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24 de julio de 2008 - Núm. 891
 
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Inmigración y populismo
Javier Pueyo
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9 de febrero de 2008

Concedamos por méritos propios al Partido Popular la bandera del miedo y de la xenofobia. Se la ha ganado. ¿Quiénes mejor para portarla que los que denuncian en rueda de prensa que la delincuencia se ha disparado en 20 puntos por el descontrol migratorio mientras culpan a los trabajadores extranjeros de degradar el sector hostelero? "Ya no hay camareros como los de antes", denunció -con notable preocupación- Arias Cañete sin sonrojarse lo más mínimo.

La raíz de este discurso, repugnante en ocasiones y siempre peligroso, la reflejó muy bien Sarkozy al afirmar que "debemos elegir la inmigración que queremos y no la que los inmigrantes quieren". Y aquí llega el problema: el populismo, la demagogia y la xenofobia calan porque la derecha y amplios sectores sociales dan por supuesta esa premisa, que no demuestra más que mala fe o un desconocimiento terrible de la esencia del fenómeno migratorio.

Es impopular reconocerlo, pero debemos hacerlo si aspiramos a comprender siquiera en algún grado lo que sucede: no somos nosotros los que podemos controlar las migraciones, ni somos nosotros los que tenemos la autoridad moral para impedirlas. Los seres humanos que llegan a nuestras costas o aeropuertos lo hacen porque se mueren, por falta de comida o exceso de balas; proceden de países en los que los derechos humanos más básicos sólo son reconocidos a las minorías privilegiadas y opresoras, frecuentemente apoyadas -por activa o por pasiva- por nuestros democráticos gobiernos. Los derechos a la vida, la libertad o la alimentación no son derechos que podamos conceder o no en función de las necesidades de nuestro mercado laboral; son aspiraciones legítimas de millones de hombres y mujeres que no entienden por qué un porcentaje minúsculo de la población mundial vive por encima de sus posibilidades mientras una gran mayoría de seres humanos no llega ni al dólar diario, y son, en fin, aspiraciones que llevan a millones de personas a arriesgar su propia integridad física para sobrevivir.

Los absurdos contratos que propone Rajoy, o los compromisos decepcionantes de Zapatero para no regularizar a más inmigrantes, no van a impedir que el hambre o las guerras sigan empujando a cientos de miles de seres humanos a las ciudades españolas. Nuestros representantes electos harían mejor en analizar los problemas de fondo y ejecutar políticas dirigidas a paliarlos. Y esos problemas no están ni en la T4, ni en las embajadas, ni en las costas canarias o andaluzas; esos problemas están en los países olvidados que sólo recordamos a la hora de enviarles en avión remesas de inmigrantes sedados por la policía.

 
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