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11 de marzo de 2010 - Núm. 1485
 

De la dieta, la miopía y el aparcamiento
Jerónimo Jablonski

8 de febrero de 2010

Las múltiples voces que claman en esta ciudad una mayor dotación de plazas de aparcamiento para coches merecen unas palabras. Sobre todo cuando la disminución o el aumento de las plazas de aparcamiento parece estar tan asombrosamente ligado a la intención de voto.

El extendido y monótono debate sobre estas parcelas, incluso desde los sectores más progresistas de la escala local, imposibilita en gran medida avanzar hacia nuevos horizontes en un debate que, si bien son menos digestivos en apariencia, sí que contribuyen a la construcción de una ciudad más moderna, inteligente y habitable. En términos nutricionales, una dieta más equilibrada. Pero estando como estamos anclados en una praxis de política y fidelidad política propia de otros tiempos, no resulta tan absurdo pensar que si un coche pasa por lo general el 95 % de su vida aparcado en la calle, sus dueños y dueñas utilicen este derecho de sufragio para valer la gestión de cada metro cuadrado de la ciudad. ¡Estamos hablando de mucho tiempo en la calle!

Bajando al subsuelo quizás el tema del aparcamiento cobre aún mayor peso político. Si dividimos el presupuesto de licitación de los futuros aparcamientos subterráneos de Garrido Norte y el Paseo de San Antonio entre el número de plazas previstas y los metros que ocupa cada una (unos 12,5 m2), obtenemos unos costes para plaza de 17.237 € y 22.105 €. Es decir, un precio por metro cuadrado de 1.378,96 € y 1.768,4 € respectivamente. ¿A cuánto está el metro cuadrado para que vivan las personas?

Por eso, mientras se destinen semejantes cantidades de dinero público a la cruzada por garantizar el aparcamiento como respuesta al clamor ciudadano, puede que no entendamos otras formas de gestionar y de utilizar el ecosistema urbano. Existen ejemplos en otras ciudades donde los ciudadanos debaten qué lugares serán designados como zonas de baja emisión de CO2, lo equivalente a restringir al tráfico. Otras en cambio, se permiten dejar en manos de los más jóvenes cómo quieren que sean los parques y jardines donde en el futuro jugarán solo ellos y otros que lleguen después. También las hay donde se han desestimado definitivamente los semáforos. ¿Por qué será? ¿Habrán superado lo del aparcamiento?

En el libro The High Cost of Free Parking (El alto coste del aparcamiento gratuito) Donald Shoup estima que el 99 % de los viajes en EEUU terminan en un aparcamiento gratuito. Esto es tan cierto como que en muchas ciudades americanas existen más plazas de aparcamiento que habitantes, y por eso conducir, sea el motivo que sea, es tan común. El alto coste viene derivado de la saturación de las ciudades y el aumento exponencial en el gasto de las infraestructuras. El abuso de combustible, la perdida de tiempo o los efectos derivados del deterioro de la calidad ambiental son también parte de los números del aparcamiento gratuito.

En un ejercicio de importación cultural con vistas a mejorar la dieta colectiva podríamos trasladar esta causa-efecto a nuestra ciudad y, más concretamente, aplicarla a la política de la bicicleta. Con el aumento de la oferta de aparcamiento para bicicletas estaríamos estimulando su uso y por lo tanto serían cada vez más los salmantinos los que, en lugar de gastar calorías y disparar el colesterol tratando de buscar un lugar para amortizar ese 95 % de tiempo inútil de un coche, se desplazarían en bici mucho más a menudo. Al menos con el aliciente de saber que tienen un aparcamiento al final del trayecto. En este caso los costes no tienen nada que ver ya que la bicicleta no contamina, ocupa 15 veces menos espacio público que un coche y, entre otras muchas razones, ahorra por ejemplo los costes de asistencia sanitaria por causa del sobrepeso. Porque no nos engañemos, si en las distancias cortas gana siempre la bicicleta, en las largas muchas veces olvidamos el tiempo y los recursos que se invierten en una labor detectivesca, si, la de privatizar el espacio público.

Posiblemente entonces estaríamos ya preparados para hablar de dónde y cómo juegan los más pequeños, por dónde va el peatón y bajo qué condiciones, qué carriles y plazas de aparcamiento le sobran al coche y cuántos necesita el autobús, discriminar los espacios públicos para “estar” y para “pasar” o llegar a proponer la reducción progresiva del frenético ritmo urbano. Y por supuesto también contribuiría a que los buscadores de aparcamiento pudieran ponderar sin miopía a quien votar y que los políticos dejaran de sufrir de la vista.

 
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Por Jerónimo Jablonski

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