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28 de agosto de 2008 - Núm. 926
 
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Llamazares, un político preocupado por la oratoria

El pasado sábado 9 de febrero Gaspar Llamazares ofreció un mitín en el salón de actos de la Facultad de Historia de la Universidad de Salamanca donde demostró ser un político preocupado por la disciplina retórica, muy al contrario que sus compañeros de partido en Salamanca, cuyas palabras llegaron en ocasiones a resultar inconexas.

Diana Eguía

12 de febrero de 2008

El discurso comenzó con una maniobra retórica clásica, la «captatio benevolentiae», usada para ganarse la simpatía y la atención del auditorio. El coordinador general de Izquierda Unida alabó «la lección de ciudadanía crítica» que se había llevado en Salamanca durante los últimos meses. De modo casi imperceptible se introdujo en la «narratio» o cuerpo del discurso, aportando datos estadísticos sobre los impuestos, la sanidad, el gasto social, etc. Hábilmente hizo uso del «argumento de dirección catastrofista», utilizando estas cifras para transladar a los oyentes a un futuro donde las desigualdades sociales se acrecientan hasta la asfixia. Era el primer movimiento que dejaba translucir el sentido final de todo el discurso: situar a los votantes en un momento «histórico» que les erige directamente en responsables decisivos de lo que ocurra tras las elecciones. A continuación, aprovechó para introducir sus propuestas que, en contraste con lo anterior, adquirían un valor positivo de mayor relevancia. Anunció una campaña regida por «la virtud republicana», demostrando así una cuidada selección del léxico, decantándose por aquellos términos que expresan valores esenciales, absolutos, y que, por tanto, se vuelven difícilmente rebatibles. Inició el fin del discurso dirigiéndose a todos, amigos y enemigos,«poliacroiasis» que le servió para delimitar su posición respecto a los demás partidos. Como colofón, hiló el final de sus palabras con el comienzo y de nuevo apeló a «la ciudadanía crítica de Salamanca», cifrándonos en una encrucijada histórica, dónde deberemos elegir entre «el voto útil y el voto fútil», recogiéndo de modo impecable el leit motiv de todo el acto: la necesidad de un voto de izquierdas convencido que no se sienta obligado a decantarse por el PSOE.

Llamazares realizó un buen discurso que conseguía lo que todo orador necesita, es decir, ser capaz de crear realidad con sus palabras. Con una dicción y una actitud relajada pero decidida junto con un motor discursivo lógico y bien argumentado, Gapar Llamazares es de los pocos interlocutores políticos que puede presumir de «normalidad» en su modo de hablar.

 
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