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28 de agosto de 2008 - Núm. 926
 
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Rusia, el gigante en la sombra

La recuperación rusa puede suponer el fin de la hegemonía estadounidense

Alejandro Gómez

30 de marzo de 2006

Los tiempos en los que Rusia no era más que una sombra en el panorama geopolítico mundial nos resultan lejanos. Desde la reelección de Putin en Marzo de 2004, la influencia de Rusia en el panorama internacional no ha dejado de aumentar. Tras la caída del comunismo, el telón de acero se llevó consigo, no una economía maquillada durante décadas, sino prácticamente todo el edificio de relaciones internacionales que con tanta astucia trazaron los líderes soviéticos.

El fin de la URSS supuso la práctica desaparición de las redes de influencias impuestas militarmente en la Europa oriental, finalizando la dominación entre las manos de una OTAN y una Unión Europea con sistemas democráticos liberales muy jugosos para los países del Pacto de Varsovia. Asia central por el contrario, se convirtió en el único espacio en el que tras el fin del sueño soviético, la influencia rusa fue capaz de superar a la americana. Pese a ello, en 1992 la Federación Rusa había perdido el rol de superpotencia, quedando desplazada a un segundo plano en las relaciones internacionales.

El orgullo ruso permitió que de la mano de Boris Yeltsin, el país no abandonara la representación en los principales órganos de decisión internacionales, aunque su influencia fuera prácticamente irrelevante. La cesión del asiento en el G-8 era la manera que tenía EEUU de demostrar al mundo que la vieja Rusia no era más que sombras y fantasmas. Con el 11 de Septiembre y ya con Putin en la presidencia, Rusia vio la oportunidad de “legalizar” su guerra contra las últimas repúblicas independentistas en el Caúcaso, a la vez que se fraguaba una estrecha alianza con Bush y con el mundo occidental. Pero podríamos considerar este hecho como el principio de una nueva etapa. Tras mantener su sillón en el Consejo de Seguridad, en el G-8 y en diversos organismos de relevancia internacional, los politólogos rusos, y en especial el nacionalista Putin, supieron colocar a la “madre patria” de nuevo en primera plana de la escena internacional. El no apoyo, o la oposición a la Guerra de Irak, permitió empezar a vislumbrar de nuevo al gigante mundial, a la vez que la dulce alianza americana se iba agriando.

El fortalecimiento de la geopolítica rusa tal como la ha concebido Putin, se ha apoyado en tres pilares fundamentales adaptados a este nuevo milenio: la herencia soviética, las fisuras de las políticas internacionales de Estados Unidos y Europa, y el petróleo.

En primer lugar y tras la catástrofe soviética, Rusia comenzó a utilizar las redes de influencias heredadas del pasado, mediante el control político-económico de sus vecinos en forma de democracias tuteladas como los casos Bielorrusia y Moldavia, mientras los antiguos miembros de la Unión Soviética eran atraídos por la Unión Europea. Hasta hace menos de un año, el dolor infringido por la pérdida de la influencia europea era compensado por la pervivencia de su socio comercial más importante, Ucrania, con el que ha mantenido intercambios económicos y geomilitares muy importantes. Pero el golpe sufrido por los ultranacionalistas del Kremlin con la Revolución Naranja fue tan fuerte, que incluso provocó una respuesta fuera de las prácticas comunes cortando el suministro de gas al resto de Europa. Además de la débil influencia directa en Europa y de la vía libre aprovechada tras el 11-S en el Caúcaso, la herencia de la URSS llega hasta Asia Central, fuente inagotable de recursos energéticos baratos, y que ha permitido obtener una victoria psicológica y estratégica importante frente a EEUU que ha perdido parte de su influencia en esta zona, considerada por los analistas tan importante para los hidrocarburos como Oriente Medio.

La templanza y la medida de los tiempos ha sido una de las principales virtudes de la política exterior de Vladimir Putin y de su hoy Ministro de Exteriores, Sergey Lavrov. Desde la negación velada a la intervención en Irak, Rusia se ha deslizado por los recovecos más inverosímiles dejados por EEUU y por la Unión Europea: ha recibido a la delegación palestina de Hamas, considerada como terrorista por occidente, desbloqueando así una situación que se antojaba inamovible y situándose como portavoz del cuarteto en Oriente Medio. Lo mismo ocurrió con su interlocución con los representantes de Irán. Rusia fue el encargado de negociar con el país islámico ofreciendo incluso la posibilidad de realizar parte del proceso de enriquecimiento en suelo ruso.

Si alguien puede evitar la escalada de la violencia en Oriente Medio, e incluso en Irak, ese es Vladimir Putin. Incluso sin tener tropas desplegadas en ese país. Y no solo eso. El principal proveedor de hidrocarburos “seguros” para cada vez más países es Rusia, y eso pese a la crisis del gas de este pasado invierno. A las extravagancias de Chávez, la fragilidad de las explotaciones nigerianas y el repudio de los hidrocarburos iraníes, hay que sumar la extraña incertidumbre en el Golfo Pérsico y en la región, manifestada en forma de intentos de atentados contra la principal planta petroquímica saudita hace menos de 3 meses. Así mismo Rusia condicionará la política asiática en forma de dos oleoductos, que apagarán el ansia de materias primas de China, y aliviarán la dependencia de las exportaciones de crudo en Japón.

Europa tembló con los recortes de gas. Pekín y Tokio dependen cada vez más del petróleo ruso, y la solución a la situación actual en Oriente Medio pasa ahora por las manos de Putin y de Lavrov. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible que un país con gravísimos problemas estructurales, con un paro declarado del 8,5% y con una deuda externa de 185.700 millones de $ tenga a día de hoy un papel calve en la política mundial? ¿Dónde está EEUU, la hasta ahora potencia hegemónica?

Dos cosas se muestran con claridad. La primera es que la UE no ha sido capaz de articular una política exterior sólida y autónoma, y la segunda muestra la inoperatividad de un modelo hegemónico, que ha dejado la política norteamericana de supremacía internacional enfangada en los lodos de Irak y Afganistán.

Rusia ha irrumpido en la escena geopolítica como un actor internacional fuerte e independiente, acabando con la quincena dominada por la política unilateral estadounidense consentida por una UE paralizada por el Reino Unido y por eventuales socios americanos. Desde luego, Rusia ha vuelto a ser un gigante. ¿O es que nunca ha dejado de serlo? Es posible que simplemente se hubiera mantenido en…la sombra.

 
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