Quiero asistir al concierto mozartiano ‘Bastian y Bastiana’ que la Joven Orquesta Ciudad de Salamanca interpretará el jueves 22 en el CAEM. Se trata de un acto organizado por la Fundación Municipal Salamanca Ciudad de Cultura, y como los anteriores, la entrada es con invitación gratuita. En la taquilla de la plaza del Liceo atienden amablemente al público interesado y nos explican que esas invitaciones han sido enviadas a la lista de protocolo… y las que sobren se pondrán en taquilla. Sin rechistar, porque los taquilleros ninguna culpa tienen, todo el mundo se va, confiando en que sobre algo. Eso sí, el día del concierto, las filas reservadas para esos invitados “de luxe” estarán vacías, como en el dedicado a Bretón y Gombau.
Segundo acto: quiero recoger el bono de transporte público para toda el área metropolitana de Salamanca, para el que en la capital hay solamente hay dos puntos de venta, en la Estación de Autobuses y en Viajes Albertur. Como esta agencia es la que me pilla más cerca, allí me dirijo…y para poder recoger el bono -previo pago de la fianza de 2 euros que cuesta antes de recargarlo- me toca esperar pacientemente que una pareja que planea su viaje de novios sea atendida, consulte todas las posibilidades en los siete mares, ofertas varias, fechas más convenientes, etc.
Es como un mal sueño: los ciudadanos, que son los que con su trabajo y sus impuestos pagan los espectáculos, los servicios, y todo lo demás, aguantan pacientemente a ver si pueden obtener alguna concesión graciosa que las autoridades se dignen otorgarnos. Algunos, los más listos, siempre tienen algún amigo o conocido para evitar esperas y colas.
Concesiones, obsequios, dádivas. Vamos, lo que se llama una democracia avanzada.

















