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16 de marzo de 2010 - Núm. 1490
 
Salamanca se levanta contra Lanzarote
Librarse de la rémora
Shawar McQueen

28 de diciembre de 2007

Hace ya un tiempo que no escribía en esta columna y se debe a que últimamente no estoy en Salamanca. Vuelvo ahora, para las vacaciones de Navidad, y me encuentro con un panorama del que ya estaba enterada por la lectura de este y de otros periódicos digitales: la tremenda subida de los impuestos que ha aprobado hoy nuestro ayuntamiento.

El país en el que vivo últimamente es Grecia; desde que llegué, a final de Septiembre, ha habido en él dos huelgas generales debidas a un recorte de las pensiones que el gobierno central plantea para paliar la mala situación económica del país. La reacción, como puede verse, no se hizo esperar y ha sido (y será) muy contundente: el pueblo griego dice no a unas reformas que harán su día a día más difícil. En Grecia, desde antes de caer la dictadura (cayó por la presión del pueblo, cayó por manifestaciones y resistencias y acontecimientos como el de la Escuela Politécnica) las personas son conscientes de su poder como ciudadanos. No sienten miedo ni pereza a la hora de manifestarse, a pesar de que la policía no sea de las más amables de Europa. No les importa tampoco perder un día de salario por hacer una huelga general, porque saben que, siendo muchos y trabajando juntos, sus voces son importantes y se escuchan. Efectivamente, el gobierno griego está ahora pensando cómo dar marcha atrás y tratando de apaciguar a la población, lógicamente con grandes dificultades.

Creo que está clara la diferencia con Salamanca. Con la Salamanca a la que estaba acostumbrada hasta ahora, caracterizada más bien por el inmovilismo. Tengo frescos en la memoria recuerdos de manifestaciones mínimas, de concentraciones con cuarenta o cincuenta personas, por ejemplo aquellas convocadas a los dos y a los tres años de la invasión de Irak. Por lo tanto, fue grande mi sorpresa al leer en la prensa digital las noticias que hablaban de la cantidad de personas que se habían reunido en la Plaza Mayor. Esa sorpresa creció ayer, cuando acudí a la Plaza para encontrarme a 15.000 personas unidas en un mismo clamor contra la subida de tasas y contra la mala gestión de Lanzarote. Lo más importante, sin embargo, no era el número, sino el estado de ánimo de los ciudadanos: estaban francamente indignados, abiertamente enfadados, por primera vez oí decir a tanta gente junta lo que hace años que sabemos: que el ayuntamiento está en manos de un alcalde que gobierna para sí mismo y para los suyos, que concede privilegios como le place y que es, ante todo, un maleducado y un indeseable. Por primera vez vi amas de casa con niños, señores jubilados, vi a muchos votantes del PP sintiéndose injuriados, engañados, maltratados por aquel a quien dieron su voto. Y si los vi ayer, significa casi con total seguridad que se manifestaron en las otras dos ocasiones. Por lo tanto, quizás, o quizás para esto, Salamanca despierta y los ciudadanos se dan cuenta del poder de su participación, de la fuerza de su voz, de que un voto cada cuatro años no es lo único a lo que tienen derecho. No obstante, mi sorpresa aún podía crecer hoy. Acudí al pleno del ayuntamiento esta mañana a las ocho y media, en medio de la bruma y el frío propios de Salamanca en esta época del año. Esperaba no encontrarme a mucha gente, pero allí había ya unas doscientas personas. Y de nuevo lo mismo, mayores, señoras de mediana edad, gente con niños, familias… todos valientes y bien abrigados, dispuestos a hacerse oír una vez más. Demostrando al alcalde y a la oposición que los ciudadanos tienen las cosas claras y están dispuestos a pasar frío, a gritar, a ser zarandeados por la policía, si con ello se consigue que su opinión se tenga en cuenta.

Las televisiones nacionales han abierto sus telediarios con el incidente; no es para menos, pues el uso de la violencia contra los ciudadanos dentro de un ayuntamiento es un asunto muy grave. Un político más hábil jamás hubiera permitido que ocurriera semejante cosa. Sabemos, sin embargo, que Lanzarote es todo menos hábil.

Esto queda claro en lo muy mal que ha gestionado el ayuntamiento y sus recursos y, más aún, en lo pésimamente que ha llevado esta situación de crisis. El ayuntamiento tiene una deuda de 110 millones de Euros, que son algo más de 18.000 millones de pesetas. Lo bueno de los Euros para Lanzarote es que muchos de los ciudadanos de Salamanca no se manejan aún bien con ellos. Pero son, como digo, 18.000 millones de pesetas y más o menos todos sabemos qué se ha hecho de ese dinero. Primera gran torpeza: acumular una deuda semejante y además hacerlo de manera ostentosa, sin el más mínimo disimulo. La segunda gran torpeza ha consistido en pretender recuperar esta suma a fuerza de impuestos. Por aquí los salmantinos ya no han querido pasar. Por muy acostumbrados que estén en el consistorio a hacer lo que les apetezca sin rendir cuentas a nadie, esta vez su falta de cualidades políticas, de inteligencia, de capacidad de razonar, los ha llevado demasiado lejos. Y los salmantinos han reaccionado como debe reaccionar una ciudadanía consciente.

Creo que ahora debemos continuar la lucha centrándonos en tres grandes focos. En primer lugar, debemos contar a los ciudadanos a cuánto asciende la deuda EN PESETAS, de manera que todo el mundo sea consciente de su magnitud. En segundo lugar, hay que pedir las cuentas del ayuntamiento; debe exigirse una auditoría que nos detalle adónde ha ido hasta el último céntimo perdido y quién es el responsable de su extravío; lo siguiente será que se apliquen las medidas judiciales que correspondan. Para acabar, debemos recordar y expandir en lo posible la idea de que este alcalde y este equipo de gobierno son perniciosos para Salamanca. Cuanto más tiempo permanezcan en el poder, más grande será el agujero negro de la deuda.

Con estas tres ideas claras y la determinación de los salamantinos, quizás consigamos sacarnos de encima una rémora que ha estado chupando la sangre de nuestra ciudad durante los últimos doce años.

 
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Por Shawar McQueen

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