Desde que hace casi un par de décadas se dio fin a la bipolaridad mundial divisa de la Guerra Fría, a la entrada del siglo XXI, el peligro real al que las sociedades modernas se enfrentan es el del terrorismo internacional.
El siglo XX fue, entre otras cosas, un siglo de guerras internacionales atroces que respondieron a los intereses suprematorios y nacionalistas más burdos e inapetentes de las grandes potencias en busca de anchurosos territorios que les sirvieran más gloria o riqueza. Y hoy el problema del terrorismo internacional adquiere, razones aparte, una importancia reseñable que no puede ignorarse.
Sería absurdamente inocente decir que no habría defensa sin dicterio ni muralla sin asalto. Pero no puedo aceptar sin más dilación ni trasgresión, que se tenga que zurcir la legitimidad de las políticas armamentísticas de “alto standing” para recuperar protagonismo en la escena mundial en ámbito militar construyendo un “padre de las bombas” por la simple razón de que ha de alcanzarse la seguridad particular de cada nación. Máxime cuando no contentos con la excusa, se habla de que ésta servirá también para combatir la irracionalidad de tal terrorismo “en cualquier situación y región del mundo”.
La carrera de musculación militar rusa y su afán de seguir siendo una de las grandes potencias mundiales, están llevando al gigante a buscar su defensa y la del este europeo holgando su capacidad ofensiva. Con la nefasta consecuencia de que ya nada tiene vuelta atrás. ¿Al desarrollo armamentístico debe tomársele por tal? Me da igual si contamina radiactiva o químicamente. Si evidencia sobrados avances tecnológicos. Me da igual su alcance y efectividad. Toda arma destinada a dar fin, no puede embolsarse el reconocimiento de crédito alguno. Y resulta sombrío y desolador tener que pensar que irremisible e irreparablemente las cosas siempre serán así.














