El pasado día 14 de noviembre, el reino marroquí daba un paso de cara a la normalización de las relaciones diplomáticas con España, después de que Mohamed VI las hubiera llegado a considerar de “contraproducentes”. El portavoz del gobierno, Khalid Naciri, declaró que esperaba “que nuestros amigos españoles pongan su mano en la nuestra para superar esta crisis" y que "el regreso del embajador se efectuará (…) en función de la renovación, que deseamos rápida, de nuestras relaciones bilaterales". Pero es que en esta maraña de impertinencias diplomáticas sorprenden cuando menos varias cosas.
Primero, que el Reino de Marruecos, en su política anexionista y gobernado presidencialmente por el grupo nacionalista Istiqlal, reclame, desde 1982, la soberanía de unas ciudades -bandera reivindicativa de Al-Qaeda y del mismo gobierno marroquí- que jamás fueron de su jurisdicción. Los orígenes del asentamiento español sobre estas islas se remontan más lejanos en el tiempo que la constitución de Marruecos como país. Melilla, ciudad de antiguo vinculada al Al-Andalus, es conquistada por tropas castellanas al mando del comendador de los Reyes Católicos, Pedro de Estopiñán, en 1497; y Ceuta fue reconocida como portuguesa por los Tratados de Alcaçovas (1479) y de Tordesillas (1494), y por un Tratado con Portugal, en 1668, se la reconoce la soberanía española. Y es verdad que en la independencia de Marruecos, Ceuta sirvió de base de repliegue de los españoles asentados en esos protectorados, pero a la constitución de los mismos, España no se anexionó Ceuta y Melilla, sino que a partir de ellas expandió el territorio de control sobre un país, Marruecos, que nació como reino, aunque ocupando menor territorio que los anteriores en la región, en el siglo XVII.
Segundo, que la población marroquí exprese la “enérgica condena” de Mohamed VI por una ofensa tan grande en manifestaciones a las que únicamente acuden pequeños grupos en su mayoría compuestos de yihadistas con mensajes como "Daremos nuestra alma y nuestra sangre por Ceuta y Melilla" o "¡Juan Carlos sionista!". Un ejemplo es la manifestación de poco menos de 300 personas en la ciudad más poblada de todo el país, Casablanca.
Tercero, que reivindiquen la descolonización de unos territorios que desde 1960 hasta hoy, la ONU ha incluido sin alegación alguna dentro de su listado de no autónomos, y por tanto, declarados como territorios no pendientes de descolonización.
Cuarto, que en España se viva a la expectativa de qué pasará con las relaciones entre dos países amigos por la visita oficial de los representantes de unas ciudades que no recibían a la Monarquía desde hace 70 años, y al presidente legítimo de su país desde 1981. Fuentes oficiales siguen advirtiendo que las aguas se calman, y después de ciertas “turbulencias”, todo va a volver a la normalidad.
Quinto, el sentido de reafirmación ciudadana de la españolidad en unas ciudades cuya cultura y población es mayoritariamente cristiano-occidental, donde la población elige gobiernos del PP, y donde parte del colectivo musulmán defiende la españolidad del territorio. Ambos alcaldes-presidentes, en nombre de una población exultantemente eufórica por la llegada de los reyes, alegaron que esa era una visita que “une y hace más fuertes” a los ciudadanos, y que no tiene porque cerrar las puertas de “relaciones de buena vecindad con su entorno próximo” pidiendo además “respeto y amistad” a El Reino Occidental -significado etimológico de Marruecos-.
Y sexto, que Marruecos se entrometa en los asuntos normales de la vida diplomática española llamando a consultas sin pretender la ruptura diplomática, haciendo creer que peligran las buenas relaciones económicas que ambos países mantienen desde que Zapatero está en el poder. Desde luego, es mejor evitar ciertas polémicas que advertir de ciertas “contundencias y determinaciones” como hacía Aznar. Porque nadie se baja las bragas si el fin es defender lo que más nos importa mientras Marruecos no se exceda en sus invectivas diplomáticas, es decir, la economía española. Lo que no se puede decir, como hace German Yanke, es que esas hipotéticas -que reales- relaciones de buena amistad entre ambos países son sólo retórica del presidente, porque si no, no ocurren estas cosas según él. Porque es innegable la cooperación en materia de inmigración -reduciendo la ilegal en un 50-60%, y aumentando con contrataciones en un 145% las legales-, el tráfico de drogas y la cooperación contra el terrorismo-desarticulando más de 380 redes mafiosas en territorio marroquí-, la cooperación judicial -con un compromiso añadido de control de las fronteras por parte del país alauí-, la promoción de inversiones españolas -convirtiendo a España en el segundo país proveedor en Marruecos haciendo de él el principal mercado de exportaciones en África con un 37% del total, y después de Francia, en el segundo país inversor-, la ayuda española al desarrollo marroquí, o el establecimiento de vínculos crecientes entre las respectivas sociedades civiles, turismo, pesca, etc.


















