Aclamado como un actor en un estreno de cine, o como un músico tras lograr un Grammy, compareció Obama ante una prensa entregada que aplaudió extasiada una simple declaración de intenciones en la que no hay mención alguna a la crisis planetaria, la defensa de los Derechos Humanos, o la Paz. Así es la política en el Siglo XXI.
Unos días después de que los “progresistas” ofendieran a la izquierda con sus esfuerzos por “salvar el capitalismo”, se ha reunido el G-20 en Londres para estudiar soluciones a un modelo colapsado que aun y todo, pocos se atreven a cuestionar.
Las cumbres del G-20 y la OTAN confrontan con un modelo de democracia y justicia social internacional. Frente al multilateralismo y la ONU, el club de los 20 “elegidos”, que decidirán una vez más y en función de sus intereses los designios de todo el planeta.
Hace ya cuatro años que Zapatero repetía machaconamente aquello de “más Europa” frente a Estados Unidos. Hoy, tras la cumbre del G-20, se constata claramente lo obvio. Las diferencias entre la U.E. y el “orden” que propone E.E.U.U. son mínimas pues no nos engañemos, los valores que dice preconizar Europa, son claramente subsidiarios de los intereses que comparte con Estados Unidos, y estos no son otros que la salvaguarda de un sistema que condena a millones de personas a la más absoluta pobreza, que requiere esquilmar recursos naturales y energéticos al tercer mundo, la subordinación de los Estados a planes de expansión de multinacionales y el mantenimiento de la cuenta de resultados de las grandes fortunas a costa de los derechos individuales y colectivos de la mayor parte de la población mundial.
El G-20 expropia al Estado su soberanía en materia económica a favor de lo que Llamazares ha calificado como “El Vaticano del neoliberalismo”: el Banco Mundial, la OMC y el FMI, instituciones cómplices necesarios de la actual situación, consagrando el recorte del gasto público que ha llevado a los países a la desaparición del sistema de bienestar, la destrucción de empleo e incluso la desaparición de cualquier atisbo de banca pública, o lo que es lo mismo, de un mínimo control y justicia financiera.
Se quiera reconocer o no, la crisis que atraviesa un sistema basado en la especulación financiera (en su versión internacional) y urbanística (en su versión española) sólo puede abordarse desde dos perspectivas: el “saneamiento” del modelo o la transformación del mismo. Obama y amigos (entre los que están Berlusconi o Zapatero) parecen empeñados en solventar la crisis desde la concordia, con algún gesto (tímidos compromisos contra los paraísos fiscales) y pocas palabras. Esto es, no cambiar nada, salvo el número de tropas allí donde alguien molesta… y ya se sabe que cuando el amigo americano dice ven, Aznar (en Irak) y Zapatero (Afganistan) lo dejan todo.
Frente a ese discurso plano, tan políticamente correcto (sin puros ni pies sobre la mesa) pero tan propio del pensamiento único, convendría replantearse si la alternativa a la crisis, en un planeta en alerta roja no sería la de repartir en lugar de crecer y en qué medida son compatibles los intereses económicos (de unos pocos) y la gobernabilidad, a la realización plena del hombre; esto es, el cumplimiento de los Derechos Humanos.
Publicado en El Adelanto el lunes 6 de abril de 2009










