Al alcalde de Béjar le ha entrado un ataque de dignidad y después de 31 meses de mirar los toros desde la barrera, ha decidido saltar al ruedo, que es donde hubiera debido estar desde un principio. O eso es lo que parece, al menos, después de esa rueda de prensa en la que nos cuenta que está dispuesto a cobrar el dinero de La Condesa. Y en la que además, a estas alturas de la corrida, empieza a pedir cuentas a Alejo Riñones, increíble pero cierto.
Un poco tarde, desde luego, y bastante confuso resulta ese discurso sobre la inmutabilidad y la leche o la lechera, pero bienvenido sea. Después de tanto pasteleo, de tanta charanga y pandereta en la que ha demostrado moverse como pez en el agua, quizá nuestro alcalde, con el cambio de año, haya hecho examen de conciencia y se haya dado cuenta, al fin, de lo vacío que está el cesto de su mandato, de toda la ilusión colectiva que ha despilfarrado y, mirándose en el espejo de su soledad, se haya dicho: “No puede ser, se me acaba el tiempo y la ciudad que me confió el cargo de alcalde está peor que cuando comencé, los asuntos importantes están empantanados, los bejaranos siguen desertando y yo no hago más que organizar paellas y dar palmadas en la espalda al personal. Tengo que levantar la cabeza, aún estoy a tiempo, voy a demostrar a los bejaranos que me interesan de verdad los problemas colectivos de la ciudad, voy a demostrarles que soy digno de esta posición que ocupo”.
No sé si Cipriano González estará o no a tiempo de enderezar el rumbo de un mandato aciago y huero, pero quizá todavía pueda recobrar su autoestima, quizá pueda todavía arreglar algún entuerto.
En cualquier caso, el asunto de las parcelas de La Condesa lo veo mal. Muy mal, para decirlo con precisión. En las páginas de esta revista está casi toda la historia del caso y a ellas les remito: Las parcelas de La Condesa: una historia para no dormir, capítulo I, capítulo II, capítulo III, capítulo IV y capítulo V y último, publicados en los meses de abril y mayo de 2009. Lean, por favor, pasen y lean. También el señor alcalde, por si ha perdido la memoria. Y digo “casi toda la historia”, porque en una historia tan sucia y vomitiva como la mentada siempre quedan cabos sueltos, cabos que no conocemos y me temo que nunca conoceremos.
Pero lo que no tiene vuelta de hoja es que las parcelas de la discordia se registraron a nombre de dos entidades mercantiles privadas en diciembre de 2007, previas certificaciones y vistos buenos finales y decisivos de la secretaria municipal María Antonia Álvarez-Robles Santos y la alcaldesa en funciones (qué mala suerte) Concepción Marina Pérez Escanilla, de fecha 11 de octubre de 2007, y de la misma secretaria y el alcalde Cipriano González Hernández, de fecha 19 de diciembre de 2007. Y llama poderosamente la atención que ahora, ocho meses después de sacado todo a la luz por la inestimable labor del grupo municipal de UPS, se ponga el alcalde a dar explicaciones filosóficas sobre la inmutabilidad o la inmanencia ontológica del ser, nada más y nada menos. Algo gordo ha pasado o alguna promesa (inconfesable?) se ha revelado falsa? Quizá el alcalde siga con su examen de conciencia y nos lo explique.
Así que lo de La Condesa lo tiene mal, muy mal, repito. Y más como está el ladrillo de arruinado. La “pasta” que podía sacarse de ese pozo de especulación ya ha sido sacada, por quien haya sabido hacerlo, los de siempre, supongo. Y los demás, a dos velas con el pufo. Al Ayuntamiento de Béjar, en el mejor de los casos, le devolverán sus parcelas que, como se sabe, no son tales, sino un plano y algunos papeles, pura filfa. Así que olvídese, don Cipriano, de ahí no sacará ni un euro y, por contra, tiene muchas explicaciones que dar.
No olvidamos, no olvidaremos nunca que Cipriano González tuvo mala herencia, la peor. Alejo Riñones dejó la ciudad como un erial y al Ayuntamiento que presidió durante doce años consecutivos, a los pies de los caballos. Pero González, en lugar de empezar por poner luz y taquígrafos para alumbrar la ciénaga que se encontró, se tragó todo como un sapo y se puso a trabajar, nadie lo duda, pero de tan torpe forma que a la vista están los resultados, o peor, la falta de ellos. Y, para colmo, a los 31 meses, cuando ya han pasado dos tercios de la legislatura, se pone a pedir cuentas al malo. ¡Qué patetismo!
Pero ya no tiene remedio. Ahora González está en una encrucijada de la que probablemente saldrá malparado. Así que vamos a recordarle que tiene varios asuntos pendientes con los que aún puede rehabilitarse, en cierto modo, delante de sus conciudadanos. Si es que de verdad se ha decidido a coger el toro por los cuernos.
El primero, la revisión del Plan General de Ordenación Urbana de Béjar, ese Plan preparado a la medida de los especuladores, urdido a espaldas de los intereses generales de la ciudad. Ese proyecto megalómano con el se pretende salpicar de torres babilónicas el valle de las Huertas, rompiendo la identidad de un pueblo, arrasando el barrio de los Praos, abandonando el Casco Histórico al peor de los destinos. ¿Cómo va a volver la gente a habitar el Casco si se permite edificar miles de viviendas nuevas por todo el municipio? ¿Cómo se va a proteger el paisaje si cualquier prado, entre Vallejera y El Rosal, es edificable? ¿Para qué necesita Béjar suelo edificable para una población de más de 60.000 habitantes? Desde luego no es eso lo que la ciudad de Béjar necesita. Béjar, como grupo colectivo de ciudadanos habitando juntos en un espacio determinado, herederos y depositarios de un territorio y una historia, necesita terrenos centrales para una serie de equipamientos públicos, como un hospital comarcal o un campus educativo, necesita recuperar, a toda costa, el Casco Histórico como espacio habitado, lleno de vida, necesita preservar sus señas de identidad representadas por su patrimonio arquitectónico industrial y su paisaje. (Véase, a este respecto, la esclarecedora reflexión, “Una parte del todo”, que Gel Borrajo escribió en esta revista).
Así que en ese asunto del Plan General, Cipriano González sí puede y debe rectificar. Puede y debe anular las actuaciones realizadas y organizar una participación pública verdadera como la que organizó Juan Belén Cela para redactar el Plan de 1983, donde todas las entidades y organizaciones sociales pudieron debatir sobre las necesidades colectivas y discutir sobre la idea de la ciudad y los distintos proyectos e intereses que unos y otros tenían, y de donde salieron previsiones tan importantes como la Estación Depuradora o el Polígono Industrial, que tiempo después pudieron ser realidad. Eso es hacer ciudad, eso es trabajar con los ciudadanos y por los intereses generales de los ciudadanos.
Y el segundo asunto es limpiar la casa común, ya hemos hablado repetidamente en esta revista de la gangrena que supone tener unos servicios técnicos incompetentes, hemos demostrado una y otra vez cómo la secretaria y el arquitecto municipales, es un decir, han estado detrás, con sus informes y firmas, de casi todos los “chaperones” que ha sufrido la ciudad, algunos de los cuales ha heredado la actual Corporación: el ilegal Matadero, la ilegal Cerrallana, los convenios urbanísticos o los intentos de convenios o de Modificaciones Puntuales del Jardín de Olivillas, López de Hoyos, La Thesa, Arelte-Cejuela, la ilegal licencia de la planta de hormigón de Horpresa. (Véanse también «Todos los documentos sobre el PGOU» y «(Casi) todos los pelotazos»).
Bien podría hacer un favor a la ciudad y a su dignidad atropellada, don Cipriano, convocando y resolviendo, de una vez por todas, unas oposiciones para esos puestos tan decisivos. Béjar le quedará agradecida. Aunque sólo sea por eso.










