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6 de octubre de 2008 - Núm. 965
 
 

De ciego a adormecido, un abismo
Alfonso Manjón

1ro de abril de 2008

Leía el otro día que un estudio llevado a cabo por Mara Dierssen, neurobióloga del Centro de Regulación Genómica de Barcelona, venía a confirmar científicamente que “el amor es ciego”. Y es que parece que la ciencia entiende incluso de los misterios incógnitos que esconde aquello de lo que nadie tuvo nunca la menor clarividencia, quiero decir, el amor. Un amor que ella misma define como una “adicción química entre dos personas”, y que entiende -a mi parecer-, no como un sentimiento humano ilógico, sino como expresión biológica por un lado, y neurológica por otro.

Dice, primero, que por medio de la ciencia -digamos, mejor, en la ciencia misma-, pueden observarse los rasgos que caracterizan una relación de amor: la atracción física, el apetito sexual, el afecto o el sentimiento de apego duradero. Y en segundo lugar, afirma que es capaz de verlo porque este tipo se sentimientos producen en nuestro interior una serie de alteraciones químicas que generan sustancias como la dopamina o la serotonina (responsables de la atracción física y los pensamientos obsesivos), así como por la activación de unas determinadas zonas cerebrales. Creo que ni qué decir tiene que cada acción de nuestro cuerpo es llevada a cabo por las órdenes que sistematiza y regula nuestro cerebro a cada parte del mismo, de forma que en él se desarrollan y de él parten todos los actos y acciones de nuestra vida entera. Y desde luego en él podrán encontrarse las formas en que se manifiestan y ordenan los impulsos emocionales que luego se expresan en nuestro pensamiento o en nuestra forma de sentir y/o actuar. Mas huelga decir que la mera atracción física, que siempre hemos venido a ver como algo propio del instinto animal del ser humano, tiene, en cuanto expresión instintiva, su punto de partida en el mismo cerebro, porque al fin, es el único encargado de emitir cada movimiento físico o sensorial postrero de nuestro organismo.

Por último, y ahí radica verdaderamente la significación del estudio, indica que esta serie de indicadores evidencian cómo se pierde en el cerebro la capacidad crítica del que ama y lo incapacita para ver los defectos de quien es amado, a la vez que se desactiva la zona del cerebro encargada del juicio social y de la evaluación de las personas. Y ahí cabe preguntarse: quien haya estado enamorado, ¿ha sentido alguna vez que perdía esa capacidad crítica respecto de la persona a la que ama o ha amado bajo algún tipo de circunstancia? o ¿ha dejado alguna vez de sentir que prefiriera ver a la persona amada con rasgos físicos o actitudes diferentes a las que le caracterizan?. Al parecer no podría ser científicamente demasiado válida la respuesta de quien ama, porque es ceguera y no razón lo que ese Romeo/Julieta presenta. Porque claro que ese tipo de actitudes tendrán su respuesta en cuanto proceso neurológico pero, personalmente, y no queriendo llevar al extremo la crítica de lo que se plantea como mera curiosidad sino humanizarla, creo que ni nunca creí que mi amada fuera la más guapa, ni la más lista ni la más graciosa, sino más bien la quise por cómo era, por cómo me hizo sentir, y porque no quise ver más gatas para este gato. Por tanto, no es que su amor consiguiera dejarme ciego –que también-, sino que si lo hizo fue más bien porque yo mismo quise cerrar adormecido los ojos por propia voluntad.

 
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