La novela de Charles Dickens, Oliver Twist, nos muestra la historia de un niño huérfano que sufrió la persecución de quienes le inducían a robar y el intento de traición de su hermanastro -el ávaro Monks- el cual quería apoderarse de todas las riquezas de su padre. Pero este relato nos muestra también, y sin embargo, la historia de un niño que frente a la adversidad luchaba por ser buen crío en busca de una vida mejor que él siempre creyó posible.
La historia de la España de la última década y media se parece mucho a esa novela del autor británico. Porque es la historia de un pueblo que busca enriquecerse subiéndose al carro del dinero rápidamente obtenido por la especulación y del valor encarecido -a marchas forzadas- del trabajo. La corriente ha arrastrado incluso al más humilde ganapanes, que con su picardía (como la de esos mozuelos, Jack y Charley) ha conseguido trajearse y darse a la buena vida gracias al poder del Fagin más corrupto. Pero, como todos los malos principios tienen su feliz final -esperemos-, la Nancy de los principios éticos ha terminado dando la espalda a su tan amado -y nunca correspondiente- Bill Sicks (los dos últimos presidentes del Gobierno). Y no sabemos si este esposo traicionero, como en la novela, acabará por asesinar vilmente a tan correcta mujer. Pero lo que está claro es que siempre habrá quien, como Mr. Brownlow, acabe por decir al malo lo que sería más conveniente hacer. Lo malo es que lo paguemos todos los españoles.
Por eso mismo, y hasta ver cómo se resuelve esta trágica y larga situación, lo más oportuno sería no autoengañarnos, no caer en fáciles errores, y no ser hipócritas; sino ser consecuentes y razonables, y entender la gravedad de esta crisis con la mayor de las decencias y servilismos posibles. No recurrir, pues, a ese adagio de que cualquier tiempo pasado nos parece mejor, y entender así que el progreso es la llave y la melodía del transcurso del tiempo.
Debemos reconocer, lejos de visiones partidistas, que por el transcurso de los acontecimientos en estos últimos años no podíamos pedir más peras al peral en 1996 que en 2005. Igual que no podemos pedir más peras al olmo en estos momentos. Y aceptar, así y en definitiva, que esto que nos está pasando no sólo es culpa de una mala política con un color definido, sino culpa de un mal planteamiento de nuestra economía desde hace ya muchos años. Un mal diseño económico que debiera corregirse de la mano del resto de potencias mundiales y empezando por elaborar ciertas reformas estructurales de alto calado que tiendan, como exponía José Montilla hace unos días, a “acelerar procesos de reconversión, modernización e internacionalización que no nos conduzcan a alargar por más tiempo situaciones sin futuro”.
No resulta lícito, pues, que la prensa ni el ciudadano de a pie justifique sus posturas con una visión sesgada, discordante y parcial de la realidad. Porque no es razonable que primero se hable de que somos un país torpe que no ha sabido cimentarse bien y crear, derivado de ello, una buena estructura económica que llevase a nuestro país hacia un modelo de crecimiento sano y fuerte; y luego se diga que todo es culpa de la política de Zapatero y que los años del gobierno de Aznar son los mejores de nuestra historia reciente en materia económica.
Diciendo esto se incurre en una seria contradicción. Es verdad que la era Aznar, nacida en un momento en que ya se vislumbraba un cambio de ciclo económico en positivo, ha dado grandes cifras macroeconómicas (aunque no indiquemos aquí en contra de quién y a razón de qué privaciones sociales). Es verdad que la era Aznar significó para nuestro país el inicio de una política diferente, que ha dado históricamente la sensación -acertada o no- de que curó el cáncer de la España socialista corrupta y mal administrada. Y es verdad también que toda esa política de recortes de gasto social a favor de los bolsillos más colmados y que provocaron o hicieron que las arcas públicas se llenasen en la misma medida en que se reducía el gasto, se vio favorecida porque aquellos fueron los años en los que la UE infló nuestras cuentas con inyecciones económicas de una generosidad no conocida por Zapatero. Pero una cosa está clara. La mala cimentación a la que antes aludía procede precisamente de aquella época. Y la estructura posterior se creó de vicios, de especulación, y de corruptelas ahora perfectamente destapadas. Y muchos interlocutores públicos lo recuerdan con la misma insistencia con que lo olvidan.
Sea como fuere, pido que observemos detenidamente los errores cometidos durante los últimos años sin más propósito que el de extirpar los vicios nunca incorregibles de que adolece nuestro país. Miremos al pasado y construyamos mejor el futuro. Y hagámoslo entre todos dando ejemplo a quienes nos miran como hermanos enfrentados –como el caso de Monks- en busca del bien particular. Porque sino nos vamos a quedar, como los dos hermanastros de la novela de Dickens, huérfanos todos y algunos sin nada.
Buen artículo. Es especialmente relevante y tiene mucho interés el análisis que haces del inicio de la crisis. Tal vez, como crítica te diría que no explicas mucho en qué consiste esa mala cimentación de la economía. Pero por lo demás, estoy muy de acuerdo con lo que dices. Además está bien dicho.
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La etapa de Aznar aportó cosas importantes. Heredó una tasa de paro elevadísima. Además de un déficit elevado. España no cumplía prácticamente ninguno de los requisitos exigidos para entrar en la Unión Monetaria (el Euro). La primera legislatura, bajo la dirección económica de D. Rodrigo Rato creo las bases de una prosperidad económica y social que ha durado 12 años. Es inaudito que critique la etapa del primer gobierno del PP. Las condiciones en las que ese partido recibió el gobierno fueron muy malas. Y el trabajo realizado fue excelente. Se liberalizaron mercados y muchos servicios. Muchas de las empresas no eran para nada rentables y todo ello produjo una dinámica de crecimiento muy positiva y casi inédita en la democracia española. Hay que mirar al pasado, pero hay que saber mirar. Esto es muy importante. Nada es ni blanco ni negro.
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