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17 de marzo de 2010 - Núm. 1491
 

Vic quita máscaras
Domingo Benito

16 de enero de 2010

En los entornos teatrales se suele decir que muchas veces un actor no sabe si su verdadera personalidad es la que muestra en el escenario o aquella que manifiesta fuera de él. En ocasiones, los escenarios, como si de una catarsis se tratara, ofrecen la posibilidad de ser como uno es en realidad, de actuar sin las ataduras que Freud atribuye al “super yo”. Una contingencia, la de quitarse (o ponerse) la máscara que puede desvelar secretos oscuros clarificando, si vamos a seguir con la metáfora psicoanalítica, las tensiones ocultas de la personalidad. Ponerse una máscara da la libertad de hacer y decir como si con uno no fuera la cosa, con el convencimiento de que, una vez finalizado, el resto entenderá tales actuaciones como parte de una dramatización. Pero, como digo, algunos artistas se ruborizan en su intimidad al comprender que el que sale a escena es él y entre bambalinas le espera el disfraz listo para justificar: “no era yo, era un personaje”.

Y así, en España nadie es racista. Aunque, como intentaré explicar luego, el problema no es el racismo.

El caso de Vic y su negativa de empadronar a emigrantes ha puesto en escena una realidad y todos los actores juegan a llamar la atención. Somos ahora, amigos, el público de una obra en la cual aquellos que actuaban con una máscara comienzan a quitársela y muestran su verdadera cara, sin tapujos, al verse quizá sorprendidos por los acontecimientos. Reconozcamos que hasta el momento había sido un tanto aburrida, incluso se oían tímidos ronquidos en uno de los palcos, pero un sobresalto ha hecho que nos interesemos por un comediante en el cual la mayoría no había recaído.

Lo primero que deberíamos aprender de Vic es que de esta situación hay gente que sale ganando y otros que salen perdiendo. Sin matizar demasiado, lo que está claro es que quien sale ganando es el partido racista (este sí) al recibir la mejor publicidad que pueda existir (regalo lo llaman ellos) y así movilizar y dar oxígeno a sus bases: “lo hemos conseguido ¿lo véis?”. Los que salen perdiendo, de momento, son los inmigrantes, en especial los inmigrantes pobres, parias en su tierra y parias en la nuestra que ahora ven atacados los derechos fundamentales que aquí nos hemos dignado, al menos hasta ahora, en respetar.

Constatando la falta de atención hacia ellos y ya en guerra abierta, el resto de los intérpretes comienzan a acercarse a la parte del escenario que continúa copando las miradas, quizá con la intención de atrapar alguna. El más osado, el que menos tiene que perder, pasa a la acción directa y repite literalmente el movimiento del anterior aunque con un poco más de sutileza pues no en vano ya lo ha ensayado previamente. Otros, por el contrario, se limitan a aplaudir y hacen su propia comparsa mientras, pensando que realmente no hay nadie mirando, hasta se justifican: “si no lo hacemos no nos votan”. Movimientos de distracción aparte, lo cierto es que la mayoría, por no decir todos, están ahora situados en el mismo lugar que ese racista.

Unos porque apoyan a posteriori al llevar años esperando para nos ser ellos quienes tuvieran que dar el primer paso y otros porque demuestran sus verdaderas intenciones, parece que tanto PSC, CIU, ERC y PP se hayan quitado las máscaras. La clave de todo lo ocurrido en Vic hay que buscarla en la reacción del Gobierno (impugnación por ilegalidad) y en la respuesta del Alcalde: “si no lo hacemos no nos votarán”. Este razonamiento de la acción política por el voto no hace más que mostrar una democracia vacía de valores, mero mercado que anticipa el concurso al ideal. Bajo este razonamiento no importan las siglas pues cualquier partido hará lo que sea para conseguir el voto, incluso por encima de sus principios políticos (si los tuvieron).

Y el Gobierno de Zapatero, con la Vicepresidenta y el Ministro de Trabajo como avanzadilla acuden con la alusión a la Ley. ¿Es que acaso el problema es que no es legal? Pues si no es legal, las leyes se pueden cambiar… no, el problema no es ese. El problema es que no es moral. La maniobra de ZP es la misma que la del resto pero quizá un tanto más resbaladiza. Da esperanzas a los racistas y a la vez ejecuta una ignominiosa farsa ante sus más progresistas seguidores para cubrir todos los flancos.

A mí, personalmente, se me revuelve el estómago. Y se me revuelve porque sé que no es un problema de racismo, aunque sean los racistas los que salgan ganando. Fuente para otro debate, diré por el contrario que es una cuestión de aporofobia (miedo y odio a los pobres) lo que azota a la ciudadanía que, mientras tanto, continúa siendo atormentada por uno y otro lado.

dominbenito.wordpress.com

 

Por Domingo Benito

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