Son artistas y están amordazados. Presos de una concepción errónea de la política y de lo público, de una forma de gestionar los espacios, las calles, la libertad.
Quienes ayer nos pusimos la mordaza para acompañar a Victorino García Calderon, Josetxu Morán, Fernando Saldaña y Raúl Vacas no exigíamos su contratación, ni siquiera que se les valore como artistas. Ni les hace falta, ni es eso lo que ellos necesitan. Es mucho más.
Quienes nos autoamordazamos quisimos solidarizarnos contra una caza de brujas política, contra una forma perversa de ejercer el poder por parte de Julián Lanzarote o de la edil de cultura Isabel Bernardo. Reclamábamos libertad, autogestión, compañerismo, creatividad o imaginación. Para algunos, esas reivindicaciones están trasnochadas, para otros, son una amenaza. Vuelve el macarthismo.
Enfrente, una amalgama de caciquismo, ignorancia y “mala hostia”. Por un lado, quienes aprovechan su turno (“el PSOE haría lo mismo” “los rojos nunca contratarían a los nuestros compositores de cámara”, etc). También quienes piensan que el acto de ayer era para “pillar subvenciones”. Desde su óptica liberal, artista es el que “lo vale” porque así lo percibe el ciudadano que paga por verlo, por escuharlo, por entrar a sus exposiciones. “Lo público no es ni para pagar entradas de fútbol ni para subvencionar cine o teatro”. Es curioso porque luego suelen ser los primeros en firmar manifiestos para defender el español -es decir, una seña de identidad cultural-.
Otros desprecian a nuestros amordazados con tan pocos argumentos como educación: “no son artistas son mercachifles, payasos, juntaletras”. Esos, además de ignorantes, suelen ser los más peligrosos pues no hay nada más perverso que la ignorancia.
Las mordazas no son para quien se opone al Partido Popular ni para quien actúa mal, dispara movido o escribe con renglones torcidos. El ostracismo, la invisibilidad, y el silencio operan como una suerte de apartheid cultural sobre quienes osaron pensar libremente, manifestarse, ejercer como ciudadanos en un país libre olvidando que en la polis salmantina la paz se reserva los idiotas (en su acepcción original): “pinte usted pero no moleste”.
Y así, primero fue la oposición (expulsada de órganos colegiados que el Alcalde entendió de su exclusiva propiedad), luego los vecinos son castigados con un reglamento “cainita” y ahora los artistas. El tirano siempre encuentra enemigos.
Salaman-callada no es sólo una protesta, ni se puede reducir a una manifestación cultural a modo de desagravio. Es una apuesta por la transparencia en la gestión de la cultura local, es una muestra de apoyo a la cultura etendida como capacidad de crear, de reinventar, es un compromiso con el desarrollo de lo “glocal”.
Porque si “nuestra” cultura hoy, se reduce al espectáculo, al “Covent Garden de Huerta Otea”, o al clientelismo, somos muchos quienes nos sentimos desenfocados, fuera de plano, habitantes del silencio, o en la soledad de un mimo. La mordaza de Lanzartote ahoga a quienes nos sentimos idiotas en esta Salamanca tan parecida a Brobdingnag.
Publicado en El Adelanto el 5 de Enero de 2009










