bien esa fue la intención, otra cosa luego es que todos tengamos memoria de pez).
Llego caminando por entre los nuevos edificios antiguos hasta Ölberg (la montaña de aceite), donde se alza la fortaleza imperial. Por suerte estamos en verano, pero la inclinación de estos caminos no invita a ser transitados en pleno invierno. Subo hasta arriba del todo, y por encima del muro sigo con la vista la trayectoria que he recorrido: ahí la catedral y el viejo ayuntamiento, en la desembocadura de la calle la plaza del mercado, con su histórica fuente y la iglesia de Nuestra Señora, y escenario del mayor y más famoso mercado de Navidad de toda Alemania, el Christkindlmarkt, cruzando un pequeño puente sobre el Pegnitz la Iglesia de San Lorenzo, y más allá del recinto amurallado encontramos la estación… Encuentro en todo ello un sabor un tanto italiano, o lo que a una persona que nunca ha estado en Italia le puede parecer que es italiano, con sus canales navegables, construcciones en ambas orillas, heladerías y cafeterías. Nürnberg en la Edad Media fue lugar de paso de todos los comerciantes que viajaban del sur de Italia hasta las ciudades hanseáticas de la costa báltica. Siempre conservó su estatus de Ciudad Libre, y tras la Guerra de los 30 años se sumió en una progresiva decadencia, de la que renació cuando pasó a formar parte, en el Siglo XIX, del Reino de Baviera, para convertirse a día de hoy en la segunda ciudad en importancia del estado libre, y una de las mayores de Alemania, con medio millón de habitantes y una poderosa industria.
En la década de los 30 del siglo XX, sin embargo, la ciudad pasó a ser la “más alemana de toda Alemania”, por parte de los patriotas de siempre. Lugar habitual de reunión de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, al alto valor simbólico se le unía el hecho de estar situada en el corazón del Reich, y la hábil organización del partido Nacional-Socialista en la región de Franconia por parte de Julius Streicher, lo que en conjunto inclinó la balanza para su elección por parte del Führer como lugar de reunión de los formales chicos del partido: en 1933 Nürnberg se convierte en la ciudad de los congresos del Nacional-Socialismo, que se celebrarían una vez al año en un gigantesco campo a las afueras de la urbe. Además, la ciudad pasaba a convertirse en una de las “ciudades del III Reich”, estableciendo un eje casi vertical desde Berlín hasta Linz en Austria, y pasando además por Dresde y München.
Tras el éxito de los congresos, donde miles de afiliados se emborrachaban y ejercitaban los músculos del brazo derecho, con la asistencia de simpatizantes de todo el mundo, incluyendo a aquellos prohombres hispanos por la libertad afiliados a la CEDA, Albert Speer, el arquitecto de Hitler, proyectó el Reichparteitagsgelände, un monstruoso complejo donde se ubicarían, entre otros, el estadio alemán y el estadio de la ciudad (para las Juventudes Hitlerianas), el edificio de los congresos del partido, y el Zeppelinfeld, una enorme superficie con capacidad para 320000 personas.
Tomo el tranvía en dirección al Doku-Zentrum. Algunas personas están sentadas en la tribuna del Zeppelinfeld, diseñada a modo de un Altar de Pérgamo a mayor gloria del Reich. Cuesta imaginar que la vasta explanada que se extiende delante de mis ojos, donde ahora juegan niños y adolescentes de todos los colores, estaba ocupada hace poco más de medio siglo por decenas de miles de personas que escucharían emocionadas los desvaríos de Adolf Hitler. Luego llego hasta un edificio semicircular, la antigua sala de congresos, reconvertida en el Centro de Documentación, un museo que explica la historia del Nacional-Socialismo, y la historia de Alemania desde la República de Weimar hasta los juicios celebrados tras la Segunda Guerra Mundial. No me sorprende, en mi visita, no encontrarme con discrepancias en torno a los hechos ocurridos: La historia, aunque sometida a debate, solo va en una dirección, y no entra en universos alternativos donde Hitler no habría tenido más remedio que hacer la guerra por culpa de revoltosos revolucionarios, y en los que se especularía sobre las bondades de su régimen que contribuyeron a traer la democracia; Esto fue lo que ocurrió, la historia fue así . Y punto.
El revival franquista que estamos viviendo desde hace unos años para acá, entre otras cosas ha vaciado de significado, como bien explica Jose A. Andrés en su brillante artículo, los términos ideológicos. Es habitual escuchar que los ultraconservadores son liberales, que Hitler era socialista, que los partidos de izquierdas son fascistas, que los catalanes son nazis… Llegados a este punto es interesante recordar cómo se convierte, y con el apoyo de quiénes, Alemania en una dictadura.
Mucho se ha magnificado la figura de Hitler, cuando no se trataba más que de un hábil propagandista y un buen orador. A finales de los años 20 el Partido Nazi entró en el parlamento alemán presentándose como la solución a la grave crisis económica (Tratado de Versalles y Crack del 29), culpando a judíos, comunistas, socialistas, además de dotarse de un barniz antisistema, pero con el apoyo de las élites financieras, y tras una campaña de terrorismo callejero. En las elecciones de 1933 se convirtió en el partido más votado con mayoría simple, y Hitler es nombrado canciller con el apoyo de los sectores conservadores. Inmediatamente convoca nuevas elecciones. Poco antes de los comicios el Reichstag fue incendiado, y Hitler acusó a los comunistas de provocarlo para iniciar una revolución. Su triunfo fue aplastante, consiguiendo casi la mitad de los escaños en medio de un escenario de terror entre la población.
Pero lo que anularía de hecho la democracia sería la Ley Habilitante del 23 de Marzo de 1933 (Ermächtigungsgesetz), que permitía al canciller aprobar leyes sin que pasaran por el parlamento. Para ser aprobada se necesitaban dos tercios a favor en la cámara, lo que se consiguió con el único rechazo de socialdemócratas y comunistas. Mediante esa ley Hitler pudo por fin prohibir, primero, a las formaciones políticas más molestas (el ala izquierda del parlamento), y luego a todos los demás grupos que le apoyaron (conservadores y liberales). La economía, sin embargo, comenzó a recuperarse, debido al dinero que fue robado a judíos y opositores al régimen en general, y destinado únicamente a los verdaderos “arios”, y a la incipiente industria armamentística. Al mismo tiempo comienza a depurarse la población del país, eliminando a judíos, gitanos, testigos de Jehová, y enfermos mentales. Y Nürnberg siguió acogiendo los cada vez más numerosos congresos del partido, hasta que en 1939 se interrumpieron al invadir Polonia el ejército alemán. Lo que ocurrió después también lo sabemos: el símbolo del Nacional-Socialismo fue reducido casi a cenizas (la segunda ciudad más destrozada después de Dresde), y allí mismo condenaron a todos los ideólogos del régimen. Pero de esto ya hay películas.
El ajetreo de la estación me saca de mis reflexiones. Por suerte estoy rodeado de gente que habla en todos los idiomas, gente diferente de diferentes continentes, corriendo para no perder el tren, o esperando a que alguien se baje de alguno. Luego el tren inicia su marcha por los campos de Franconia hacia Ansbach. Es cierto que nunca en la historia ha habido algo comparable al nazismo, ese intento de conquista de los demás pueblos de Europa, la superioridad de su raza por encima de otras cuestiones, el genocidio de millones de personas, los experimento “médicos” con seres humanos… Sin embargo sus mecanismos de propaganda no se han oxidado, y permanecen muy presentes en el discurso de hoy mismo. ¿Qué es la Patriot Act estadounidense sino una ley que anula al parlamento? ¿Acaso los conservadores de hoy no se autodenominan liberales, al igual que un partido de extrema derecha en los años 30 incorporaba un “socialista” a su nombre? ¿No se aprovechan otros incendios del Reichstag para culpar a determinados grupos, sean torres cayendo o trenes saltando por los aires? ¿No se siguen achacando a los extranjeros, a los extraños, las crisis económicas? El perfil de la ciudad, con su fortaleza imperial, su torre de la televisión, se va empequeñeciendo al fondo, hasta desaparecer detrás de un bosque.

















