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16 de marzo de 2010 - Núm. 1490
 

Cuando ya es tarde para ser cauto

“Nadie es indispensable, y nadie ha de estar amarrado a un puesto si no es para servir. Y cuando uno percibe que está siendo utilizado en contra de un proyecto en el que cree, lo mejor es marcharse y que otra persona dé nuevo impulso a ese proyecto ilusionante”, aseguró Bermejo en su dimisión.

Alfonso Manjón

1ro de marzo de 2009

La decencia, la lealtad y la hipocresía son en política términos fácilmente solapables. Pero es en buena medida la prensa, tan acostumbrada a ir del bracito de quienes miran los acontecimientos desde el más aborrecible partidismo, la culpable de que la opinión pública sobredimensione una realidad por otro lado perceptible y constatable. Aunque también contrastable y merecedora de una crítica más racional y razonable.

Así, desde que hace algo más de dos años Mariano Fernández Bermejo tomara la cartera de Justicia, una cadena larga de desaciertos personales ha protagonizado la vida pública del abulense, pero una tormenta aún más fuerte de reacciones ha sobrevolado la cabeza del Presidente acusándolo desde entonces de apostar por el conflicto en vez de por el diálogo en medio de un proceso de renovación del CGPJ. Este artículo, lejos de analizar la parte de verdad que puede encontrarse en todo ello (por obvio), pretende poner los puntos sobre algunas íes.

Para empezar, me parece deleznable que se insinúe que el objetivo principal que persigue el PSOE sea la injerencia, la intromisión, la deslegitimación, el sometimiento y el descabezamiento del Poder Judicial a manos del Gobierno. Sin duda, los catedráticos que a tenor de la huelga de jueces han manifestado su aversión al proyecto socialista de modernización de la Justicia pueden disfrutar del peso de la razón en algunas de sus consideraciones. Igual que los jueces. Y lo digo desde mi humilde parecer. Pero no se puede afirmar, como hace sin matizaciones parte de la prensa de este país, que el objetivo socialista de ceder ciertas competencias a los administradores de Justicia a fin de agilizar la ingente labor que acucia a los magistrados (sólo porque sean o parezcan funcionarios manipulables a cargo del Estado) responde a una intencionalidad deslegitimadora de la Justicia. Primero, porque hablamos del traspaso de unas competencias en materia no jurisdiccional. Y segundo, porque el PSOE siempre ha defendido -y lo seguirá haciendo- la independencia del Poder Judicial. Y ello lo demuestra, por ejemplo, que la directiva nacional desautorizara a Bermejo cuando éste insinuó que lo mejor sería regular el derecho a huelga de unos togados incapaces de asumir su parte de culpa en este asunto.

¿Es, por tanto, Zapatero la cabeza visible de un Gobierno que persigue el sometimiento del Poder Judicial? Yo no lo creo. Y no lo creo fundamentalmente porque este tipo de afirmaciones proceden de ciertos sectores irresponsables de la derecha que apuntan con el dedito sin mirarse al espejito (¡qué menuda tienen ellos montada con el dichoso proceso Gürtel!). Fíjense ustedes. Acusan al Presidente de ser el culpable de la sobrecarga de asuntos pendientes que hay en nuestra Justicia, de querer teledirigir la decisión del CGPJ respecto de la sanción al juez Tirado, o de neutralizar con exigencias de sumisión al órgano de gobierno de la judicatura. Y lo acusan de todo ello sin reparar en que el ministerio de Trillo redujo claramente la inversión en Justicia, en que estos últimos años el número de jueces ha aumentado sustancialmente, en que el PP manifestó públicamente la misma opinión que el PSOE respecto del magistrado que dejó en libertad a Santiago del Valle, en que el PP fue el primero que buscó bloquear la renovación del Consejo General del Poder Judicial y el primero en beneficiarse de que Zapatero -en contra de la opinión de Bermejo- renunciara a cambios radicales (como nombrar a un presidente progresista) y aceptara un vicepresidente conservador como De Rosa, o sin reparar en que es precisamente el grupo popular quien actualmente se “intromete” en la Justicia y se querella contra el izquierdista Garzón por prevaricación (y esta vez también salta a escena el CGPJ exigiendo que cesen los ataques a don Baltasar para no «perturbar el sereno ejercicio de la actividad jurisdiccional»).

Miren. Se han cometido errores y no se alcanzan los objetivos que se marcaba el Gobierno (por incapacidad o más bien por la fuerza de quien se opone a los cambios previstos). No diré yo lo contrario. Pero estimo, en primer lugar, que la doble dirección de las acusaciones hechas y recibidas a ambos lados del hemiciclo parlamentario evidencia que los dos partidos mayoritarios mantienen una misma actitud agresiva e irreconciliable. Pero, y en segundo lugar, no es el PSOE, en boca del PP, quien se ufane en pronunciar aquello de “Delecta est iustitia”, sino que la realidad muestra más bien todo lo contrario.

Por tanto, lejos de políticas arbitrarias, lo que se necesita realmente es un Pacto de Estado en Justicia. Lo que se requiere es tiempo y dinero. Lo que se precisa es una vigilante paciencia y que nuestros políticos y jueces entiendan que si ese Pacto nace de una buena y firme voluntad y una pronta predisposición las cosas se terminarán haciendo bien a medio plazo. Y lo que se exige, al fin, a nuestros políticos, es que muestren una actitud prudente, conciliadora, consciente, apartidista, sosegada, y que no se produzca (dentro del legítimo derecho a la discrepancia) esa “resistencia de los cuervos” de la que hablaba Bermejo cuando se tiene la voluntad de mejorar y de progresar.

Esa es la difícil (digamos que imposible a corto plazo) labor que le queda asignada a un Caamaño de talante conciliador. Por de pronto, se va el ministro que no quería estar, inmóvil e impertérrito, “pegado al banco”. El ministro que dijo hace unos días estar “gustoso del precio” que implicaba quedarse “trabajando por este país hasta el final” defendiendo su proyecto pero que ahora no se ve capaz de “servir” eficientemente a España. Se va el ministro vilipendiado, consentido y desautorizado. El ministro a remolque de los acontecimientos. El ministro de los excesos y de los titulares con sabor a escándalo al que la prensa no ha hecho flaco favor. El ministro ruidoso y grandilocuente que finalmente pensó en el bien de su partido. Y es que como diría Séneca, “cuando se está en medio de las adversidades, ya es tarde para ser cauto”. Y Mariano, en medio de un vendaval, ha decidido, por decisión propia y por petición (implícita o explícita) de su partido, marcharse. Señor ex ministro: sepa usted que su marcha del Gobierno no da la razón a una derecha torpe y miope, pero tanta paz lleves como descanso dejas.

 
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Por Alfonso Manjón

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