ETA ha cumplido este pasado 31 de julio 50 años. Y lo ha hecho matando. Alimentando el hartazgo y el sentimiento de repulsa que hacia ellos sienten no sólo la sociedad mallorquina y burgalesa, sino también la ciudadanía española y, muy especialmente, la sociedad vasca, que ha visto a su Presidente interrumpir sus vacaciones para viajar hasta las Islas Baleares al funeral de los dos guardias civiles asesinados y, ya de paso, a pedir que no sea identificada ésta con esos descerebrados carniceros. «No permitiremos que se alardee de la violencia en nombre de Euskadi», sentenció el lehendakari.
Actor del creciente proceso de oposición política al franquismo durante los años cincuenta, el grupo universitario EKIN (antecedente directo de ETA) decidió en 1959 alejarse (previa expulsión de algunos dirigentes de dicho grupo) de los para ellos “acomodaticios” altos dirigentes del PNV después de algunos años (1956) de fusión con la organización juvenil de dicha organización política (EGI). Así, nace en este año Euskadi Ta Askatasuna (Patria y Libertad en euskera), más conocido como ETA. Desde aquel momento hasta hoy, el grupo ha sufrido una evolución tanto en sus métodos de acción, como en lo que a su ideología y organización como grupo se refiere.
Hoy, después de varias treguas y altos el fuego (1992, 1998, 2006), después de varios pactos entre los partidos políticos democráticos de nuestro país (Ajuria Enea en el 88, Estella en el 98, o el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo del 2000 entre otros), después del seguimiento de una política de reconocimiento de las víctimas del terrorismo y de la consecución de sucesivos descabezamientos de la banda terrorista, ETA puede seguir presumiendo de estar viva. Eso es innegable. Pero nuestro Estado de Derecho, para algunos incapaz de dar fin a la banda terrorista por vías pacíficas (algo tiene que ver en ello la gran desconfianza que muchos españoles sienten hacia nuestro sistema judicial y nuestro Código Penal), puede presumir de tener el respaldo de la sociedad civil, harta de soportar que una horda de criminales haya ya acabado con la vida de 823 personas y de la de sus familiares.
Pero ETA, segura de tener la razón en su lucha contra un Estado que se impone armada y políticamente al pueblo vasco, convencida de que a través de una reflexión política continua puede alcanzar y seguir una estrategia efectiva que libere a Euskadi del opresor Estado español, hace oídos sordos a la voces, no sólo de millones de españoles, sino también de millones de esos ciudadanos vascos por los que dice luchar y a los que dice representar, los cuales claman de una vez por todas el fin de la violencia.
ETA mata para dejar constancia de que existe y de que puede seguir haciendo daño. Ahora bien, lo hace nerviosa y sabiendo que está debilitada. Por una sencilla razón: porque la sentencia del Tribunal de Estrasburgo a favor de la ilegalización de Batasuna y las continuas detenciones de que están siendo víctimas y los progresivos descabezamientos de la banda que se dan a raíz de esas detenciones les está haciendo un daño irreparable. Lo nieguen, lo reconozcan, y lo asuman, o no.
En este sentido, hay que destacar, primero, lo provechoso de los acuerdos alcanzados en enero de 2008 en la XX Cumbre hispano-francesa en materia antiterrorista con la creación de patrullas mixtas y el establecimiento de comisarías compartidas por agentes de Francia y España para operaciones específicas (Francia ya no mantiene esa política de tolerancia con ETA como ocurría durante el franquismo dándoles libertad de movimiento por territorio galo, ni mantiene esa política de inoperancia que le ha caracterizado hasta fechas recientes). En segundo lugar, hay que resaltar la significación que tiene la mayor colaboración que actualmente están manteniendo la Ertzaintza, la Guardia Civil y la Policía Nacional. Tercero, la importancia de alguna sentencia judicial reciente en contra de todo tipo de homenaje a terrorista alguno. Y cuarto, la nueva política del lehendakari López al intentar promover con mayor o menor acierto un proceso, primero, de desviciación de la vida pública y privada de los vascos por parte de ETA y, segundo, de desligitimación social del terrorismo a través de la supresión de todo símbolo enaltecedor de la violencia etarra y la condena pública y enérgica de todo acto por parte de la banda tras un período político largo donde, como diría Jon Juaristi, el PNV “se había acostumbrado a vivir en una cómoda simbiosis con un terrorismo que no le creaba problemas de seguridad y que le garantizaba una sobrerrepresentación”.
Ahora que ETA parece más débil, que la organización se irracionaliza con tanto pos-adolescente en su mando, que algunos presos empiezan a pedir el abandono de las armas en pro de una disolución negociada -y eso es lo importante-, lo que habría de esperarse es que esa deslegitimación social de ETA en el País Vasco y en Navarra fuera in crescendo ante la mirada atónita del ciego que no quiere ver, y que ese “derroche de tolerancia y comprensión” (Joseba Arregi dixit) que durante mucho tiempo ha mantenido la sociedad vasca respecto a ETA desaparezca por completo. Porque el terrorismo no tiene justificación alguna, y porque ningún fin político puede encontrar fundamento posible en la violencia.
Si eso ocurre, y nuestro Estado de Derecho sigue implacable en su lucha, si la justicia deja de mostrarse en ocasiones titubeante y se siguen manteniendo y creando leyes como la que establece el cumplimiento íntegro de la condena sin reducción de años por buena conducta, entonces, el fin de ETA estará aún más cerca. Aunque algunos se empeñen orgullosa e incomprensiblemente en morir matando. Y es que como dijo Benedetti: “Quién lo diría, los débiles de veras nunca se rinden”. Lo triste es que no se rindan ejerciendo una violencia inútil que no les conduce a ningún lado. Esperemos que como afirmaba uno de los mayores escritores filosóficos modernos, Paul Valéry, “la violencia sea siempre un acto de debilidad que generalmente operan quienes se sienten perdidos”, y que esa debilidad –como afirmara Eisenhower- “sólo pueda mendigar”. Así sea.
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