Hoy, asentada y viva nuestra democracia, se conmemora el setenta aniversario del fin de nuestra fratricida Guerra Civil. Una guerra que ha hecho correr ríos de tinta y que ha sido objeto de las más diversas interpretaciones. Una guerra que ha acaparado la labor investigadora de numerosos historiadores nacionales y foráneos, y que aún sigue siendo el punto de mira principal de la labor historiográfica actual. Un enfrentamiento, en fin, que aún permanece vivo en la memoria de muchos de nuestros mayores, que aún tiene enorme presencia en los estudios actuales, y que es causa final de una ley aprobada pero aún discutida y con numerosos flecos en el aire: la Ley de Memoria Histórica.
Esa Guerra Civil, entendida por algunos como Cruzada en nombre de Cristo, del orden y de la tradición; y entendida por otros como defensa del progreso y de la democracia; fue sin lugar a dudas el resultado del clima de violencia política y tensión e incomprensión social de una España que había procurado regenerarse demasiado rápido.
Esa situación, no obstante, tiene indefectiblemente su origen en el sistema político liberal de la Restauración. Cuando Antonio Cánovas del Castillo, a tenor del fracaso político de una monarquía de origen no español y la experiencia frustrada de la I República, consiguió la aprobación del Parlamento español para implantar este régimen -dando vuelta así a la monarquía borbónica en nombre de Alfonso XII- lo que no sabía es que la solución que estaba dando a ese Estado liberal parlamentario no resolvería ni de lejos los problemas de que éste adolecía. Es más, lamentablemente hubo de sentir con su propia muerte que dichos problemas se agravaban y conducían así a España a un clima de tensión y violencia difícilmente contenible.
La política iniciada en 1875, pues, con el turnismo y el caciquismo como elementos destacables de un sistema que seguiría sin poner en tela de juicio el status quo precedente, no fue capaz de cambiar nada. Los partidos turnistas, progresista y conservador, seguían representando, aunque con matices según el caso, los intereses de la nobleza, la Iglesia, los terratenientes, la propiedad campesina media y la burguesía administrativa, industrial y financiera. Mientras, los pequeños propietarios, los arrendatarios, los minifundistas y las clases medias de las ciudades, sólo vieron sus intereses reflejados en pequeños partidos republicanos como el PSOE. De esta forma, y a pesar de que éstos últimos cada vez obtenían mayor presencia en la vida pública española en forma de organizaciones regionalistas, obreristas y republicanas; la política siempre estuvo dirigida por unas élites muy definidas cuyas disposiciones legislativas no dejaron de ser medidas muy tímidas, anticuadas y de difícil y costosa aplicación.
Para cuando hubo llegado la II República a España en 1931, nuestro país tenía planteadas varias cuestiones que dificultaban enormemente la vida política de la nación. Por un lado, el problema político, es decir, la transición del liberalismo a la democracia como régimen realmente representativo. En segundo lugar, el problema social, es decir, los enormes desequilibrios que aquejaban a la sociedad. Y por último, el problema nacional, es decir, la conflictiva convivencia entre identidades muy diferentes.
Vista retrospectivamente, la II República no deja de ser un régimen felizmente constituido, erróneamente construido, amargamente dividido, y lamentablemente víctima de múltiples e insalvables obstáculos que entorpecieron el marco de actuación legal de cualquier gobierno, de izquierdas o de derechas. Su proclamación había abierto una perspectiva revolucionaria que, se entendía, debía ser aprovechada hasta sus últimas consecuencias. Y el régimen se dispuso a la elaboración de múltiples reformas políticas que buscarían modificar de forma muy significativa la propia estructura de la sociedad española y de la política del Estado. Reformas entre las que cabe destacar las que atañen fundamentalmente al Ejército, a la educación, al reparto de la tierra, a la religión y al territorio (autonomías).
Las medidas que todas estas reformas exigían, además de empezar a cuestionar el status quo de la España liberal contemporánea, propiciaron la aparición de un clima de reivindicación y politización importantísimos que traerían unas consecuencias significativas, así como la radicalización (para la consecución de algunos objetivos) de una violencia que se hizo tan habitual que parecía no sorprender ya a nadie. Además, la presión revolucionaria, llamémosla así, desbordaba a los políticos y a los responsables de los partidos. Las reacciones feroces de la derecha fueron contestadas con la misma energía por parte de la izquierda. Y al terrorismo o violencia de izquierda y a los actos de violencia incontrolada respondieron el contraterrorismo y las amenazas cada vez más precisas de un golpe de Estado militar, que finalmente se daría en julio de 1936.
La Guerra Civil española fue, pues, el resultado de este clima sobrecargado. De este ambiente revanchista, intransigente, y de reacciones desmedidas ante y desde un sistema que ni supo ni pudo hacer correctamente los deberes que la historia le había asignado. Eso añadido, evidentemente, al profundo malestar que sentía desde tiempo atrás quien fuera el verdadero protagonista del fallido golpe militar: el Ejército. Un Ejército que se consideraba a sí mismo constructor del Estado liberal, garante del orden y catalizador de la unidad nacional. Un Ejército susceptible y herido que se sentía desprestigiado después de los acontecimientos del 98 y de la Guerra de Marruecos (Annual), y de los incidentes del Cu-Cut.
Pasados los años, habiendo vivido y sufrido una larguísima dictadura que inhibió a los españoles de la necesaria libertad para construir un mundo más próspero y justo, y habiendo atrás dejado un régimen autoritario que impidió el progreso que hubiera sido esperable en otras circunstancias, podemos hoy contemplar, en un clima de paz y estabilidad, aquellos nefastos años de nuestra historia desde una perspectiva más sosegada y ecuánime.
Nuestra transición política, mejorable, en absoluto idílica, no careció de dificultades, descuidos, traspiés y equivocaciones. Hecho éste que se constituye hoy día como objeto de estudio historiográfico. No obstante, fue un ejemplo de realismo, de esfuerzo compartido, de actitud conciliadora, de consenso y de sentido de la responsabilidad. Resulta innegable que el desarrollo de la sociedad y de la economía españolas desde los años 60 posibilitaron un marco nuevo de actuación tras la muerte de Franco, y que la sociedad española deseaba, aunque generalmente en silencio, un cambio de régimen. La crisis acaecida en estos decisivos años, encauzada (a diferencia de lo que ocurre en la actualidad), al igual que en el terreno político, por el mismo ímpetu y esfuerzo común entre todas las fuerzas políticas a través de los pactos de la Moncloa, no entorpeció ese camino. Y así, la lección de los tiempos pasados, el carisma y liderazgo de algunos de nuestros políticos, y el afán de sacrificio que prevaleció en la política de estos años, posibilitaron el arranque de un Estado que ha dado a su población un abanico de libertades y derechos fundamentales sobre los que se cimenta afortunadamente nuestro actual Estado de Derecho.
Es de agradecer, y con esto concluyo este breve ensayo, que en aquellos difíciles días, donde nada estaba ni decidido ni asegurado, nuestros políticos actuaran con amplio y generoso sentido común, con sentido de Estado, y con sentido de la historia. Porque, a pesar de que desde hace algún tiempo algunos historiadores se planteen si se dio en realidad un pacto de olvido o no a fin de calmar las aguas que bajaban turbias en ese mar de reacciones inesperadas, todo ello ha posibilitado que nuestra transición se halla conformado como un éxito que nos ha conducido a una democracia estable, próspera y justa. Una democracia que nos aleja cada día más de aquel ambiente enrarecido de los años treinta. Una democracia que contempla cómo la Guerra Civil es ya un hecho histórico, aunque vivo, superado. Y una democracia, en fin, que asentada en una Constitución precisada ya de algunas reformas, esperemos no se derrumbe nunca.
Salamanca, 1 de abril de 2009
AÑO DE LA CRISIS ECONÓMICA
Hola señor.
No entiendo a qué se refiere con esta frase:
«Porque, a pesar de que desde hace algún tiempo algunos historiadores se planteen si se dio en realidad un pacto de olvido o no a fin de calmar las aguas que bajaban turbias en ese mar de reacciones inesperadas, todo ello ha posibilitado que nuestra transición se halla conformado como un éxito que nos ha conducido a una democracia estable, próspera y justa».
Tal vez pueda explicar un poco a qué alude con todo ello, pues no lo entiendo. ¿Qué entiende por pacto de olvido y de silencio?
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Entiendo en primer lugar que ese pacto de silencio (político que no social) y de olvido (no del todo cierto porque se hubo de recordar el pasado cuando se decidió por qué amnistiar al que permanecía en las cárceles como preso político por ejemplo) fue el modo en que las élites políticas decidieron clausurar el pasado para construir el futuro. ¿Por qué se dio? Por aversión al riesgo, por miedo a que se revolviesen de nuevo las aguas del pasado y les diese una bofetada en la cara cuando estaban construyendo la actual democracia. ¿Se dio realmente? A nivel social, desde luego que no. En el debate público, los historiadores, los periodistas, etc. se dedicaron a publicar obras y a editar artículos donde se hacía alusión a los horrores y a las atrocidades cometidas en la guerra. El pacto era puramente político. Y a nivel político, sí se dio. Al menos al principio. Luego eso es igualmente cuestionable. Sobre todo a partir de los 80, cuando las primeras dificultades de la transición ya se han superado y la victoria socialista resulta abrumadora.
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por cierto y ya de paso, pido perdón por esa errata en el «halla», que debería ser un «haya»
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Gracias por su explicación. Le pido por favor que me explique por fin en qué consistió realmente ese pacto; esto es, ese tratado en el que ambas partes se comprometen a cumplir lo estipulado. ¿Qué es exactamente ese pacto de olvido o de silencio?
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en primer lugar, si quisiera escribir sobre el tema, no lo haría en comentarios a pie de artículo. y en segundo lugar, creo que tú, que trabajas a diario con estos temas de historia y memoria, podrías decir aquí para el gran público más de lo que pudiera hacerlo yo. así que adelante. anímate. y por cierto, no me trates de usted, que soy muy jovencito y está muy feo tratarse así entre personas que se han sentado en la misma mesa alguna vez
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Vale Alfonso, pero el lector debe saber que no en la misma silla. Agradezco los comentarios y tendré en cuenta tu sugerencia.
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Arfonzo, simplemente aclarar que el foto-documento que aportas del último parte de la Guerra Civil, no es el original, sino una copia. En el original, escrito a mano por Franco, aparece muy claramente las palabras Ejército Rojo. La diferencia es mínima pero substancial ya que en el original, las dos primeras letras aparecen en mayúsculas. Quien quiera saber el porqué, que lea un excelente artículo de Miguel Ángel Aguilar en EL PAÍS.
Por mi parte, dejo el documento original que es este:
http://www.fundacionjoseguillermoca...
Por otro lado, voy a lo que dice el comentario anterior. A qué te refieres con «el desarrollo de la sociedad y la economía de los años 60 posibilitaron un marco nuevo de actuación tras la muerte de Franco, y que la sociedad española deseaba, aunque generalmente en silencio, un cambio de régimen».
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Antes de nada, decir que llevas razón. La foto-documento que yo adjunto no es la original. Ya que, como bien dices, la original está escrita y firmada de puño y letra por el mismo Franco. Y sí, el artículo que escribe Miguel Ángel Aguilar (“El último parte de guerra”), que también he leído, me parece un artículo muy interesante y que deja cuestiones en el aire muy curiosas.
En cuanto a la primera cuestión señalar que si tuviéramos que partir al franquismo en dos, cosa que es imposible, porque entre el blanco y el negro se escondería una amplía gama de colores, esos períodos serían, primero, el autárquico; y segundo, el desarrollista. El segundo, que es al que me refiero, supone para España un cambio no sólo material en la vida de los españoles, sino y derivado de ello, un cambio de mentalidad. Un modo nuevo de entender la realidad que les rodea, y que a la postre tendrá, entiendo, importancia a la hora de aceptar la democracia como sistema político.
Y esto lo enlazo con la segunda cuestión. Los sesenta son años en los que aparecen en mayor medida en España corrientes de opinión y movilizaciones significativas. Como la de los estudiantes o la contestación obrera. No obstante, es verdad que en España a la mayoría de la gente no le interesaba en los sesenta y primeros setenta demasiado la política, y que muy poquitas personas se manifestaban. Es más, a la muerte de Franco al menos la mitad de la población era una mayoría silenciosa y expectante que no se pronunciaba ni se significaba.
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Tengo la impresión total de que te estás tomando muy en serio un asunto, el cromatismo, que debieras sin duda relativizar. Vengo observando que eres un Fauvista. Más Fauvista que Matisse. Has pasado del griseando a la escala de colores. Del No-Do a Hollywood. En fin. ¡Qué todo sea y sirva para poder seguir leyendo tus artículos, que son, sin lugar a duda alguna, siempre propalan y arrojan luz!
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Buen apunte. También me parece de sumo interés que el autor puntualice sobre una afirmación muy general y que, da la impresión total de que es injusta:
«Vista retrospectivamente, la II República no deja de ser un régimen felizmente constituido, erróneamente construido, amargamente dividido, y lamentablemente víctima de múltiples e insalvables obstáculos que entorpecieron el marco de actuación legal de cualquier gobierno, de izquierdas o de derechas. Su proclamación había abierto una perspectiva revolucionaria que, se entendía, debía ser aprovechada hasta sus últimas consecuencias».
Es una sarta de generalizaciones que no inciden en la naturaleza y las modificaciones. Hace usted una simplificación muy superflua (me parece a mí).
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En primer lugar quiero puntualizar que esa impresión tuya de que aquí lo único que hago es un repaso por encima de la compleja realidad de los años treinta, es una impresión que yo mismo comparto. Creo que las dimensiones del problema son demasiado amplias para tratarlas aquí. No obstante, permíteme que me explique. Lo que he querido decir en estas líneas es que la II República fue indudablemente un régimen inicialmente muy bien acogido (por algunos sectores), y que nació en medio de un ambiente festivo y expectante. Sin embargo, la realidad de estos años hará ver tanto a los políticos de la época como a los curiosos del presente que en un país donde se estaba cuestionando el status quo precedente era difícil no esperar que la vida política no fuera sólo motivo de alegría. Y que se crearan, por tanto, numerosas trabas para que las leyes se llevasen a cabo; y que se crearan ciertas tensiones. Porque a quienes se estaba perjudicando era a las clases altas y adineradas. A la gente tradicionalmente con poder. Además, cabe señalar cómo las políticas del primer gobierno son políticas muy ambiciosas que algunos no están dispuestos a aceptar y otros están cansados de esperar a que tengan efectividad real. Cuando digo “se entendía”, no estoy profiriendo una opinión personal, sino que estoy adentrándome en el pensamiento de los políticos de ese primer gobierno republicano.
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Gracias por su explicación. Le pido que me aclare qué quiere decir exactamente usted en esta frase del artículo: «Su proclamación había abierto una perspectiva revolucionaria que, se entendía, debía ser aprovechada hasta sus últimas consecuencias». Abrir una perspectiva revolucionaria que ha de aprovecharse hasta las últimas consecuencias es una frase que no entiendo. Me suscita esta pregunta: ¿La proclamación de II República se entendía como un régimen de que iba a producir desórdenes?
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Perdone, señor, pero me han surgido nuevas preguntas: La verdad es que ha redactado usted un texto francamente penetrante.
¿Por qué para usted la Guerra Civil es un conflicto vivo y a la par superado?
¿A qué autores refiere usted cuando habla de pacto de olvido?
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Una última cuestión:
Este párrafo puede resultar confuso. A mí me genera dudas; porque no sé exactamente si se ajusta a lo que quieres decir:
Restauración: Cuando Antonio Cánovas del Castillo, a tenor del fracaso político de una monarquía de origen no español y la experiencia frustrada de la I República, consiguió la aprobación del Parlamento español para implantar este régimen -dando vuelta así a la monarquía borbónica en nombre de Alfonso XII- lo que no sabía es que la solución que estaba dando a ese Estado liberal parlamentario no resolvería ni de lejos los problemas de que éste adolecía.
¿Estás afirmando que la Restauración fue un régimen que nació con la aprobación parlamentaria a propuesta de Don Antonio Cánovas del Castillo?
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no me considero la encarta en secciones de comentario. no obstante, voy a contestar a este comentario por una razón. porque creo que la frase es matizable, quizá no esté bien expresada, y porque hablaba a largo plazo. el sistema de la restauración fue el resultado del golpe de estado de Martínez Campos. sin embargo, la constitución aprobada en el 76, verdadero documento que hizo posible y viable el desarrollo de este régimen, tuvo el respaldo de los dos principales partidos políticos: liberal y conservador. a eso me refería. a esa estabilidad que reporta ese respaldo parlamentario.
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