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19 de marzo de 2010 - Núm. 1493
 

Dios no es parcial contra el re-publicano
Braulio Hernández Martínez

16 de julio de 2009

En un gesto sin precedentes, los cuatro obispos del País Vasco decidieron “purificar la memoria” y “prestar un servicio a la verdad, que es uno de los pilares básicos para construir la justicia, la paz y la reconciliación”. En una eucaristía conjunta, celebrada el pasado sábado 11 de julio en la catedral de Vitoria, rehabilitaron a “los catorce sacerdotes ejecutados en los años 1936 y 1937 por quienes vencieron en aquella contienda”. Un gesto acogido con silencio por el resto de la Jerarquía.

Además de los vascos, hubo “otros religiosos asesinados por el Bando Nacional que no han obtenido ni obtendrán reconocimiento alguno por parte de la jerarquía eclesiástica española”, dijo en su día, en El Periódico de Aragón, Antonio Aramayona, profesor y articulista.

Monseñor Rouco, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha llegado a afirmar que “para una auténtica y sana purificación de la memoria” lo mejor es “el olvido”. Sin embargo, un discernimiento sobre el comportamiento de la Iglesia durante la guerra, y la posterior represión, no es contrario al evangelio. “Todo lo conocido es luz” dice San Pablo. Ahí está, por ejemplo, el librito-catequesis Memoria Histórica ¿Cruzada o locura? del sacerdote abulense Jesús López Sáez.

En su iniciativa de llevar al Parlamento la LRMH (atendiendo a las peticiones de muchos familiares de represaliados por el franquismo), los obispos acusaban al Gobierno de practicar una “memoria selectiva” y de “reabrir heridas”, mientras ellos preparaban la beatificación más numerosa de la historia: 498 ’mártires’ de la Guerra Civil, oficiada en Roma el 28 de octubre de 2007. “Pío XII se opuso a una canonización indiscriminada y masiva. Juan XXIII mantuvo y reforzó esa actitud, como Pablo VI, que ordenó la paralización de los procesos canónicos que desde el final de la guerra llegaron al Vaticano, pidiendo la canonización de los mártires de la cruzada. Las cosas cambiaron con Juan Pablo II, de quien se afirma que fue admirador de Franco” recuerda J. L. Sáez.

Entre los beatificados en Roma no figuraban los 14 sacerdotes vascos (ni ninguno de los miles de católicos republicanos que fueron fusilados por los sublevados por defender la legalidad de la República). El portavoz episcopal dijo desconocer si tales hechos sucedieron. Pero “La existencia de múltiples documentos acerca de estos asesinatos revela la descarada hipocresía de la máxima jerarquía religiosa de España” (El Plural). El cura Jesús cuenta esta anécdota: “Yo conocí en Roma a un sacerdote venerable, Albert Bonet, a quien pudieron matar en las dos partes, en Cataluña por ser cura y en Navarra por ser catalán. Claro, si le hubieran matado en Cataluña, podría haber sido beatificado hoy. No así si le hubieran matado en Pamplona. ¡Lo que son las cosas!”

Entre las víctimas del clero se contabilizan 4.184 del clero secular, 2.365 religiosos, 283 religiosas. “Ciertamente, la violencia anticlerical fue terrible: 6.832 víctimas. Pero debe situarse en el marco de la violencia general desatada por el sangriento golpe de Estado contra el orden legítimamente constituido de la República y por la guerra civil consiguiente”. La cifra la dio el sacerdote y periodista Antonio Montero que, curiosamente, llegó a ser obispo de Badajoz, ciudad donde las atrocidades de los golpistas se llevaron, en una semana, a 4.000 víctimas: “La sangre corría a ríos por las calles”, los milicianos capturados en el coro de la Catedral “fueron ejecutados ante el altar”, “los rebeldes celebraron la Asunción con una terrible matanza”, recoge el historiador Manuel Tuñón de Lara.

Antonio Bahamonde, que fue secretario del general golpista Queipo de Llano, en su libro Un año con Queipo afirma que “sólo en Sevilla, por ejemplo, donde el golpe triunfó de inmediato, sin resistencia, asesinaron a más de 9.000 obreros y campesinos…”. Testigo de las carnicerías, Bahamonde huyó al exilio. Su fe, dice, llegó a tambalearse ante «el beneplácito y la bendición de la Iglesia», muda ante tantas atrocidades. En los diez años que siguieron al final oficial de la guerra, no menos de 50.000 personas fueron ejecutadas, denuncia Julián Casanova en La Iglesia de Franco.

Un decreto de la Jefatura de Estado (de los sublevados), del 16 de noviembre de 1938, establecía, “previo acuerdo con las autoridades eclesiásticas”, que, “en los muros de cada parroquia figurara una inscripción que contenga los nombres de los Caídos, ya en la presente Cruzada, ya víctimas de la revolución marxista”. Los nombres permanecen en las fachadas de las Iglesias; mientras que más de 30.000 cuerpos de ciudadanos republicanos permanecen borrados de la memoria en fosas comunes en cunetas, barrancos, pozos y cementerios.

Un superviviente singular de la guerra y de la posterior represión de los vencedores es el salmantino Fernando Macarro Castillo, más conocido como Marcos Ana: “el poeta de las cárceles de Franco”. Fernando es el preso político que más años pasó en las cárceles de la dictadura, veintitrés. Fue condenado a muerte dos veces, acusado de “auxilio a la rebelión”. Ingresó en prisión a los 19 años y salió con casi 42. En sus estremecedoras memorias, Decidme cómo es un árbol. Memorias de la prisión y de la vida (2007), a pesar de lo sufrido, no hay una sola palabra de rencor ni de venganza. Son “Una lección de humanidad”, dice el Premio Nóbel J. Saramago. Marcos Ana manifiesta que ”la recuperación de la memoria histórica no es para pedir cuentas a nadie… sino para situar la Historia en su lugar, arrancar al olvido a nuestras víctimas y cancelar de una vez los procesos y condenas incoados por un régimen ilegal, impuesto por las armas frente a la legalidad republicana”. Una Plataforma de intelectuales e instituciones lo está postulando para el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2009. Tiene 89 años: “El bosque de mi generación se va despoblando poco a poco, y yo sigo en pie como un árbol milagroso”. La próxima película de Almodóvar será sobre su vida.

“No queremos reabrir heridas, sino ayudar a curarlas, queremos contribuir a la dignificación de quienes han sido olvidados o excluidos y mitigar el dolor de sus familiares y allegados”, manifiestan los obispos de las diócesis vascas. En 2007, monseñor Ricardo Blázquez, al finalizar su mandato como Presidente de la CEE ya adelantó: “deseamos que se haga plena luz sobre nuestro pasado"; “recordamos la historia no para enfrentarnos, sino para recibir de ella la corrección por lo que hicimos mal o el ánimo para proseguir en la senda acertada”.

La Iglesia española, recuerda Jesús L. Sáez, “necesita memoria histórica”: “¿Es que no se ha bajado todavía del carro de los vencedores?”. Recuerda la parábola del fariseo y el publicano, (¡estaba en el calendario, el día de las beatificaciones masivas!). “Bien puede ser que el re-publicano baje a su casa justificado y el otro no”. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica manifiesta que “Mientras (la Iglesia) sólo asuma su parte de víctima y no la de verdugo, estará contribuyendo a una estéril culpabilización y a una utilización extremadamente parcial del pasado. Debe pedir perdón por su complicidad, por una actitud que causó enormes sufrimientos”. La guerra civil no fue una cruzada, sino una guerra fratricida: “una empresa pasional de odio y violencia” denunció el capuchino Gumersindo de Estella. Se dice en el salmo 85, “Dios anuncia la paz, con tal de que a su locura no retornen”.

 

Por Braulio Hernández Martínez

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