Lo conveniente al leer este artículo sería que Vd. ya hubiera leído el artículo publicado en El País, domingo 10 de enero, titulado «El otro estado» y escrito por Mario Vargas Llosa.
En él nos cuenta, valiéndose de México, cómo la lucha contra la droga se ha perdido ya. En México ha dejado ya más de 15.000 muertos, y la última solución ha sido sacar el ejército contra la mafia, el resultado puede ser que este que era un cuerpo que no estaba infectado termine estándolo, es decir con muchas personas en sus filas compradas. ¿No sabía el presidente Calderón que la mafia tuviera esas armas tan mortífera, y un sistema de transporte y comunicación de mayor alcance que el del Estado? Lo cierto es que la guerra la pierde, por cierto al día siguiente de este alegato en México se produjeron 69 muertos. Dice Vargas Llosa que lo absurdo por tanto es declarar una guerra a los carteles de la guerra que ya ganaron. Que estos están aquí para quedarse, y que los reveses que reciben no la hieren de manera significativa pues es una «industria» que no ha hecho más que extenderse por el mundo. Según estudios, es en la actualidad el segundo «negocio» en volumen de dinero del mundo después del de las armas.
Sigue diciendo que el problema de esta lucha no es policial sino económico, y las victorias contra esta son tan insignificantes que no la merman comparadas con el número de consumidores mundiales.
Concluye que la solución consiste en discriminalizar el consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores, tal como viene sosteniendo The Economist y un buen número de juristas, profesores, sociólogos y científicos del mundo sin ser escuchados. Ciertamente que esto entraña peligros y por tanto debería de ser acompañado de una enorme cifra de dinero, que debería salir de las que hoy se invierten en la represión. Y con campañas de información como las actuales del tabaco. Dice también que Milton Freedman advirtió de la magnitud que alcanzaría el problema si no se resolvía a tiempo y llegar a sugerir la legalización. Añado yo que también hace mucho que lo hizo con la lucidez que le caracteriza Savater, nadie los ha escuchado, ni a ellos ni a los afectados, y el resultado es el desolador paisaje actual, donde quizá para dar el paso definitivo al comienzo de la solución sea que los organismos y las personas que viven de la represión de las drogas, y que defienden con uñas y dientes su fuente de trabajo cambiaran de parecer. Concluye diciendo que no son razones éticas, religiosas o políticas sino el crudo interés el obstáculo mayor para acabar con la criminalidad asociado al narcotráfico.
Y mientras esto es así, y ya nadie que se asome al problema y reflexione sobre él lo duda ni llega a otras conclusiones, hay víctimas del problema que con el conocimiento de vivirlo saben que es así, y por su comportamiento delictivo para obtenerla viven en las cárceles, penando por no tenerla o pagando por tenerla más que en la calle y tomándola de peor calidad, mientras cumplen su condena en un cuarto sin ninguna perspectiva y viendo cómo son moneda de cambio de todos sin que ninguno ponga el dedo en la llaga para reventar el pus que todo lo pudre y a ellos los anula.
Si estos crónicos recibieran la droga de forma ordenada se evitarían miles de robos en el mundo, se ahorrarían cientos de miles de millones en policía, carceleros, abogados y empleados de centros de rehabilitación, curativos de la nada así como cientos de miles de asesinatos. Pero los intereses creados lo impiden, y el ejemplo de esos seres encarcelados ya ven que no sirven para nada, pues cada día en la calle el desastre es mayor. El que los delitos de estos sean menores, aunque encadenados, casi no cuenta para pasarse a veces la vida en la cárcel por la reincidencia, pero sobre todo por el escándalo social que más casi que los males económicos que hacen es lo que lo reduce allí, pues eso sí, toda la gangrena social tiene que suceder a ser posible en silencio y sin incomodar para que siga «la fiesta» extendiéndose pero sin que nos moleste con el escándalo callejero.
Mientras ellos atónitos, desvalidos de todos, y sin esperanza desde su celda, nos miran a todos mientras les negamos el derecho a vivir la única vida que poseen en nombre de principios que ya demostrada su inutilidad y falsedad les golpean a ellos con mucha más fuerza que ellos lo hacen a la sociedad que les condena, y que de estar libres de la adicción por su permisividad de consumo posiblemente no solo serían incapaces de cometer acciones punibles de las que los recluyen durante años, sino que además están bastante lejanas de los que desde el conocimiento de que esto es así les llevan a hacerlos pasar la vida en la cárcel.
Sabido esto ¿darán los responsables el paso al frente para sentar los pilares de solución?, o seguirán con esa ceguera que solo ellos ya tienen vendiéndonos como aún válidas las guerras perdidas, y llevando personas a la cárcel de casi por vida como si esto fuera un deporte entretenido y no afectara a las doblemente víctimas. ¿Cuándo encararán la verdad de una vez?
ciudadrodrigo.net
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