Una señora mayor entra con dificultades y apenas puede avanzar. Enseguida una chica joven se dispone a dejarle su sitio, pero no puede levantarse. El atasco de peatones es monumental. La señora se sujeta como puede. A mi lado un estudiante me dice con resignación: “tardo lo mismo en ir del Alto del Rollo al Campus (Unamuno) que una compañera de mi clase que vive en Zamora y viene todos los días en autobús”.
La tensión se apodera del autobús y su conductor se levanta enfurecido: “¡échense para atrás por favor!”, para que en la parada del Paseo de Canalejas pueda entrar más gente. Pero esta vez los viajeros no pueden apretarse más, y muchos usuarios deberán esperar más de diez minutos al siguiente autobús. Un hombre de unos 70 años que me ha visto sacar fotos, me dice: “esto es más fácil de lo que parece, si este autobús hace tantas paradas, es normal que se llene así. Los autobuses no están mal acondicionados, pero los recorridos son muy largos”, la gente asiente. Es el final de una dura mañana de trabajo, de estudio y de recados, y las deficiencias del servicio de autobuses dificultan la vida cotidiana de los salmantinos.












