Leo en el blog de Miguel Izu una entrada muy buena sobre las declaraciones de Esperanza Aguirre en relación con la ley del tabaco. Creo que el meollo de la cuestión es el que ahí se plantea. Uno puede apelar a hacerse lo que uno quiera, a tratarse como uno quiera, pero esa decisión no tiene porqué atacar mi salud.
Podríamos hablar largo y tendido de la educación (o la formación) de aquellos que dicen que “yo con mi cuerpo hago lo que me da la gana”. Para empezar, entendamos que cuando uno habla de “su cuerpo” no lo hace de algo “externo a sí” sino de “sí mismo”. Nuestra experiencia, nuestra vida, está corporeizada y ya está más que resabido que sólo en este marco biológico podemos entender la existencia. Pero dejemos de lado esto que dará para futuros debates. Simplemente digamos que sí, uno puede decidir matarse si lo desea pero que la comunidad también tiene el deber de generar actitudes contrarias a la autodestrucción. Esto de la supervivencia de la especie es lo que tiene. Y si no, pues a leer a Darwin que ya han pasado unos añitos.
El problema de algunos fumadores (y conste el “algunos”) es que no se dan cuenta de que su conducta es de riesgo social. No es que pongan en cuestión su propia salud, ya digo que lo asumimos, sino que atacan la del resto. ¿Qué tipo de riesgos? Para empezar el más inmediato es el de la muerte. En España el último año murieron más de 50.000 personas por afecciones derivadas del tabaquismo. Esta enfermedad, el tabaquismo (así es contemplada por la OMS, no me invento nada) afecta a sistemas biológicos fundamentales como pueden ser el respiratorio y el circulatorio, como todos sabemos. Para que nos hagamos una idea de la magnitud del dato (aunque es bastante claro), el Ministerio del Interior ha mostrado su satisfacción por haber reducido el número de muertos en carretera el último año a datos históricos, esto es, a 1897 (más de 25 veces menos). En nuestro país, el tabaquismo y las enfermedades derivadas tanto para fumadores como para “sufridores de los que fuman” (también llamados fumadores pasivos) son la principal causa de muerte evitable.
El otro riesgo fundamental es el de la creación de adicciones en terceros. ¿A qué me refiero? Pues a la educación, como no. Desgraciadamente, los fumadores no solamente atacan a sus entornos con el humo de sus cigarrillos sino con su propia actitud. La normalización del consumo del tabaco lo hace un producto altamente estimulante desde un punto de vista relacional. Si a esto sumamos que los lugares de consumo masivo (bares y restaurantes) son frecuentados por niños y niñas en pleno desarrollo biológico pero, aún más importante, conductual, convertimos eso es un peligro acuciante. Sostengo, sin datos que lo avalen, que cerca del 80 por ciento de las personas que no fuman vienen de entornos en los que no se fumaba. De la misma manera (y aquí si podríamos buscar algún estudio) que el 80 por ciento de los no violentos provienen de entornos de esas características.
Vivimos en una sociedad drogada y eso es difícil de poner en duda. En los años 90 hubo un gran debate principalmente en los EEUU acerca del papel de los medios de comunicación y las grandes personalidades en lo que se vino a llamar “la estética de la heroína”. Nuestro país ha sufrido y sigue sufriendo procesos similares que afectan principalmente a la juventud y todo ello únicamente se entiende en el marco del consumismo desbocado al que nos vemos sometidos. Pues no otra cosa es lo que se pone en duda. Los ciudadanos hemos perdido ya esa identidad y nos hemos convertido en consumidores y, bajo esta óptica, es muy fácil pedir la “libertad de consumir” los productos en espacios que “se prestan a ello”. Mientras tanto, los hay que vemos otras consecuencias no meramente económicas y que disponemos de un concepto diferente de libertad: la de no enfermar a causa de las conductas de riesgo ajenas.










