Se han portado bien. Han sido obedientes, educados y colaboradores, pero esta noche no les espera otra cosa que el frío del olvido en la víspera del día a ellos dedicado.
Han conocido las garras de la guerra, de esas guerras sin fin que constituyen el mundo que han conocido. Ellos han sido testigos presenciales de la infamia humana, de la fragilidad de la legalidad internacional y de los Derechos de la Infancia. Conocen mejor que nadie cómo se las gasta el viejo de la chistera, la brutalidad del egoísmo legalista o globalización neoliberal, llámenla como quieran. Experimentaron la Ley del Todo Vale antes que la propia gravedad. Se trata de los niños refugiados y desplazados por los conflictos, quienes ignoran la ilusión propia de la infancia pero conocen mejor que todos nosotros el sabor de esta Tierra árida nuestra.
Estos niños pueden vivir en asentamientos en el Sáhara, en Myanmar, en Gaza, donde desde hace diez días las bombas son protagonistas de la pesadilla de estar despiertos. Derechos de la Infancia, Organización de las Naciones Unidas, UNICEF, ACNUR y otros tantos organismos internacionales que fueron creados para su protección, cuántas veces se quedaron en las buenas intenciones. Los gobiernos, las sociedades y las personas nos hemos olvidado de ellos (reconozco que la idea de elaborar este artículo se debe a una lectura sobre la situación de los refugiados en El País Semanal del pasado domingo, que esta mañana me ha atragantado el desayuno).
Es horrible pensar que sus vidas llenas de miserias no son más que el resultado lógico del capitalismo brutal que llevan a cabo los mezquinos Señores del mundo, que a la postre sirven su solidaridad en plato vacío. Tristemente, la inmensa mayoría no han conocido otra cosa, y paradójicamente estarían de acuerdo con la ministra de exteriores israelí, Tzipi Livni, en que la situación de sus vidas es “normal”. Y es que la inmensa mayoría de ellos no conocen un mundo sin violencia.
Moriré sin olvidar la mirada dulce de Paulita, la niña colombiana que llegó a Ciudad Bolívar procedente del Huila y que no recordaba la cara de su padre. Se dice que a él le estaban buscando. Paulita, como toda desplazada interna en Colombia, ha vivido el horror de la guerra muy de cerca. No dispone de reconocimiento como refugiada y es potencial objetivo del Estado colombiano por el mero hecho de existir. Vio salir a su familia corriendo de su aldea, perdió de vista para siempre a su padre y nunca más volvió a ser niña: ahora, a sus diez añitos, cuida de sus tres hermanos menores y en algún lugar de su conciencia se preguntará por el paradero de su padre. Probablemente, la abismal distancia que existe entre su experiencia vivida y la información cada día más deshumanizante de nuestros periódicos no se deba a mucho más que a un trozo de piel, un pedazo de carne: no sólo nos estamos acostumbrando al drama de guerra, sino que las estamos traduciendo a un discurso lógico que nos aleja inevitablemente de quienes las sufren.
Un buen ejemplo de esta realidad podemos tomarlo del debate sobre la responsabilidad de la situación de Gaza. La disyuntiva “¿Hamás o Israel?” es una cuestión que deberíamos reflexionar en profundidad, no por el contenido de la respuesta, sino por la acuciante necesidad que tenemos de formular la pregunta. En cualquier caso, las armas de unos y de otros, todas ellas, han salido del G-20. Y todas ellas matan.
Podemos pensar también en nuestros vecinos y amigos saharauis, a los que hace no demasiado tiempo, los tratamos de compatriotas. Tras 33 años de ocupación marroquí, no sólo los niños, también los adultos, desconocen el trozo de tierra al que deben su drama humano. Y tampoco hoy esperan que mañana al amanecer despierten en sus tierras.
En este diario hemos creído que este día tan especial para los niños también puede ser una jornada de reflexión para los adultos; podemos hacer de este día un homenaje a la economía de consumo, o bien podemos dotarle de un valor mucho mayor enfrentando la realidad en que viven los niños del mundo para responsabilizarnos de dicha situación, y así alejarnos de la liviana caridad con la que tantas veces salimos del paso.
Regalemosles, al menos, un hueco para la memoria.
Los adultos no debemos olvidar que detrás de la magia de esta noche también hay infancias robadas. Celebremos esta bonita fiesta sin olvidar ni un momento que tenemos más de 30 millones de motivos para avergonzarnos.
Un buen aldabonazo a las conciencias. Con tu permiso, enlazo el artículo en mi blog. Un abrazo, Javier
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Gracias, Javier. Leyendo tu artículo he llorado. No sé si de emoción o de vergüenza.
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Ahora entiendes porqué cada vez me cuesta más sonreir.
Un abrazo y recuerda..... no cambies.
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