Vivimos en la época del plagio y la copia por más que desde ciertas instituciones se intente “proteger” a punta de moneda los derechos de autor, figura que, dicho sea de paso, se encuentra en una situación de crisis comparable a la del mismo concepto de originalidad.
Hoy, día 13, ha tenido lugar en el Aula Miguel de Unamuno la conferencia “Copias, postproducciones y otras estéticas del guardar” por parte del profesor de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Salamanca Domingo Hernández. Este acto se enmarca dentro del curso extraordinario de tres días de duración “Arte y Literatura” dirigido por los profesores José Luis Molinuevo y Antonio Notario que será clausurado mañana.
En las dos jornadas ya concluidas de este interesantísimo curso ha habido sitio para casi todo: música contemporánea, teoría de la traducción, movimiento pop, cánones artísticos, literatura política. No obstante, en la útlima sesión los asistentes hemos podido realizar de la mano del profesor Hernández una reflexión sobre el arte actual y el concepto de postproducción.
Uno de los primeros en darse cuenta del fenómeno de la copia fue, como no podía ser de otra manera, Gustave Flaubert, quien en El diccionario de lugares comunes escribe: «Originalidad: reírse de lo original demuestra gran superioridad». Célebre cita si tenemos en cuenta, en primer lugar, que en dicho “diccionario” el normando realiza una recopilación de estupideces propias de la generación que se volvió toda ella idiota tras la derrota de la Comuna de París, en opinión del autor; y, en segundo término, la situación en la que se enmarca la obra: la inconclusa y póstuma novel a Boubard et Pécuchet donde sus protagonistas son ni más ni menos que “plagiadores”.
Subyace una crítica desde comienzos de la andadura “modernista” al concepto romántico de originalidad creadora que, tras dos siglos de andanza, se ha transformado en una sociedad del signo sin precedente; lo que Guy Debord llamó años un siglo después La sociedad del espectáculo. “Lo pintoresco me repugna”, clama el mismísimo Banville y es que hoy no existe conversación que se precie - sobretodo en el ámbito artístico- en la que las citas o los clichés no sean sus verdaderos protagonistas. La pregunta “¿qué es lo nuevo que podemos hacer?” fue sustituida hace ya décadas por la de “¿qué se puede hacer con?” En este contexto, el experto en teoría del arte contemporánea, Domingo Hernández, ha analizado durante su conferencia el concepto “postproducción”, utilizado y puesto de moda en 2001 por el crítico francés Nicolas Bourriaud.
Postproducción es un término que nace como explicación a la labor artística que recurre a formas conocidas y las introduce en la obra de arte, creando así un entramado de signos; es decir, una apropiación de los códigos de la cultura y de sus formas. Los artistas de tradición duchampiana actuarían a modo de dj´s, dando a luz itinerarios a través de la cultura, siendo además conscientes de que su propia obra también es susceptible de ser postproducida. Este marco con forma de bucle se amplía y transgrede los límites del arte para hacer uso de cualquier elemento que integre la sociedad. Citando a Wittgenstein: “Don´t look for the meaning, look for the use”.
No podemos conocer aún qué somos, pero no somos postmodernos, nos muestra el profesor Hernández, somos ya tan conscientes de los pastiches, los clichés, los plagios, los ready makes, etc. que les hemos tomado cariño. Sin embargo, parece que la postproducción o estética del montaje ofrece una relectura o una ampliación al contexto post moderno de la copia. En la opinión del profesor esto podría deberse a cierta “nostalgia” del postmodernismo. Domingo Hernández habla de la “estética del guardar- como”: una forma artística ambigua que da respuesta a la necesidad que parece demandar la sociedad de ser copia y original al mismo tiempo. El paradigma de este discurso reside sin duda en la publicidad, capaz de reciclar y renovar sus contenidos una y otra vez.
Nicolas Bourriaud equipara la obra artística de nuestros días a un portal de internet. La obra de arte como generador de actividad. La función de esta tarea artística reside en su acción, en su capacidad para generar acontecimientos. En esto el arte se equipara con el gran generador de acción de nuestro tiempo: el dinero. Sin duda el mercado está muy relacionado con el arte de nuestros días y es aquí donde surge la polémica ¿Puede el artista actual crear algo ajeno a la institución que le sirva de crítica –que genere crítica- “postproduciendo” o “desviando” (en terminología situacionista) el propio discurso capitalista? ¿No es precisamente este vacío de discurso el talón de Aquiles de gran parte del arte actual del que se aprovecha, precisamente, el stablishment para mantenerse? Estas y otras interesantísimas reflexiones han sido propuestas esta tarde por el profesor Domingo Hernández y sus alumnos. Esperamos que las próximas conferencias resulten igual de interesantes.
Hago mía la última frase de tu reflexión para tus próximos textos. Me ha encantado Diana. Felicidades.
Sólo plantearte una cosa, que semejanzas se pueden establecer el postmodernismo como arte y el postmodernismo como teoría literaria? ¿En qué medida se retroalimentan?
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Gracias, Daniel.Sin ser ninguna experta te diré que una de las caracteristicas del postmodernismo en general es su teorización. Se da un «exceso de reflexión» en los artistas para los que la teoría y la crítica se tornan fundamental. Como resultado se produce una tematización de los materiales que forman parte de la construcción de las propias obras de arte, del tipo que sean; el arte habla de sí mismo, la literatura se hace «metaliteratura», etc. Algunos dicen que el arte plástico es hoy más literario que nunca puesto que se sirve de páginas y páginas escritas para explicar la teoría en la que se basa. La consecuencia en literatura es que se vuelve -por así decirlo- «autofágica»: los escritores sólo se leen entre ellos y, lo que es peor, escriben para ellos. Aunque esto último es sólo una opinión personal y no necesariamente negativa.
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Gracias por el comentario y la información. Vaya por delante que yo no tengo ni idea de arte, pero te planteaba la pregunta, precisamente por lo que escribes al final de tu reflexión sobre el postmodernismo literario. La clave el metarelato, la excesiva reflexión que hace opaco al texto, a mi me pasa, cuando escribo en cuanto a la forma. En cuanto a su contenido, me parece que la crítica postmoderna es magistral, al menos en el campo de la Historia. Hayden White, L. Stone, por ejemplo, planten que la narrativa está construida sobre mecanismos previos, sobre estructuras de lenguaje que vienen dados por la herencia de lo pasado y tus conocimientos presentes, es decir, que es imposible, conocer y narrar la verdad historiográfica, porque ésta viene dada por esas premisas que te digo. El contenido de la forma, lo llama White, es inaprehensible.
¿Hasta qué punto? No lo sé. La Historia está en crisis en cuanto a la capacidad de aprenhesión, la crítica postmoderna es pesimista, pero me parece interesante porque ha roto definitivamente con interpretaciones teleológicas. ¿Hasta qué punto nuestras representaciones, se ajustan a lo que en realidad queremos representar? Yo no sé responder esta pregunta. En todo caso, en tu texto hay claves.
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Más que el concepto de «autofágico»,estoy más de acuerdo con el concepto de «reciclado»: a penas existe renovación hoy en día en el arte en cualquiera de sus vertientes, no se trasgrede, todo forma parte del mismo devenir, pero no es autofágico, porque nunca en la historia el arte había estado tan expuesto y a la vez tan cercano a un público que dudo hasta qué punto lo llega a entender. Cierto es que, en la mayoría de los casos, los «best-seller» se encuentran bien lejos del arte, pero ahí quedan, a pesar de su mala calidad, es lo que queda, porque las obras realmente buenas, las que pretenden innovar, esas sí que son autofágicas, son para los propios artistas que son los que realmente las saben apreciar. Yo enmarcaría todo esto dentro del contexto de una sociedad capitalista, en la que el valor principal es el «best-seller», lo que mejor se vende, y no lo de más calidad, lo que consigue devaluar el arte hasta los extremos de hoy en día.
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