Sesenta y nueve mujeres asesinadas en lo que va de año, puede que a algunas personas no les parezca una cifra exagerada, comparándolas por ejemplo con el nº de muertes por accidente de tráfico. Sin embargo aunque solo hubiera una tampoco deberíamos estar tranquilos. Ese nº de víctimas, a pesar de todos los esfuerzos realizados y del gran consenso social y político que existe en torno al tema (de hecho es uno de los pocos temas en los que los grandes partidos están de acuerdo) se ha demostrado que es muy difícil de rebajar e incluso, a pesar de todo ha aumentado respecto a 2006.
El fenómeno de la violencia de género o violencia machista (dicho con más propiedad) esta profundamente enraizado en nuestras sociedades y en otras muchas culturas en todo el mundo. Por una parte está la mera existencia de la violencia en general. Una sociedad que vive con la violencia, que la banaliza, que la asume como algo normal, que la eleva a categoría de espectáculo de masas, no es creible cuando dice que hay que acabar con la violencia de género. Sencillamente el mensaje no es coherente. No se puede estar por una parte predicando contra la violencia de género y por otra facilitando el acceso a espectáculos violentos a casi todos los públicos y de forma casi permanente.
Por otra parte la raíz del fenómeno de violencia de género está también en la distinta valoración de los roles masculino y femenino que se hace en la sociedad. La reproducción del rol de los géneros en las tareas de hogar por ejemplo, que se reproduce generación tras generación y la distinta valoración que la misma sociedad hace de esos roles es sin duda una parte importante del problema. ¿Cómo se puede pensar que se va a respetar el papel de la mujer si no se valora su aportación a la sociedad o se minusvalora respecto al papel de los hombres?
Hay algunas personas que dicen que esto de la violencia de género es cosa de la democracia. Nada más falso. Antes lo que pasaba era sencillamente que no se conocían, ni se comunicaban los casos de violencia. Es más se corría un tupido velo, que era aceptado en general por la sociedad, alegando que esos problemas eran cosas privadas de los interesados.
Cierto es que se ha avanzado mucho en la lucha contra esta lacra. Ya no se considera menor, ni por supuesto está bien visto, ni se minusvalora el problema. Ahora bien tenemos que ser conscientes que es largo aún el camino a recorrer para acabar con ella y que depende todos el que lo hagamos.

















