La voz de todo historiador reparará en que la historia determina el presente, en activo y en pasivo, en lo institucional y en el individuo, en lo físico y en la memoria. Y aunque ese historiador tenga por principio ético primero la imparcialidad y deba responder a ella en su producción historiográfica, nada es banal cuando evocamos el recuerdo que cada cual queremos dar o tener del pasado. Y desde luego, eso también le sucede a la Iglesia. Y le sucede mucho en un país como España, donde lo moral se confundió histórica e indisociablemente siempre con lo político.
Los años treinta del pasado siglo XX fueron años convulsos en todas las esferas, y el anticlericalismo, la clerofobia, no sólo fue un movimiento, sino también una reacción. Una negativa, como argumenta Santos Juliá, a que la institución encargada de profesar la fe católica estuviera siempre conformada como poder político y social, imponiendo sus creencias, su moral, sus fiestas y sus valores a la sociedad, sacralizando todos los espacios de la esfera pública, no dejando margen a la libertad de conciencia y llevando su moral a todos los rincones de la vida privada.
Ningún motivo personal ni ideológico debe disculpar los tétricos vejámenes que muchos sacerdotes, obispos y clérigos sufrieron de quienes veían en su atropello lo ineludible, de quienes creyeron que la historia les devolvía la palabra -si es que alguna vez la tuvieron- para ceñudamente solventar la deuda que se presumía contraída. Pero la primera homicida fue quien apoyó osadamente una guerra que bautizó de cruzada contra el hereje y la antiespaña que nada valía si no era como ella quería. Me refiero, claro está, a esa misma Iglesia que nunca se ha disculpado de apoyar a un bando en una guerra entre hermanos y que nunca ha reconocido los excesos y mundanos agravios que cegadamente cometió sobre sus hijos y hermanos. A mi modo de ver eso no es seguir a Cristo, y eso no es ser católico.
Pero ahora no quiero que éste artículo hable de eso, sino de la beatificación de aquellos 498 mártires. Yo reconozco desde aquí que es disculpable que la Iglesia se rebelara y opusiera fuerza contra la reacción de los sectores anticlericales en vez de dedicarse a cumplir íntegramente con su precepto de perdonar al prójimo y poner la otra mejilla al enemigo. Pero resulta cuando menos chocante que para el año 2007, lleve exclusivamente a los clérigos de un solo bando a beatificar.
Y nada menos que a beatificar. En el cristianismo se considera que un mártir es una persona que muere por su fe religiosa, y que en muchos casos es torturada hasta la muerte. Fuera - aunque también dentro- del cristianismo, también es un mártir quien muere tortuosamente por sus opiniones. Aquellos clérigos lo fueron en los dos sentidos, no cabe duda. Pero la palabra beato, puede significar dos cosas o estados. Es beato quien después de haber sido nombrado venerable espera ser canonizado por poseer virtudes heroicas o haber obrado un milagro después de su muerte, pero también es beato el mártir que cuenta con una declaración oficial de la Iglesia mostrando haber sufrido martirio. Por tanto, no queda otra que decir que el clero español presentó sólo los documentos de martirio que finalmente aprobó antes de la homilía de beatificación una Iglesia vaticana que consintió y asintió en no reconocer que en el bando republicano también fueron asesinados vilmente numerosos clérigos por orden del mando sublevado. ¿Son paradojas, casualidades, o es que la amnesia es selectiva y no se puede aún perdonar que aquellos que apoyaron la legalidad del régimen elegido en las urnas fueran defensores de la democracia o simplemente unos nacionalistas? A lo mejor es que sólo los mártires franquistas “perdonaron y rezaron por sus verdugos” como decía Rouco que hicieron esos 498. Pero sin duda, lo que ha quedado claro, es que hablando de merecidos reconocimientos -y aquí sólo reducimos el análisis a términos institucionalmente eclesiásticos y no al cómputo global de víctimas- ni desde la Iglesia ni desde el episcopado español se ha pretendido llegar a esa “misericordia, reconciliación y convivencia política” de la que hablaba Benedicto XVI, reconociendo a las víctimas eclesiales del bando a quienes histórica, que no personalmente, ellos no apoyaron.














