Escribió Thompson en Miseria de la teoría que “la experiencia es válida y efectiva pero dentro de determinados límites: el campesino “conoce” sus estaciones, el marinero conoce sus mares, pero ambos pueden estar engañados en temas como la monarquía o la cosmología”. En esta frase está contenido el diálogo que debe comportar la actividad política de la izquierda para siglo XXI, esto es, el ser social y conciencia social. La conciencia es la expresión del ser social, la identidad de un individuo o un grupo determinado, básicamente, a través del hecho vivido.
A mi modo de ver, los cambios de la sociedad del siglo XXI han generado una cierta desconexión entre los ciudadanos y el ejercicio de la política. Esta desconexión es especialmente latente y duradera en el ámbito de la izquierda. Las élites políticas deben tener presente que la realidad cambia de una a otra época no como modificaciones en la jerarquía de valores percibidos a través de las élites políticas; por el contrario, lo que realmente se transforma de un modo continuo es el sentido que los ciudadanos atribuyen a esos valores. El sentido siempre está determinado por la conexión de distintas experiencias. No es la identidad objetiva de intereses lo que conforma una clase sino más bien el hecho de percibir y articular tal identidad.
Desde los años 70, con el fin de los grandes relatos y muy especialmente, tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, la conciencia de clase dejó de ser y de explicarse tal que un corolario deducible de la existencia económica real siendo la clave la propia reflexión de las experiencias de los individuos.
Pero las experiencias de los individuos, de la sociedad o del grupo ya no deben buscarse o extraerse del exámen exclusivo - siguiendo el esquema de Marx -, de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que constituyen la infraestructura de la sociedad; siendo a partir de esa infraestructura el modo en que serán explicadas las ideas jurídicas, políticas, filosóficas, religiosas, las creaciones artísticas por las cuales la sociedad toma una conciencia más o menos reformada de sí misma (la superestructura). En realidad, Marx, que siempre expresó lo anterior de manera clara tal y como se puede leer en el prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política, también afirmó que “no era la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia”. Existencia social o lo que Thompson magistralmente denomina experiencia, es la clave de bóveda.
Lo determinante no son las relaciones de producción. Las nuevas experiencias vienen configuradas no tanto por el sentido histórico de la cultura política de la izquierda sino a través de espacios de las relaciones de sociedad propios y en ocasiones al margen de la infraestructura. Esos espacios son tres: el espacio del viaje, el espacio de la red y el espacio del consumo. Lo resultante es que, los valores, las conductas, las etiologías y las aspiraciones se articulan no atendiendo al sentido ideológico de la izquierda, esto es, en lo que supuso la creación o la formación de una identidad definida como clase que se supo diferenciar y separar conceptualmente de la burguesía; y al hacerlo, desarrollar una crítica concreta de la sociedad capitalista y las relaciones de propiedad al mismo tiempo que había puesto en marcha un movimiento obrero que contaba con instituciones diferenciadas (sindicatos, periódicos, clubs, embriones de partidos políticos) y objetivos de clase. El hecho clave y cimiento de esa clase obrera fue, primero, el arrojamiento de los trabajadores del Estado al negárseles el derecho al voto por no cumplir unos estrictos requisitos de propiedad viendo sus objetivos colectivistas o mutualistas, pulverizados por el individualismo paternalista e intransigente de la burguesía ahora dominante y después; una vez triunfada la vía reformista frente a la vía armada, la conquista del Estado para desarrollar instituciones que permitieran el mejoramiento de la clase trabajadora y posteriormente, de la sociedad (socialismo y socialdemocracia). Fue a partir de los años 70 y fundamentalmente con el fin del mundo bipolar, cuando se produjo un cambio en las experiencias a través de la generalización de espacios individuales en detrimento de las experiencias determinadas por las relaciones sociales de producción. La combinación del período de máxima expansión del siglo, del pleno empleo y de una sociedad de consumo auténticamente de masas transformó por completo la vida de la gente de clase obrera de los países desarrollados. La Edad de oro (Hobsbawm); La época de la opulencia (Tony Judt) crearon la prosperidad y la privatización de la existencia separando lo que la pobreza y el colectivismo de los espacios públicos habían unido. Las experiencias, además de individualizarse, se homogeneizaron; empezando por la televisión y las formas de entretenimiento de las que hasta entonces sólo habían podido disfrutar los millonarios en calidad de servicios personales se intrudujeron en las salas de estar más humildes.
En resumen, las clases trabajadoras no sólo se incorporaron al Estado, sino que una vez conseguidos algunos de los objetivos de transformación de la sociedad a través del Estado del Bienestar, cambiaron para siempre su existencia social. Y eso incluye las concepciones de la sociedad, del Estado, del trabajo o de la política. Y junto a ello – atención – los vínculos y la solidadad de los grupos se erosionaron. Y se erosionaron no sólo en la izquierda ciudadana, sino también y esencialmente en la izquierda política. Se erosionaron al igual que los sistemas morales que los sustentaban. El viejo vocabulario moral de derechos y deberes, obligaciones mutuas, pecado y virtud, sacrificio, compañerismo, conciencia, recompensas y sanciones, ya no podía traducirse al nuevo lenguaje de la gratificación deseada. Al no ser ya aceptadas las concepciones obreras como parte del modelo de ordenación social que unía a unos individuos con otros y garantizaba la cooperación a través de una identidad de clase o de grupo, la mayor parte de su capacidad de estructuración de la vida social humana se desvaneció quedando exclusivamente reducida a puras y simples expresiones de las preferencias individuales. Las experiencias individuales también se han hecho notar – como he expresado más arriba – en las propias élites. De manera que pronto los cargos de los líderes tradicionales han pasado a ser ocupados por personas con escaso bagaje intelectual, profesionales del tráfico de ocurrencias, preocupadas y preocupados en las aspiraciones dentro de su actividad que la consideran no tanto como una prolongación de la sociedad o de la clase que dicen representar, sino como una profesión cuya principal propiedad debe constituir el desarrollo de un estatus adscrito. La política se ha convertido así en un espacio de transacción de preferencias individuales contruidas desde la élite. La sociedad ha dejado de construir – y también de condicionar - la política.
Repensar la izquierda del siglo XXI supone analizar y construir un relato futuro sobre la existencia social, sobre las manifestaciones de las experiencias de los sectores desfavorecidos, y eso conllevará - según lo expresado por Hobsbawm en Entrevista sobre el siglo XXI-, reflexionar sobre la globalización; proceso inevitable que está produciendo un elevado grado de estandarización. Una de las consecuencias de esa estandarización la ha advertido Daniel Innerarity: “La tiranía del presente es que el futuro queda desatendido, que nadie se ocupa de él. El futuro distante deja de ser un objeto relevante de la política y la movilización social. Lo que está demasiado presente impide la percepción de las realidades latentes o anticipables, y que muchas veces son más reales que lo que ocupa actualmente toda la escena. ¿O es que resulta razonable prestar tal atención a las amenazas presentes que dejemos de percibir los riesgos futuros? ¿Estamos realmente dispuestos a que las posibilidades actuales arruinen las expectativas del futuro?”.
La izquierda del siglo XXI necesita una explicación, un relato compartido capaz de orientar los debates y las acciones políticas. A mi modo de ver, ese relato es posible y debe articularse sobre los problemas globales que pronto tendrán visibilidad en numerosas personas. La globalización es sin duda ninguna inevitable, pero puede ser un proceso que genere desigualdad: las cosas –dice Hobsbawm- no son naturalmente accesibles a todos. La globalización supone un acceso rápido a la información, al trabajo, a las relaciones sociales, a los mercados, pero no necesariamente en condiciones de igualdad real para todos.
Las élites siguen desarrollando su trayectoria mediante la adquisición de más recursos científico-técnicos y de nuevos recursos de autoridad y control en este caso, globales. El problema en una sociedad global para los grupos desfavorecidos será la activación de esos recursos que, si bien globales, pueden llegar a privatizarse o a reservarse. Y ahí debe estar la función de la izquierda del siglo XXI, esto es, aspirar a garantizar un acceso igualitario a esos recursos – al menos tendencialmente- para todos. El Estado y las instituciones públicas deberán jugar un nuevo papel, no tanto como asegurador de los derechos sociales del Estado del Bienestar – que también –sino que deberán ocuparse de cuestiones como la circulación pública de la información global, o de asuntos como los orígenes sociales o geográficos en relación al condicionamiento del mercado de trabajo y el acceso a recursos técnico-científicos. La izquierda debe estar a favor de la liberalización, esto es, de la regulación de los nuevos escenarios sociales de una mayor complejidad, incertidumbre e interdependencia. El eje deben ser las instituciones públicas que han de cumplir un papel catalizador de los cambios. También el Estado ha de desempeñar un papel dinamizador-inversor-generador de inclusión, oportunidades y regulador de las redes. Ha de paliar de alguna manera que las instituciones se regulen y gobiernen por criterios y coyunturas imperativas generando apatía y destruyendo perspectivas de futuro que traten de aprovechar las oportunidades comunes. Se necesita una agenda de responsabilidad, una izquierda, en definitiva, garante de la movilidad social para un escenario que de facto, aunque no tanto de iure, ya es global.
Commentaires
Cuantas tonterías juntas. Es un discurso liberal que mola mazo si se utilizan palabras que lo dicen todo pero que a la vez no dicen nada.
Diré en 4 frases más de lo que has dicho tú: la izquierda debe redistribuir la riqueza, poner impuestos progresivos, garantizar educación, sanidad y protección social y, sobre todo, acabar con la pobreza.