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21 de marzo de 2010 - Núm. 1495
 

Enemigos
Miguel Ángel Andrés

5 de abril de 2008

Carl Schmitt decía que la “distinción propiamente política es la distinción entre el amigo y el enemigo”. Diferenciaba dos tipos de antagonismo: el de la política interior (cuya posibilidad real de lucha es la guerra civil) y el de la política exterior (cuya posibilidad real de lucha es la guerra entre pueblos organizados). En suma, condicionaba la ecuación política igual a enemistad a la existencia del Estado como unidad (comunidad) política. Un análisis de este tipo puede parecer simplista y rechazable a primera vista, y más si tenemos en cuenta los puntos negros de su biografía. Rechazable sobre todo porque está inundado de determinismo y pesimismo antropológicos, y porque las personas de izquierdas debemos confiar en que la humanidad puede construir un futuro lleno de bienestar y dignidad.

Sin embargo, es cierto que la realidad no es muy esperanzadora, y se puede decir que la historia es la historia de amigos y enemigos políticos. En la actualidad, y sobre todo a raíz del 11 de septiembre de 2001, el llamado Derecho Penal del Enemigo ha revitalizado la doctrina smichttiana, dejando a un lado importantes conquistas democráticas.

Pero en esta columna sólo pretendo describir la realidad de la política e interpretarla con la ayuda de la experiencia propia, tan válida para cada persona como las aportaciones de los mejores teóricos. Así, puedo afirmar que la distinción amigo/enemigo abarca -desde un plano positivo- todo lo político, es decir, todas las relaciones, actividades y sujetos de la política en cualquier ámbito. Seguramente no descubra nada, porque ya el propio Smichtt escribió que “la falta de objetividad inevitable en toda decisión política (...) adopta entonces la forma mísera y el pobre horizonte de una política de prebendas y de distribución de los puestos de los partidos”.

Las relaciones entre las organizaciones con ideologías y programas políticos afines no escapan a la distinción, de ahí la tradicional división de la izquierda o la eventual formación de coaliciones. Lo mismo sucede en el seno de un partido, sindicato o cualquier organización política. El funcionamiento democrático se reduce a un mecanismo que canaliza agrupaciones de amigos y enemigos. La discrepancia no se entiende sin enemistad, y la amistad no existe sin correlativa enemistad. Y lo más grave, la enemistad es posible que ni siquiera implique disenso ideológico o programático, y viceversa.

Como dije antes, se trata sólo de una descripción de la realidad. A diferencia de Smichtt, no creo que ésta sea inmutable. Podemos cambiarla a partir de una reflexión personal de todos. Podemos cambiarla si asumimos errores. Podemos cambiarla si adoptamos una verdadera actitud de respeto democrático. Sólo así superaremos la distinción amigo/enemigo, y en su lugar sólo hallaremos consenso y disenso.

 

Por Miguel Ángel Andrés

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