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De ciudadano a ciudadano
16 de mayo de 2008 - Núm. 822
 
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La tragedia del 1 de mayo
Javier Pueyo
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5 de mayo de 2008

El problema no es que la izquierda en el poder ni sea izquierda ni controle el poder. Tampoco que los sindicatos mayoritarios se hayan entregado con gusto a los antojos de una patronal que año tras año tiene más que celebrar, frente a unos trabajadores que mayo tras mayo tienen menos que perder. Es cierto que la crisis en ciernes que amenaza con llevarse por delante nuestro raquítico Estado del Bienestar resulta preocupante. Pero siendo todo ello muy grave, no deja de ser coyuntural y reversible; en peores plazas hemos toreado. La verdadera tragedia es que mientras esto ocurre los asalariados sólo pisan el asfalto de la calle para montarse en el coche e irse de vacaciones, no en pocas ocasiones gracias a un préstamo bancario. Conozco a personas que en estas circunstancias llamarían idiotas a los trabajadores, y también a quienes derivarían toda culpa en la alienación generada por el sistema.

Si, en efecto, el problema es la estupidez de la gente, tenemos dos opciones: renunciar a la transformación social e irnos a tomar unas copas; o volver a entrar en la caverna de Platón a sacar por la fuerza a quienes ahí habitan, con las consecuencias para uno mismo que el propio Platón avanzaba o, peor aún, con los nefastos efectos ya juzgados por la Historia de aquellos regímenes infernales impuestos por la vanguardia a quienes eran objeto de su mesianismo revolucionario.

Si, por el contrario, el pasotismo social es sólo consecuencia de un sistema alienador que lleva al trabajador a consumir y a ser un simple engranaje del capitalismo más salvaje, incluso a costa de su propia humanidad, no queda más que una salida: destruir el sistema. Bien. Primero: ¿quién está dispuesto a eso? Segundo: ¿aun en contra de los deseos del precariado? Tercero: ¿qué medios aceptaríamos emplear? Y cuarto: ¿para construir qué?

Posiblemente la gente no sea tan imbécil como algunos se empeñan en asegurar ni el sistema, como un ente dotado de vida e inteligencia propias, sea capaz de construir una reproducción de Matrix en la Tierra, como otros dicen creer. Quizá el problema tenga que ver con que nuestro contexto social, político y económico es radicalmente distinto al de finales del siglo XIX, pese a que ciertos sectores de la izquierda comunista aún no se hayan percatado. No descarten las vanguardias proletarias que parte del fracaso de la izquierda como proyecto social pero también como proyecto partidario en la Europa de hoy sea responsabilidad de la propia izquierda organizada, ayuna de referentes intelectuales y lastrada por modelos ineficaces e indeseables que difícilmente podrían a estas alturas considerarse de izquierdas.

Ha llegado la hora -por enésima vez- de sentarnos, diagnosticar los problemas de la sociedad global, que es la nuestra, y articular alternativas no necesariamente ya formuladas para construir un discurso político capaz de implicar al resto de ciudadanos en la transformación de un planeta que, en mi humilde opinión, produce repugnancia.

 
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