Con motivo de la celebración del día del libro el pasado 23 de abril, fiesta autonómica en memoria de la derrota de Villalar, la corporación municipal de la ciudad charra desplegó un bando para hacer constar que la vanagloriosamente (risas aparte) culta, docta [...] ciudad de Salamanca, celebraba el día del libro en tal fecha primeramente en honor al otorgamiento del premio Cervantes a Gamoneda en el paraninfo de la Universidad de Alcalá - quien declararía que “La poesía no es exactamente literatura de ficción, sino que es una emanación de la naturaleza existencial, y expresa el sufrimiento y el gozo” y que “La poesía ... es un arte de la memoria. Pero la memoria es siempre consciencia de una pérdida”-; y en segundo, en homenaje, marcapáginas de edición limitada al paso, del centenario de la llegada a Castilla de un Antonio Machado que contaba en la feria con bastantes menos libros a disposición del público que un tal César Vidal.
Fuera de discusiones, efectivamente, el 4 de mayo de 1907, Antonio Machado arriba con aire independiente, “sangre jacobina”, espíritu de “manantial sereno” y “torpe aliño indumentario” en la “mística y guerrera [...], parda [...], gentil, humilde y brava” Castilla de “decrépitas ciudades”, y se instala en la “tierra esquelética y sequiza”, en la “muerta ciudad de señores soldados o cazadores [...] árida y fría” de la Soria “barbacana [...] con torre castellana”, “castillo guerrero arruinado, muralla roída y casas denegridas” para enseñar francés. Y será en esa tierra de “montes azules, nieve, y yermos de violeta” donde don Antonio tomé nupcias con la tempranamente difunta Leonor, y donde, fruto de su interés por el folklore popular, participará activamente en el modus vivendi regional de una ciudad por la que al final siente una “tristeza que es amor”.
Así Machado, en gran parte, escribe con un cierto aliento nostálgico el célebre libro que publicará en 1917, “Campos de Castilla”, donde nos habla de la geografía y de las gentes de esta “tierra noble y triste”, a la que deseando que “el sol de España llene de alegría, luz y riqueza”, ve como la hoy “miserable, ayer dominadora” que “envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”. Es la Castilla de “labriegos transmarinos y pastores trashumantes -arados y merinos-, labriegos con talante de señores y pastores de color de los caminos”, la España de “hidalgos de semblante enjuto, rudos jaques y orondos bodegueros, trajinantes y arrieros de ojos inquietos y mirar astuto, mendigos rezadores, frailes pordioseros, boteros, tejedores, arcadores, perailes, chicarreros, lechuzos y rufianes, fulleros y truhanes, caciques y tahúres y logreros”.
Machado hablaba de la España “inferior que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste” con un acento noventayochista donde evoca el intercambio del papel nacional hegemónico de la pretérita Castilla “del desdén y de la fuerza” hacia zonas donde el desarrollo económico era más patente. La Castilla de la guerra, la muerte y la violencia como determinantes de la historia de su pueblo, dice, era “la madre en otro tiempo fecunda en capitanes” convertida en “madrastra de humildes ganapanes” que no sabe si “espera, duerme o sueña”. Es la España de segunda, la que ve a sus “pobres hijos huyendo de sus lares”. La España vieja de una nueva España “que se agita, porque nace o resucita”, la “España del cincel y de la maza”, la “España implacable y redentora”, la “España de la rabia y de la idea” a la que habían pintado de “pobre, escuálida y beoda”.
Amante reconocido de la naturaleza, paseaba, bastón en mano y pecho jadeante, los campos castellanos “undulados” y “caminos de viajeros que cabalgan en pardos borriquillos”. Caminaba por los campos de Soria, donde entre “montes de ceniza y violeta” “las rocas sueñan”, admirando el fluir del agua por la “corva ballesta de un arquero en torno a Soria” cruzando “el corazón de roble de Iberia y de Castilla” “corriendo hacia la mar” entre “colinas plateadas, grises alcores y cárdenas roquedas [...], grises peñas y fantasmas de viejos encinares [...], ariscos pedregales y calvas sierras”. Castilla, decía, era “la España de los largos ríos que el mar no ha visto y corre hacia los mares”, la tierra de “grasientos peñascales, pelados serrijones, barbechos y trigales, malezas y cambrones”. Esa era la Castilla “azafranada y polvorienta, sin montes, de arreboles purpurinos”.
Abril de 1913 vería marchar de tierras castellanas, en dirección contraria de las “viajeras golondrinas que iban al joven Duero” y de los “rebaños de merinos, con rumbo hacia las praderas numantinas” a un Machado que en tren hacia su natal Andalucía “por los floridos valles”, recordaba nostálgicamente ya aquella “Tierra de alma” que era Soria y el “alto llano cercado de colinas y crestas militares, alcores y roquedas del yermo castellano, fantasmas de robledos y sombras de encinares” ante cuyo corazón se abreva “en la desesperanza y en la melancolía de su recuerdo” hacia su siempre querida y evocada Castilla “visionaria y soñolienta de llanuras, viñedos y molinos” a la que ya no solamente “cantaba“, sino hasta “rezaba”.
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