No sé si a ustedes, como a mí, les ha sucedido que nada de lo que ha ocurrido en la precampaña electoral y nada de lo que han expresado los resultados electorales les ha sorprendido en absoluto.
Las recientes elecciones europeas parecen haber seguido un hilo argumental predefinido, conocido de antemano. ¿Alguien esperaba una campaña cuando menos algo decente? ¿Alguien confiaba en que los españoles iban a ilusionarse con las urnas en estas elecciones? ¿Alguien pensaba que el porcentaje de participación superaría el 50% del electorado llamado al voto? ¿Alguien dudaba de que el PSOE iba a sufrir los efectos electorales inevitables de la actual crisis, aunque no un vuelco electoral? ¿Alguien auguraba que el PP iba a lograr aventajar a los socialistas por una amplia mayoría?.
Siendo realistas, lejos de entusiasmos partidistas, hay que reconocer que esta ha sido la campaña del mínimo esfuerzo, del latigazo dialéctico improcedente, del discurso indecente, de la desviación respecto al que debiera haber sido el foco de interés principal, la campaña de la desafección política ciudadana, y la campaña de los resultados esperables e ininteligibles . Vayamos parte por parte.
Ha sido la campaña del mínimo esfuerzo, porque los dos principales candidatos a eurodiputados han basado su discurso, sus mítines y su absurda ofensiva política en aquellos temas, candentes a nivel nacional, de los que ya estamos hartos de que nos hablen en la forma en que lo hacen. Esto es, lejos de proponer nada, manteniendo un discurso político repetitivo y vacuo, lejos de estudiar más a fondo las cuestiones sobre las que discursean henchidos de ignorancia, lejos de mirar con cierta minuciosidad la realidad política y económica existente más allá de las fronteras nacionales, y lejos de ponerse de acuerdo en nada.
Ha sido también la campaña del latigazo dialéctico improcedente y del discurso indecente, porque nadie se explica que en mitad de este furioso vendaval el discurso político haya venido marcado antes por el nepotismo de Chaves, los trajes de Camps y los caros vuelos de Zp en Falcon, que por las propuestas que, por ejemplo, ha puesto sobre la mesa el presidente del Gobierno en el pasado debate del Estado de la Nación.
Por otro lado, ha sido la campaña de la desviación del foco principal de atención para estos comicios, porque todo eso que debiera haberse discutido habría de haberse hecho circunscribiendo el debate a fronteras europeas, porque cada grupo político habría de haber hablado del programa europeo que su partido presentaba para la Unión y no para España, porque “partirse la cara por los españoles en Europa” no significaba necesariamente dejar de hablar de la UE, porque aunque no se hayan dado mítines ni actos transnacionales lo lógico hubiera sido explicar para qué sirve Europa, qué tipo de medidas se toman en el Parlamento Europeo, cuál es la trascendencia que dichas medidas tienen para España y en qué consiste y qué se persigue con la actual agenda europea.
Esta ha sido igualmente la campaña de la desafección política ciudadana. Entiendo que esta afirmación pueda ser desmentida por aquellos que piensen que hemos rebasado levemente el índice de participación tanto de los europeos (media europea algo mayor del 43%) en estos comicios como el de los españoles en los pasados comicios en 2004. Pero, ¡no me digan ustedes que la situación política y económica es comparable cuando aquélla dista de la actual años luz!. Lo lógico, por cuanto esperable, hubiese sido que la gente hubiese opinado y hubiese expresado lo harta que está de los trepas que abundan en nuestra clase política dirigente, tanto en el Gobierno como en la oposición, incapaces no ya de resolver nada, que es tarea harto difícil, sino de proponer algo perfectamente discutible. Pero ¿a qué se debe esa desafección? Primero a que la gente siente que Europa no tiene trascendencia en la vida política nacional, ignorando así que más del 70% de las leyes nacionales vienen predeterminadas por las normas de la Unión. Y segundo porque la abstención resultaba estar de moda este domingo en cuanto que parecía dar personalidad a quien participaba de ella. Hay que decir que la pésima campaña que hemos vivido les daba toda la razón. Pero personalmente creo que en realidad quienes tienen personalidad son quienes escriben la historia con su voto, quienes opinan (con uso de razón o de muñeca simplemente) en unas elecciones; y, por tanto, quienes castigan, acompañan, reprueban o respaldan a nuestro Gobierno y a nuestra oposición en su empeño por parecer que hacen algo cuando no hacen nada.
Por último, los resultados de estas elecciones son poco ilustrativos. Yo no creo que el llamado “vuelco electoral” del PSOE signifique como dice Leire Pajín un “mero percance coyuntural”, ni represente como afirma Mayor Oreja un “cambio de ciclo” a favor de los populares. Los resultados de las elecciones europeas no constituyen la antesala de nada, sino son sólo un aviso serio para el siempre optimista ZP. Así, no podemos entender que lo que opine en 2009 el 46% del electorado equivalga a lo que determine en 2011 y 2012 un porcentaje mucho mayor de ciudadanos (en las pasadas elecciones generales votó el 75% de la población con derecho al voto). Primero porque hablamos de millones de votos; segundo, porque lo lógico (aunque no lo esperable de acuerdo a la opinión pública española) hubiera sido que el PP hubiese obtenido una ventaja más abultada debido a la sensibilidad que los ciudadanos tienen ante situaciones tan delicadas como la que vivimos en mitad de una crisis donde el Gobierno tiene un papel más que cuestionable a la hora de atajarla; tercero, porque considero que la desafección política de la que antes hablaba ha afectado en mayor medida a los sectores ciudadanos de izquierda, que son precisamente los que más tenían que haber contribuido a contrarrestar en la medida de lo posible el peso que tiene y ha adquirido el grueso conservador en el Parlamento de Estrasburgo; cuarto, porque la situación cambiará, a mejor o a peor, de aquí a las próximas elecciones; y quinto, porque haciendo un estudio local-personal de la intención de voto para estas elecciones he de decir que la conclusión a la que he llegado es que indistintamente del color político que defina a cada una de las personas con las que he hablado, la realidad es que ninguno de ellos se ha acercado, a diferencia de lo que dicen las élites políticas, a opinar ni de Europa ni del paro en España, ni del debate del Estado de la Nación, ni de la conveniencia u operatividad de las medidas impulsadas torpe o ágilmente por nuestro Gobierno. No han acudido a votar simplemente por pereza, por ignorar la importancia de lo que nos jugábamos en estas elecciones y la significación que puedan tomar en el Parlamento Europeo los grupos euro-escépticos y eurófobos frente a los grupos euro-entusiastas y euro-críticos.
En fin, y en resumidas cuentas, hay que decir que en el PP pueden sentirse satisfechos por los resultados obtenidos, pero la victoria de la derecha en Europa no es totalmente representativa para el caso español. O yo espero, personalmente, que así sea. Confiemos.
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