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16 de marzo de 2010 - Núm. 1490
 
18º Aniversario de la caída del Muro de Berlín
El poder de la comunidad

Del Muro de Vergüenza al valor de las ideas

Javier García Pedraz

10 de noviembre de 2007

Hoy es día 10 de noviembre de 2007. Anoche se cumplieron dieciocho años de la caída del Muro de Berlín.

El pasado verano pude conocer Berlín a fondo. Durante tres semanas estuve viviendo en el Bodhicharya Zentrum, que estaba ubicado en la parte Este de la ciudad, el antiguo lado comunista. Bodhicharya Zentrum es una comunidad de autogestión que acoge budistas y no budistas de cualquier parte del mundo, cuyo principal objetivo es fomentar la comunicación intercultural e interreligiosa.

El barrio en que vivía era el Friedrichshain. Era uno de los barrios más cercanos al Muro de la RDA (la antigua Alemania comunista). Con la caída del Muro, las familias de Friedrichshain huyeron de unas calles que les habían robado su libertad, y negado la ciudadanía. El Friedrichshain se convirtió en un barrio fantasma, abandonado, donde apenas quedaba algún anciano huérfano de la historia.

Para decenas de miles de berlineses y de alemanes, la caída del Muro significaba el reencuentro con familiares que hacía casi treinta años que no podían ver o tocar. Para millones de alemanes, suponía recuperar la libertad y dejar de ser víctimas de un sistema totalitario.

Para el resto de mundo, era el fracaso de la supuesta “alternativa” al capitalismo y el fin de la Guerra fría.

Dicen los alemanes que estuvieron allí esa noche que la gente lloraba, se abrazaba y se besaba sin conocerse. Pocos años después, los berlineses fueron cambiando su punto de vista sobre qué hacer con el Muro. De la idea de que el Muro de la Vergüenza debiera ser demolido, se pasó a la de “The never again wall”, El Muro del “nunca más”.Con una inteligencia social envidiable, los berlineses adornaron con ideas ese Muro que unifica, que conjunta a la sociedad y que, ante todo, debe ser conservado para evitar que se construyan otras barreras humanas. Se pensó en ese Muro que educa, que garantiza que ninguna generación venidera olvide que hubo un día en que separaron a la gente por razón de poder.

La memoria de lo macabro puede hacernos sacar el machete o enfundarlo para siempre. En Berlín nació el nazismo, allí creció hasta su derrota. Esta ciudad sufrió como pocas la II Guerra mundial, la guerra más atroz de la historia de la humanidad. No mucho después, también allí se construyó la mayor barrera humana en la que fueron asesinados varios cientos de berlineses y separó a las personas sea cual fuere el vínculo entre ellas.

¿Cómo esta ciudad se ha mantenido tan viva a pesar de haber sufrido la peor guerra de todas, dos dictaduras, la nazi y la soviética? Dicho esto, ¿Qué motivos le faltaban a los berlineses para pintar flores en el Muro? En efecto, fueron los berlineses quienes convirtieron esa estructura macabra en una obra de arte que nos puede ofrecer un paseo de lo más agradable. Me maravillaron las pinturas del Muro, ese arte que, a pesar de su sencillez, revela la expresividad de un pueblo con tal fuerza que hace hermoso el más triste símbolo de historia reciente.

Y fue en ese momento cuando entendí que el ser humano en libertad puede llenar de proyectos e ideas los lugares más castigados por el odio, que Berlín no es un lugar en el que poner cara de pena sino de admiración por todo lo que ha sido, y lo que ahora es.

Berlín, hoy, es lo suficientemente asombroso como para mirar su pasado con superioridad. Se siente fuerte pues sabe que el idealismo de su presente y la intensa forma de vivir su libertad es su mejor vacuna contra la intolerancia y el odio.

Pero Berlín no sólo me permitió admirarlo. Además me ofreció la oportunidad sentirme parte misma del nuevo Friedrichshain, y de esas comunidades libres y de autogestión que han ido ocupando sus edificios abandonados de proyectos y de ideas, del mismo modo que sus habitantes llenaron sus vidas de movimiento y de libertad. Berlín es una ciudad despierta, activa, que cree en su aperturismo y rechaza el miedo a su historia, que no teme recordar a las víctimas de tanta tragedia a pesar del profundo dolor. Berlín sabe que no hay mejor homenaje para sus víctimas que sentar las bases para construir un futuro en libertad.

Esta actitud crítica ante la historia y la sociedad ha fomentado la aparición de pequeñas sociedades de autogestión. Este intento de integrar el pasado creando un futuro mejor para todos ha originado que la sociedad alemana vea con buenos ojos otras formas de convivencia en sociedad.

En Friedrichshain, el barrio donde vivía, nada sobra. La compra se hace de acuerdo con aquello que se necesita, no aquello que se desea. La mayoría de los alimentos que se adquieren son los que, estando todavía en buen estado, retiran los supermercados de sus estanterías. Allí no hay otra ética social que el total respeto por la voluntad ajena y por las personas. Económicamente, apenas existen el dinero y el crédito: el sistema de intercambio es la cooperación mutua, y el margen de beneficio es el bienestar de todos.

En ese distrito viven estudiantes, familias, artistas, ancianos; Se realizan proyectos como teatros, exposiciones y cines que son siempre de entrada libre, bibliotecas de libros usados donde por ser persona ya se es socio, tiendas donde no existe el dinero, sino el intercambio según la filosofía del “coge lo que necesites”, comunidades de diálogo religioso donde un agnóstico como yo es siempre bienvenido…

El esfuerzo de esta microsociedad por mantener esa distancia con la sociedad de consumo es enorme. Crear la sociedad en la que se quiere vivir requiere un sacrificio continuo y un trabajo diario minucioso. Pero la gratificación es infinita: la realización personal.

El poder que tiene la voluntad de la comunidad es enorme cuando existe conciencia de tal comunidad. La alternativa al sistema capitalista, a una sociedad de consumo, está en nosotros mismos. No necesitamos una sociedad cuadriculada y un sistema totalitario senil e inflexible que viole derechos y libertades para plantear la alternativa. Si hemos sido capaces de reconstruir los desechos de un sistema totalitario como la URSS un lugar para la convivivencia de acuerdo con la realización personal individual, libre e independiente; ¿Cómo no vamos a ser capaces de vivir de acuerdo con la responsabilidad ciudadana que, acorde con nuestras libertades individuales, nos permita vivir como queremos vivir sin pisar a nadie y sin ser pisados?

Hemos de celebrar la caída del Muro de Berlín no sólo por lo que dejó atrás, sino por lo que permitió surgir. Tenemos que celebrar nuestra propia capacidad como hombres y mujeres libres para el entendimiento, para la comunicación, para las ideas, para nuestros propios proyectos de sociedad, de comunidad. Hemos de aprender a vivir con la ilusión del idealista, entender que el respeto por la diferencia y por el estilo de vida que queremos desarrollar es el poder que tiene la comunidad para crear modelos de convivencia donde quepa todo el que quiera entrar. De nada serviría haber derribado el Muro si no somos capaces de desarrollar esa sociedad en la que queremos vivir. De Berlín aprendí que la comunidad tiene el poder de crear diferentes modelos de convivencia, de acuerdo a nuestras convicciones, valores e ideales, de forma que toda persona, sea como fuere, pueda autorealizarse.

La alternativa somos nosotros.

 
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Por Javier García Pedraz

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