Se suele decir que sobre gustos no hay nada escrito -y a cada cual lo suyo-, pero en verdad resulta indefinible describir el porqué de aquello que los motiva y los hace subsistir. Si a un servidor le preguntaran por qué le apasiona Bruce Springsteen, sin dudar diría que es algo que siento sin más, pero en el fondo sé que adoro su rock, su espíritu, y hasta su mensaje. En sus versos de cronista social, además de un rock urbano intimista y canciones de la road movie que hablan de “héroes rotos”, se aprecia un juicioso patriotismo que evidencia la cultura que le liga al mundo; y en plena unión con el ciudadano que observa conmovido y mutilado los atropellos de la Administración norteamericana, al que el de New Jersey reprocha su inmovilidad, su mensaje se politiza.
Ese es el mismo Bruce Springsteen que estremeció a todo el planeta en 1984 con Born in the USA, criticando los excesos de la Guerra del Vietnam -y que no era “un mensaje de esperanza“, tal y como lo entendía Reagan y todos aquellos republicanos que, en palabras de Bruce, “no lo comprendieron” en absoluto-; el mismo que conmocionó a la sociedad americana con el dolor con que The Rising describía el malestar por los atentados del 11-S; el mismo que con su posterior disco, Devils and Dust, incidió aún más en la responsabilidad política con la postura prodemócrata y a favor de la candidatura de John Kerry de alguien tan “harto de las mentiras” de un gobierno, el de Bush, que “nos está abocando al desastre”; y el mismo que con su último disco, Magic, expresa su manifestado enfado ante la coyuntura política por la que atraviesa su país harto, como dice estar, “de mentirosos y gente que se merece ir a los tribunales”.
Magic es un disco que demuestra madurez, y que nos trae canciones frescas y llenas de energía, canciones nostálgicas y de tristeza lejana, y canciones que demuestran una vez más esa sensación política de hartazgo interminable, de desesperación e impávido pesimismo. En ellas nos habla de frustración, de elecciones, del amor, de cuentas pendientes, del paso del tiempo y hasta de la muerte. De la muerte, y en corte político. Si no, cómo interpretar versos del tipo “You said heroes are needed, so heroes get made”, “Somebody made a bet, somebody paid” o “Who’ll be the last to die for a mistake”. Todos en alusión a la Guerra de Irak y la política exterior de Bush, mientras el pueblo americano ha de tragar saliva y ver todo con sus “martyr’s silent eyes”. No es extraño así, que en Livin` in the future, busque esa alegre aunque irónica despreocupación.
Madrid y Bilbao fueron testigos de esa actitud cuando Bruce advirtió que en EEUU, el país de “la pérdida de derechos civiles” donde se fabrican “guerras innecesarias e ilegales”, viven “un tiempo en que las mentiras son la verdad, y las verdades se convierten en mentiras”. España ha podido ver, a pesar del desgaste de los años, a ese Springsteen enérgico y arengador a que acostumbra. Y su directo había de ser ese “Magic” -nacido para tal- aderezado de viejos éxitos como Born to Run, Thunder Road o No Surrender que siempre enardecen al público, y hacen del momento un espectáculo vibrante donde ese auditorio se entrega sin demora. Mas podrá decirse que los años pesan para todos, pero por eso mismo, cada concierto de Springsteen sigue siendo ante todo un regalo lleno de contagiosa vitalidad que nos hace movernos y disfrutar del sentido único que él sabe dar al rock and roll. Mas habrá quien siga desacreditando desde hace tiempo el rock del Boss por comercial, y quien venga a cuestionar la cabida de Lomesome Day en esta gira, pero puede darse uno perfecta cuenta de la reacción del público al estribillo de la misma, y percatarse de que Bruce es un fenómeno de masas, sí, pero lo es gracias a ese paroxismo musical que solamente él nos sabe transmitir.












